Pescando en el Susquehanna en julio

Nunca he pescado en el Susquehanna o en cualquier otro río que importe para ser perfectamente honesto.
Ni en julio ni en cualquier mes he tenido el placer –si es un placer- de pescar en el Susquehanna.
Estaría más dispuesto a ser encontrado en una sala silenciosa como ésta, una pintura de una mujer en la pared, un plato de mandarinas sobre la mesa, intentando fabricar la sensación de pescar en el Susquehanna.
Hay poca duda de que otros han estado pescando en el Susquehanna, remando contra la corriente en un bote de madera, deslizando los remos bajo el agua, luego levantándolos para escurrirse en la luz.

Pero lo más cerca que jamás he estado de ir a pescar en el Susquehanna fue un mediodía en un museo en Filadelfia, cuando sostuve un pequeño huevo de tiempo enfrente de una pintura en la cual aquel río acurrucado alrededor de una curva, bajo un cielo azul de nubes agitadas, árboles densos a lo largo de los bancos, y un tipo con una bandana roja, sentado en un pequeño y chato bote verde sosteniendo el delgado hilo de una caña.
Esto es algo que no estaría dispuesto nunca a hacer, recuerdo decirme y decirle a la persona a mi lado.

Luego pestañeé y me moví a otras escenas americanas de pilas de heno, agua blanqueándose sobre rocas, hasta una de una liebre marrón que parecía tan nerviosa y alerta que la imaginé saliendo directamente del marco.

traducción: HM

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