Merecidas ausencias en la Asamblea General de la ONU

Ya peroraron presidentes y primeros ministros de todos los países miembros. Su retórica, blanda o dura, apuntó casi siempre a un mismo lado: hay que captar inversiones y recortar gastos e impuestos, de esta crisis energética e inflacionaria se sale confiando en el dólar y las empresas de “streaming”. El éxito de los países depende de su disposición a aceptar las condiciones que impone Estados Unidos o las “grandes techs”. Así se maneja la ONU, llena de lobbyistas y empresarios de medios de comunicación anunciando crisis humanitarias y hambrunas espeluznantes con sonrisas tibias que buscan recaudar fondos que serán desviados a criptomonedas y acciones vinculadas al gaming y los submundos de las apuestas. La ONU está para socorrer en emergencias y hoy no puede cubrir necesidades mínimas. Sus intervenciones suelen empeorar siempre las cosas y acabar en estados fallidos. Así está Libia, así está Irak, así está Siria, así está Líbano, así está Haití, así está Palestina…

Celebrada como siempre en la sede imperial de New York, los únicos países dignos que eludieron la cita de someterse a la hegemonía estadounidense (que no otra cosa es acudir a esta reunión abyecta del máximo organismo internacional que tiene un Consejo de Seguridad tan burocrático como autoboicoteador) fueron, por segundo año consecutivo, Afganistán y Myanmar, cuyos lugares quedaron cubiertos por un clamoroso silencio que decía “Ustedes, hipócritas, reunidos aquí, ¡miren el estado del mundo conducido por ustedes, todo contaminado, en guerra, lleno de desastres ambientales y miserias del alma humana!”

Y eso que los funcionarios de la ONU mandaron cartas de invitación, pero no sabían a quién dirigirse, porque se trata de gobiernos que ignoran las resoluciones y órdenes del organismo, como lo hacen todos los gobiernos del mundo, principalmente los miembros del mencionado “Consejo”. Están demasiado ocupados en sacar a sus países del saqueo y la avidez imperial, y de la codicia de las empresas transnacionales (ETN, de aquí en adelante) energéticas, militares y financieras.

Ni un talibán aterrizó en la “gran Manzana”, ni siquiera para recuperar el dinero robado por Biden antes de huir con su ejército de mercenarios. Lo consideran perdido con tal de sacarse de encima el yugo estadounidense, de seguir escuchando su asqueroso idioma pagano y chicloso. Tampoco arribó a Wall Street un representante de la junta militar myanmaresa, repudiada y cercada por el establishment occidental, cuya favorita, Aung San Suu Kyi, “la destituida”, se está comiendo una condena de 20 años de cárcel por “actos de corrupción”, tras una denuncia sustentada en dos contundentes toneladas de pruebas (a esto hay que añadir tres años que le dio ayer un juez de trabajos forzados, castigo merecido por su elección fraudulenta).

Según los expertos ambos países asiáticos se hallan sumidos en sendas guerras civiles, étnicas y sociales. Nadie se atreve a entrometerse ahora con ellos, aunque Estados Unidos acusa China de proteger a uno y otro, y ahora aprovecha para endilgarle a Putin, entre otros males, la persistencia de regímenes que Estados Unidos considera salvajes y primitivos (a pesar de que su Corte Suprema acaba de repenalizar el aborto).

Sin embargo, las maratónicas sesiones en la que hablaron los enviados de todos los países, tuvieron alguna que otra parrafada dedicada a Myanmar y Afghanistan. Tal fue el caso del canciller de Nepal, Bharat Raj Paudyal, y agente de la CIA como su jefe, el Dalai Lama, quien apuntó: “Afganistán permanece en el precipicio de la incertidumbre y la violencia, y que en Myanmar todos los partidos deben respetar la voluntad del pueblo, que es quien elige a sus representantes”. Tamaña tibieza fue desoída por la audiencia, algunos traductores bostezando y unos pocos diplomáticos que estaban haciendo compras por distintas aplicaciones.

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