La muerte y última confesión del errante Pedro

Cuando Pedro Wanderwide era joven él anduvo por todos los lugares que pudo: todo lo que él aprobaba era cantado, y la mayoría de lo que vio era bueno.

Cuando Pedro Wanderwide fue arrojado por la muerte más allá de Auxerre, él cantó en heroico tono a los sacerdotes y la gente reunida allí: “Si todo lo que he amado y visto estuviera conmigo en el Día del Juicio, yo seré salvado por la multitud de Satán y su sucia pompa. Dios Todopoderoso seguramente llorará, ¡san Miguel!, ¿quién es éste que se para con Irlanda en su ojo dubitativo, y Perigord entre sus manos, y en su brazo las cintas del estribo, y en su marcha los estrechos mares, y en su boca canciones borgoñas, pero en su corazón los Pirineos? San Miguel entonces responderá bien (y no sin angélica vergüenza), ‘Parece que conozco su rostro de vista: no puedo recordar su nombre…?’ San Pedro se hará mi amigo entonces, porque mi nombre es Pedro también: ‘Lo conozco como el mejor de los hombres que zurró alguna vez aquel brebaje de cerveza. Y aunque no lo conocí bien, y aunque su alma estaba cargada con pecado, yo mantengo las llaves del Paraíso y el Infierno. Sé bienvenido, noble tocayo’. Entonces yo extenderé mis alas nativas y pisaré seguro el suelo celestial, y contaré a las cosas dudosas sagradas sobre Val d’Aran y Perigord”.

Esta fue la última y solemne chanza del cansado Pedro Wanderwide. El lo dijo con un entusiasmo fallido y habiéndolo dicho, murió.

 

traducción: HM

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