Heroico poema en alabanza del vino

Para exaltar, entronizar, establecer y defender, para dar la bienvenida a casa al misterioso amigo de la humanidad, el Vino, verdadero creador de todas las artes que existen, Vino, privilegio de los completamente libres, Vino, el grabador, vino, el sabiamente fuerte, Vino, brillante vengador del astuto acuerdo equivocado, despierta, Musa Ausoniana, ¡y canta la canción de la vid!
Canta cómo el áuriga vino de Asia, y en su frente la pequeña llama danzante que marcó la cabeza del Dios. Canta al equipo de panteras, el dorado Tirso girando, y el brillo de címbalos a través de la oscuridad. Canta los tambores. El viene, ¡el joven renovador de la Hélade viene! Los mares lo esperan. Aquellos mares egeos ruedan desde el amanecer, laboriosos, incómodos, en alzamientos de plomo, cuya cresta rompe duramente en fantasmal espuma, cuando súbitamente despierta la gloria de una montaña interior. Todos los cielos están luminosos, y en medio del mar el ave grita, el marinero escucha que se levanta una brisa matutina. Entonces la procesión continúa. El camino del mar platea los pies de aquella formación augusta arrastrándose sobre las aguas, a través de los aires, y mientras pasan un viento delante de ellos carga la palabra acuciante, la influencia mágica. Las islas lo han recibido, alto mármol, las largas orillas del continente. Algo llena las cálidas combas eubeas, las sagradas colinas de Aulis y Argos. Ellas aún se mueven tocando los muros de la ciudad, la arboleda del templo, hasta que, lejos sobre el destello del horizonte, un resplandor de luz, una luz temblorosa, reveló que ellos parecían volverse una nube, pero una nube que brilla, y en todos los lugares donde ellos pasan, ¡las vides! ¡Las vides, las vides conquistadoras! Y la vid respira su sabor a través de la tierra alta, páramos vacíos de desechos sin árboles, las vides vienen a donde el oscuro pelasgo empinado defiende la guarida del escondite del lobo, a los campos vacíos por el Ofanto, la seca campiña que no tributa cosecha para el labrador, pero ahora deberá soportar una abundancia más noble que el arado, hacia donde, engalonados a lo largo de los altos olmos, los zarcillos se reflejan en mares tirrenos, a donde el sur los espera, aún hacia donde rígido, africano informado de aire ardiente, giraron hacia arriba, al paraíso la amplia llanura Hipona se extiende lujuriosa e invita al alta mar. Guelma es una madre, estériles crianzas de Thaspsa, y hacia el norte en los valles, cerca de las aguamieles que duermen junto a los bancos del río neblinoso, las vides han presionado para esparcirse bajo los solemnes pinos. Las vides están en los árboles de techo. Todos los santuarios y hogares de hombres están consagrados con vides.
Y ahora la tarea de aquel día triunfante ha alcanzado la victoria. En el rayo enrojecido con todo su tren, desde las duras tierras ibéricas completadas, aparentes, aquellas edificaciones del Creador se detienen en el Atlas. Lejos, detrás de él, muy lejos, la fuerza del océano oscureciendo y la estrella más allá de todas las orillas. Hay un silencio hecho. Glorifica: y la sombra gigantesca de Hércules lo adora desde el oeste. Lucro muerto: ambición quemada: el vino es mejor.
Pero, ¿qué son aquellas que desde la oscuridad exterior de densos vapores mefíticos acechan arrastrándose para respirar aires viciados desde aquel muro corrupto que rezuma fango a lo largo del suelo del infierno? Estos son los afligidos y baldados descendientes del pecado en cuyas viles, ponzoñosas, pobres y delgadas venas, se arrastran decocciones de odios amargos: ¡Estos son los bebedores de agua, malditos todos! ¿En qué brujas embebidas en gin, qué fláccidos caballeros alimentaron aquellas babosas blancas, desde qué exhaustos deseos? ¿En qué horror de prisión cerrada estaban sus ardides, observados por cuál poder de tirano con malvadas sonrisas, o en qué cavernas, bloqueadas de gracia y aire, recibieron ellos, entonces, los mandatos de desesperación? ¡Qué! Nuestra raza debe, nuestra trágica raza, aquel vagabundeo, todos exiliados desde nuestro primero, y final, hogar: eso en un momento de tentación perdió nuestra herencia, y ahora vagar, tostado de hambre más allá de las puertas (aún hablando con nuestros ojos para siempre del Paraíso recordado), debemos nosotros con cada regalo aceptado, todavía, con cada alegría, recibir al asistente enfermo? ¿Debe algún mal lascivo seguir a todo nuestro perro bueno y farfullador, nuestra breve beatitud?
Una sabia, primigenia, inexorable condena permitió, ordenó aún que aquellos se levanten. Aún en la sombra de un caballero tan brillante deben pulular y propagarse la sucia, degradada horda, maldita digo, aborrecible y aborrecida. Maldita y otorgando maldición. Porque quien fuere que sufra su contagio, en todos lados cae desde el estado de hombre y encuentra su final al mero brebaje de la bestia condenada. Por tales como éstas en vano el Rin ha rodado siglos imperiales por colinas de oro, por éstas el deslumbrante Ródano enfurecerá en vano su relámpago a través del Hermitage, o la divina de semblante nivelado Turena recibirá el tributo de sus vendimias al atardecer. Por tales como éstos calores de Borgoña en vano hinchan la rica ladera o cargan la llanura empurpurada. En vano por tales como éstas la poderosa tarea de embotellar al Dios Padre en un frasco, y conduciendo a toda la Creación abajo destilada en una pequeña ardiente esfera inmensamente rellenada. Con recuerdos vacíos, con nula experiencia, con párpados insípidos, torpes e insensatos ellos pasan sin ser bendecidos a través de la fructífera luz, y cuando nosotros abrimos las puertas de bronce de la Noche, cuando nosotros en alta parranda nos reclinamos, espoleamos hacia arriba, al Cielo, la mente aún ascendente, pasamos con el todo inspirador, de aquí hacia allá, la antorcha del genio y el brillo de la Musa, ellos, inertes, contemplan el vacío solos o planean el bajo tráfico o repiten su lamento. Nosotros, cuando el reposo nos demanda, somos bienvenidos en blancos brazos, como nuestro grandioso Ejemplar que, cansado con la creación, toma su descanso y se hunde en el sueño en el pecho de Ariadna. Ellos atravesando de oscuridad en oscuridad, presionando, despreciados, abandonados y sin compañía. Y cuando el curso del sueño de cada uno ha corrido, nosotros saltamos a la vida como heraldos del sol, nosotros desde los sillones en alegres mañanas rosáceas saludamos como iguales al exultante día mientras ellos, los indignos, los viscosos despreciadores de la Vid, se levantan para observar grises amaneceres y lamentan cielos indiferentes.
¡Olvídenlos! Formen el anillo dionisíaco y pulsen el suelo, y sí, sí, canten.

Padre Leneas, a quien pertenece nuestra fuerza, nuestros amores, nuestras guerras, nuestra risa y nuestras canciones, recuerda nuestra herencia, quien alaba tu gloria en estos últimos días infelices, cuando la belleza enferma y una embarrada túnica de bajeza ensucia al globo universal. ¡Aunque todos los Dioses indignados y su tren abandonen al hombre arruinado, tú has de permanecer! Por tí fue hecha la vestidura de nuestra vida, la puerta almenada, la columnata señorial, los graciosos tintes de la tela tejida, el sonido de trompetas y la temblorosa fuente redonda, e indestructible, el Arco, y alta, la flecha de piedra que se para contra el cielo, y último, el guardián-genio de ellos,  Rima, ven desde más allá del mundo para conquistar el tiempo: y éstos son tuyos, Leneas.
Por tí los videntes disciernen la luz interior, por tí vive la estatua, retornan los dioses, por tí el trueno y la espuma que caen de la fuerte llamada del torrente del Acquoria a Roma, Alba se regocija en mil primaveras, Gensano ríe y Orvieto canta… Pero, ¡ah! Con Orvieto, con aquel nombre de oscuridad, eturiano, llama subterránea que años disuelven. Estoy parado en aquella hora de majestad septembral, y el poder que hincha los racimos cuando las noches están aún con estrellas de otoño en la colina de Orvieto.
De haber sido mías, Musa Ausoniana, para conocer los grandes bueyes contentos agitándose lentos, para contar mis escudos en la cosecha, para así gastar días perfectos en paz hasta el final, con cada polvo de oro de la tarde, para escuchar las campanas sobre el alcance de la pastura, el claro cuerno lleno de pastores congregados en el ganado, a antiguos establos en aldeas de los Apeninos, y coronan edad abundante con generosa comodidad: he tenido éstas, Musa Ausoniana, he tenido éstas, he tenido éstas…

Pero como no lo haría, como no podía quedarme, déjame recordar aún en éste mi día, cómo, cuando la efímera seducción de la visión haya pasado toda, toda, deberé enfrentar su pasión al final, no había ni una que se quejara al Cielo, cómo, conduciendo a través de la medianoche y la lluvia, él golpeó, el Atlántico hierve y surge antes, destrozado en el norte a lo largo de una solitaria orilla para hacer las luces de hogar y no escuchar más su nombre. No había allí ni una que desde un campo desesperado cabalgara sin galardón pero con un escudo partido, un nombre desheredado, una espada rota, heridas no reconocidas, batalla debajo de ningún Señor, fuertes golpes, pero en el vacío, y trabajo sin recompensa.
Cuando desde los restos de tan larga labor realizada yo también deba dejar el sol ennoblecido por la uva, y como el trabajador de la viña toma mi camino, a las largas sombras del día declinante, reclinada en la sombra llana mi visión se nubla y dejo la montaña a la noche avanzando, voy al término de todo lo que fue mío con nada detrás de mí, y solo, entonces, ¿a qué esperanza de respuesta deberé girar? Camarada-Comandante, que no me atrevería a ganar, ¿qué dijiste tú entonces a tus pocos amigos temblorosos? “Un momento, y lo beberé con ustedes nuevo, pero en el reino de mi Padre”. Así, mi amigo, no dejes que tu copa me abandone al final. Pero cuando la hora de mi aventura esté cerca, justo y benigno, deja que aparezca mi juventud cargando un cáliz, abierto, dorado, ancho, con una bendición grabada a su costado. Así toca mi labio moribundo: así el puente tan profundo: así promete que me despertaré del don del sueño, y, sacramental, elévame al Divino: hermano fuerte en Dios y última compañía, Vino.

traducción: HM

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *