La filistea y el bohemio

Ella era una filistea limpia e impecable, él era un audaz bohemio.

Ella tenía el modo, y el último, ante eso, tenía una capa y un sombrero de bandido.

Ella era tan atractiva, elegante y sonriente, él era tan sombrío, desaliñado y descuidado.

En la rue de la Paix ella anhelaba brillar, la rue de la Gaîté era más la línea de él.

Ella adoraba Barclay, Dell y Caine, él citaba a Mallarmé y Paul Verlaine.
Ella era un triunfo en los tés de Tango, él buscaba complacerse en las cenas de Vorticist.
Ella pensaba que Franz Lehar era absolutamente grandioso,

él era piadosamente presa de Strauss y Stravinsky.
Ella amaba la elegancia, él amaba el arte, ellos eran tan amplios como los polos apartados:

aún, Cupido y Capricho son mano y guante, se encontraron en una cena, se enamoraron.

El se fue a casa, a su buhardilla desnuda, estremecido con frenesí, esperanza, desolación.

Rápido contempló su espejo, hizo una mueca y murmuró: “¡Tonto!”,

agarró las tijeras y ferozmente se cortó, se rapó su barba de bucanero,

agarró su pelo y cortó, cortó, ¡cortó!, salía un mechón con cada corte.

Corrió a lo del sastre en un estado de asombro, se adapta a una docene de órdenes directas,

sacos y sobretodos, pares de pantalones, cualquier cosa que usa un dandy,

medias y collares, zapatos y corbatas, todo lo que compra un dandy.
Los amigos lo miraban sorprendidos, imaginaban que lo habían visto antes en algún lugar,

un Brummell, un D’Orsay, una belleza tan fina, una radiante, inmaculada filistea.

Ella se fue a casa en un extasiado aturdimiento, se miró en el espejo con mirada de asombro,

no parecía estar contenta en absoluto, salvajemente farfulló: “¡Muñeca insípida!»
Agarró su pelo y su par de tijeras, cortó y recortó detrás de sus orejas,

apuntaba a un pálido y esbelto cuello, una especie de efecto Holman Hunt,

lo tiñó de sutiles tonos verde salvia, como las damas de Rossetti y E. Burne-Jones;
ciñó sus prendas oscilando ancho, se movía con un deslizamiento ondulado,

todos sus frívolos amigos la abandonaron, cultivaron una onda sentimental,

brotó adentro una voz con una latido cremoso, sobre un cuadro extrañamente futurista,

en breve hizo todo, que una mujer puede ser una consumada bohemia.
Pasó un años con sus esperanzas y temores, un año que pareció una docena de años.

Se encontraron una vez más… ¡Oh, al fin, al fin!

Se precipitaron el uno al otro, se detuvieron atónitos.

Se miraron con muda consternación, simplemente no tenían una palabra que decir.

El pensó con un escalofrío: “¿Esta puede ser ella?»
Ella pensó con un estremecimiento: «¿Este puede ser él?»
Este dandy tontuelo, tan elegante y acicalado, esta lánguida inocente con las prendas sueltas,

buscaron desembarazarse del horrible shock: tomaron un asiento, intentaron hablar.

Ella habló de Bergson y de la prosa de Pater, él parloteó de bailes y shows de ragtime,

ella habló alto de imágenes, Matisse, Cezanne, sus gustos se corrieron de las muchachas de Kirchner,

ella deliraba con  Tchaikovsky y Caesar Franck, él dijo que era fanático de una banda de jazz,

no hicieron ningún progreso. ¡Compañeros, compañeros!
El pensaba que ella era una carga, ella pensaba que él era un tonto.

Y entonces se levantaron y apurados huyeron; muere Ilusión, Romance, estás muerto.

El amaba la elegancia, ella amaba el arte, mejor de una partir, partir.
¿Y cuál es la moraleja de toda esta decadencia?
No intentes ser lo que sabes que no eres.

Y si estás hecho para un plan de cordero, no busques parecer un bohemio,

y si te sientes inclinada a las cabras, no intentes pasar por una filistea.

 

traducción: Hugo Müller

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