El pastor perdido

¡Ah yo, qué duro es el destino! Si sólo pudiéramos conocerlo…

Hace un montón de años traje a mi hijo de Sicilia,
lo saqué de nuestro valle soleado a calles de riña y miseria,

y lo abandoné a pálidos profesores que hicieran de él un académico.
El se hubiera mantenido como un muchacho campesino, un pastor en la colina,

como un fauno dorado en atavío de piel de cabra debería estar cantando bajo,
habría cuidado el rebaño y saltado con alegre confianza sobre alturas de tomillo,

estar inconsciente allí era algo como una ciencia.

 

El hubiera cantado con su guitarra a damas de beber chianti,

por mucho un mejor destino que leer, escribir, pensar.

Entonces él estaba inclinado sobre sus libros, aplacando su sed de conocimiento,

no tenía en cuenta que somos alimento de gusanos en la hechura.

La ambición lo agarró en su garra y lo incitó a su condena,

el destino le garantizó una beca universitaria, entonces grabó para él una tumba.

«Bajo mis pies no puedo permitir que crezca el pasto” dijo,

y trabajó tan denodadamente que ahora crece sobre su cabeza.
Sus pergaminos de honor que alimentaron la llama ya no significan nada para mí,

con amarga culpa llevaré sus cenizas a Sicilia.

Y allí lloraré con el corazón despojado junto a arboledas y arroyos soleados,

y desearé que el muchacho sonriente que dejé sea un pastor en las colinas.

 

traducción: Hugo Müller

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