El espíritu del bebé no nacido

El espíritu del bebe no nacido miró a través de la ventana,

miró a través del cristal de la ventana que brillaba como un faro en la noche,

porque, oh, el cielo estaba desolado y salvaje, con viento y lluvia,

¡y cómo el pequeño cuarto estaba atiborrado de luz y comodidad!

Excepto el chasquido del fuego no había sonido alguno,

la mujer sentada junto a la estufa, tejiendo sobre sus rodillas,

la sombra de la cabeza de su esposo danzaba sobre la pared,

ella lo contemplaba con ojos fijos, parecía que aún no lo había visto.

Ella sólo veía un rostro infantil que se reflejaba sobre el borde la mesa,

un pequeño fantasma anhelante que sonreía y se desvanecía rápidamente,

y entonces, cuando sus tiernos ojos se movían hacia el borde, ella bajaba la cabeza…

“No te aflijas, querida” –lo oyó decir suavemente,

“Se terminó ahora. Intentaremos ser tan felices como antes

(¡Ah!, aquellos que tienen niños pequeños se garantizan ser rehenes del dolor).
Le dimos la oportunidad a la Vida de herirnos una vez, pero nunca, nunca más…”.

El espíritu del bebé no nacido voló hacia la noche nuevamente.
El espíritu del bebé no nacido se sumergió abandonado en la oscuridad,

como arpías que el viento derriba y arremolina con la nieve.

Y luego, en medio de la retorcida tormenta vio un diminuto destello,

una ventana ancha, una habitación espaciosa toda brillante de oro,

una esbelta mujer, elegante y exquisitamente hermosa,

que sonreía en éxtasis mientras veía sus joyas atrapar el resplandor,

un hombre en un traje inmaculado, joven, guapo, de buen aire,

que fumaba su cigarrillo y contemplaba con franca admiración.

«Oh, somos felices, querida» dijo él,

«tenemos juventud, salud y riqueza.
¿Qué si para vivir a gusto debiéramos atravesasr miles de trabajos y sudores?

¿Qué si nuestras manos estuvieran rasgadas y gastadas para abrirnos camino con flores?

¡Ah, bien!, no hemos hecho el mundo, no pensemos en ellos.

Busquemos los lugares de belleza de la tierra, mi querida, sólo tú y yo,

dejemos que otras mujeres traigan a la vida pena y dolor.

Sobre nuestra puerta colgaremos el cartel: ‘Ningún niño necesita presentarse…’”

 

El espíritu del bebé no nacido se fue girando y girando en el remolino de la tormenta.
Se remontó sobre una gran ciudad, descendió sobre un barrio carenciado,

vio adentro de una casa mugrienta una luz que brillaba débilmente,

miró a través de una ventana y una voz dijo: “¡Entra!”,

y así una pequeña nacía en medio de la suciedad y el jaleo,

y vivió a pesar de todo, porque la vida se ordena así,

una niña cuyos ojos se abren amplios por primera vez a la rusticidad y el pecado,

una niña cuyo amor e inocencia encontró sólo maldición y golpes.

Y así en su debido y propio curso tomó el camino de la vergüenza,

y alegremente murió en el hospital, algo vieja a los veinte años,

y cuando viene Dios a sopesarlo todo, ¡ah!,

¿de quién será la culpa de toda su vida estropeada y ponzoñosa, su tortura y sus lágrimas?
Pero ¡oh, no es lo que hacemos sino lo que dejamos sin hacer!
Y en aquel día de ajuste de cuentas, cuando todo sea claro y llano,

¿qué si nos paramos delante del trono, culpando en forma sanguínea a cada uno…?

Quizá los pecados más negros de todos sean el miedo y el egoísmo.

 

traducción: Hugo Müller

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