La pila de madera

Un día gris, caminando afuera en el pantano congelado

hice una pausa y dije “Volveré desde aquí. No, continuaré más lejos y veremos».
La nieve dura me sostenía seguro cuando de vez en cuando un pie se escapaba.

La vista era todo líneas derechas de los altos y delgados árboles,

muy apropiado para marcar o nombrar un lugar,

o para estar seguro de que estuve allí o de algún otro modo:

ya estaba lejos de casa.

Un pequeño pájaro voló delante de mí. Fue cuidadoso

en colocar un árbol entre nosotros cuando se encendió,

y no dijo palabra para decirme quién era,

que era tan loco para pensar lo que pensaba.
Pensó que estaba detrás de él por una pluma,

la blanca de su cola, como alguien que se toma

todo lo que le dicen en forma personal.
Un vuelo de costado lo hubiese desengañado.

Y entonces allí había una pila de madera por la que me olvidé de él

y dejé que su pequeño miedo lo transportase afuera del camino por el que debía ir,

sin demasiado más que desearle buenas noches.

El vino detrás para hacer su última parada.

Era un cordón de arce, cortado, dividido y apilado, y medido,

cuatro por cuatro por ocho.

Y no podría ver otro como ese.

Ningún rastro de corredores en esta nieve del año saltó cerca.

Y era seguro más vieja que el corte de este año,
o aún del año pasado o del año anterior.

La madera estaba gris y la corteza deformada,

y la pila de algún modo hundida.

La clemátide tenía estrías de heridas a su alrededor como un ramillete.

Lo que aún la sostenía a un lado era un árbol todavía creciendo,

y en otro una estaca y apoyo, éste a punto de caerse.

Pensé que sólo alguien que vivía cambiando de tareas frescas

podría olvidarse así su obra a la que dedicó tanto, la labor de su hacha,

y dejarla allí, lejos de un hogar útil

para calentar el pantano congelado lo mejor que podía

con el lento ardor sin humo de la decadencia.
poema de Robert Frost, traducido por HM

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