VII.

En uno de sus viajes, en Rurrenabaque Fausto conoció a Olga Hernández, una viuda heredera de colonos que tenía dos hijos grandulones, uno maricón –que usaba perfume en exceso- y el otro comunista, el cual confraternizó rápidamente con Fausto.

Los ideales marxistas estaban vivos, la gente creía en una sociedad utópica viviendo en armonía, confraternizando y compartiendo la riqueza del universo. Fausto iba de comunidad en comunidad transmitiendo su mensaje revolucionario. Le encantaba la agitación política y enredarse en discusiones callejeras, en debates donde encendidamente promovía una República Boliviana de Indios.

«No puede ser hermanos, ya han vivido de nuestro sudor y nuestra sangre por un par de siglos, ha llegado la hora de la reivindicación: nuestro espíritu jamás perecerá…»

Fausto predicaba y descollaba como orador. Dominaba el español como un maestro y esto le aparejaba el respeto de las clases cultas y letradas, de las minorías aristocráticas de todas las ciudades bolivianas. Pero lo más importante era su capacidad para hacer del aymará un arma letal, un canal donde transmitir ideas que le hablaran al hombre de la importancia de no resignarse y prepararse para la lucha:

Las tierras no las van entregar fácilmente, van a defender sus despojos y sus atropellos, los cocales están siendo expropiados, ya pronto nos quedaremos sin hogar y pretenden asesinar a nuestros dioses, ¿hasta cuándo soportaremos las infamias, injurias y humillaciones que nos hace padecer el hombre europeo?»

Pero la vida de Fausto, como la de todo líder revolucionario, estaba signada por la desgracia. A pesar de su marxismo recalcitrante, Fausto había organizado su economía –fruto de su labor como periodista y escritor de publicaciones vanguardistas, tanto en el campo de la política como en el artístico-, para comprarse un automóvil, lo que constituía una rareza absoluta en la Bolivia de la década del veinte. De otro modo no hubiese podido recorrer todo el país difundiendo sus consignas rebeldes.

Un martes de febrero, frío y gris, sus hijastros lo acompañaron a predicar en una aldea que se asentaba al fin de un camino resbaloso de Potosí. Poco antes de llegar, el auto se descontroló en un descenso vertiginoso muriendo sus hijastros, y salvándose él por la intercesión del azar. El auto quedó en posición vertical. Fausto pudo salir pero no pudo sacar a sus hijos, que quedaron atrapados en la parte trasera, golpeados y palpando la muerte de cerca, que no tardó en llegar al explotar el tanque de nafta. Nuestro héroe presenció el desastre impotente, sin ninguna posibilidad de intervención.

Este suceso le trajo a Fausto una serie de problemas. No sólo arruinó uno de los diez automóviles existentes en Potosí, sino que fue acusado por sus enemigos políticos, por la prensa, por los parientes de su esposa, por la Iglesia, la Policía, etc., que solicitaron se le impusiera la pena de muerte. «Morir no es una pena, como están las cosas en el mundo» –se consolaba Fausto, reflexionando sobre las injusticias sociales que contemplaba a diario. Además de torturarlo, los policías intentaban robarle palabras: era tal su personalidad que lograba cautivar a las mentes obtusas de los esbirros y guardiacárceles del Poder. Afuera, las clases aristocráticas, incentivadas por oradores ilustrados, funcionarios de justicia y militares coléricos, pedían a gritos la pena capital para el «indio comunista asesino». Afilando su puñal, el comisario encaró a Reinaga:

-Ya sabés, indio, que si nos entregas tres líderes estudiantiles y tres obreros te vamos a dar un buen conchabo en el Estado. Ya no quedan bolivianos que te apoyen, todos saben que sos un traidor, el cuerpo legislativo está en tu contra…

Fausto escupió una mezcla de bilis y sangre, se acomodó la garganta y replicó:

-Tengo tiempo de sobra y sé defenderme, tú eres un bruto y tu vida no vale nada, ya las has desperdiciado…

Ante el silencio del comisario, Fausto prosiguió:

-La cárcel de Potosí es acogedora, los mineros, los cocaleros y los indios bolivianos están en mi sangre y me aguardan experiencias crudas y sobrecogedoras. Vos te aburrirás…

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