Los Deformes – Capítulo 7

Despacio, en una cansina y ordenada procesión, fueron arribando los alumnos, los ganadores mofándose de los perdedores, y estos, quejándose de trampas que había admitido Martín y refiriéndose con sorna a la tonta hinchada que los alentaba. La presencia de Gustavo los acicateaba todavía más, y los insultos daban paso a algunos puntapiés y a algunas amenazas proferidas mientras agitaban martillos y sierras. El profesor puso fin al alboroto al batir con fuerza un palo de escoba contra el negro pizarrón móvil con pies de hierro tras el cual estaban guardadas las piezas artesanales. Inés se sacudió y casi volteó con el codo los maceteros que estaba apreciando. La parte trasera de sus esbeltas y sedosas piernas estaban expuestas a todo el alumnado bajo la línea inferior del pizarrón. Gustavo se apoyó en un extremo de la luenga tabla principal y esperó a que creciera el incipiente silencio que habían causado los recios zurridos que había dado Martín contra el improvisado tabique. Colaboró a que la tregua entre ambos bandos se dilatara, a que el mutismo, apenas cortado por algún susurro de admiración, triunfe en todo el cobertizo, la encantadora sonrisa que Inés desplegaba en su rostro cuando, marchando con muy poco de rectitud pero bastante garbo, enfrentó a los paralíticos masculinos. Gustavo se colocó junto a ella y quebró el mudo hechizo que había apaciguado a sus pacientes.

-Bien, ella es la señorita Inés, periodista del diario La Nación. Y vino a visitarnos para publicar un artículo sobre nuestro centro.

Valdemar se despegó de su silla en el fondo del taller y alzó la mano con deliberada y casi forzada urgencia. Avanzó hacia la tarima central con una leve sonrisa, de esas que provoca a veces el estado de perplejidad, la estupefacción ante una calamidad inevitable, la inverosímil aunque irrevocable fatalidad del destino, esa certeza que produce el desencanto eterno de millones de hombres. A través de sus enormes ojos entrecerrados se escapaba una mirada revirada hacia varios momentos, aquel real instante pesadillesco en el cual aporreó la calva del enemigo, yuxtapuesto con el suceso futuro de una barraganada que estaba preparando, o el cálido presente en el que vislumbraba nuevos y cautivantes atributos femeninos en la estampa de Inés. Veía especialmente el corte de su minifalda y la forma grácil y erguida de sus pechos, parecidos a los de Renata, tras la bonita camisa de seda celeste. Evitando desconcentrarse con ellos, optó por cerrar completamente los ojos con sus párpados temblorosos, cruzó su brazo derecho, y finalmente, apoyando la mano en su corazón como un patriota enajenado o un enamorado desesperado, se expresó del siguiente modo:

-“Es un orgullo para nosotros recibirte y que vengas a interesarte por nuestras actividades. Sólo quería afirmar, ante cualquier duda que pudiera surgir, que no queremos ser títeres ni payasos de nadie. No, no te asustes. Me refiero a que es preferible que no te excedas con el sentimentalismo a la hora de redactar la nota”.

Gustavo guiñó sus ojos de manera picaresca. La periodista contempló al mulato con una expresión menos sonriente, cobrando sus bellas facciones más firmeza y prestancia aún. Mientras ella pensaba qué podía responderle, Martín amonestó a su alumno.

-¿Podés quedarte sentado? Gustavo tiene algo para contarles.

-Un momento -intervino Inés. -No seas descortés -le dijo al profesor. -Dejame manifestar mi desagrado o mi concordancia con el parecer de Valdemar. Yo creo que lo sentimental no tiene por qué ser chabacano ni caer en perversas adoraciones. Yo soy flexible y moderna. Represento a la revista pero puedo estar disconforme con la orientación política de su editorial. No cometo ningún pecado, esta experiencia puede servirme justamente para solidificar mis convencimientos. Mi idea es sólo reflejar el valor de la fe, no en Dios o en un santo particular, sino en la propia entereza e hidalguía de ustedes. Y por otro lado, los títeres y los fantoches acompañan al hombre desde tiempos remotos, y ya no se dejan manipular fácilmente. ¿No son acaso los gobiernos de los países una gran mascarada? ¿Desde cuándo el hombre es capaz de dominar aquello que ha engendrado? Todas sus creaciones terminan rebelándose. Y con respecto a los payasos, todos los que conocí en mi vida eran hombres valientes, virtuosos e independientes, conocedores de distintas magias e inteligentes y sutiles conversadores.

El mulato había abierto enteramente sus ojos para escucharla. Mirándole las tetas atendió a sus razonables argumentos. Advirtiendo el carácter irrefutable de los mismos, volvió a su ubicación en la cabecera de la tabla de los aprendices. Los jóvenes tullidos se mantuvieron callados. Ciertos serruchos comenzaron a raer la madera con aspereza y falta de ritmo. A Gustavo le había entrado serrín en su ojo derecho. Dejó de rascárselo para anunciarle a la concurrencia el paseo de la semana siguiente pero cuando se dispuso a hablar el ardor le resultó insoportable y salió corriendo a buscar sus gotas oftálmicas. Los rengos amagaron salir tras él pero Martín los frenó.

-¡Eh, ustedes! Quédense en sus lugares. No es más que un pequeño percance. Distribúyanse las herramientas y reanuden la labor. Las bibliotecas tienen que estar listas para el fin de semana.

Gustavo no se demoró más de un minuto. Su ojo estaba magullado y lacrimoso. Había algunos internos, entre ellos Maximiliano, que estaban más haraganeando que trabajando. La escoltaban a Inés de una mesa a la otra. Ella se detenía en cada sector (tallado, pulido, corte y barnizados) y averiguaba los nombres de los internos destacados en cada función. También, para caerles simpática, les preguntaba por sus equipos de fútbol preferidos. Entonces se entablaban charlas animosas, sin que los más aplicados abandonaran sus tareas. Tres minutos más tarde, cuando parcialmente se diluía su molestia, Gustavo les solicitó que se acercaran al pizarrón. Sin preámbulos, con las manos apoyadas en su cintura, enfrentó a la clase.

-Quería avisarles que el miércoles iremos a navegar al Tigre.

Entre hurras y golpes de morteros y martillos sobre bateas y cajones aún no concebidos, fue acogido el anuncio de Gustavo, cuyo ojo había recobrado la normalidad.

-¿Podremos llevar las cañas y las redes? -inquirió Maximiliano.

-Sólo tenemos las de don Alberto. Será cuestión de pedirle que nos las preste -contestó Gustavo.

-¿A ese viejo tacaño? -preguntó Valdemar.

-¿Por qué lo llamas así? -intervino Martín.

-Porque el otro día no quiso darle la radio a José para que escuchara el partido de Boca -replicó el mulato.

-Esa fue una recomendación mía -dijo Gustavo. -El niño estaba cultivando una estupidez alarmente, hasta aceptaba, y llegaba a festejar con una risa idiota, algunas de las sandeces abyectas y miserables que escupen la mayoría de los relatores. A veces te apresuras con tus juicios…

Valdemar lo miraba de costado con ojos desconfiados, impertérrita su tenue sonrisa. Gustavo siguió su reconvención.

-Sí, no te obstines con esa fea costumbre, no te aferres a una opinión nacida de un fanático capricho. ¿Qué otra cosa es el deseo de enterarse quién va venciendo en un cotejo futbolístico?

Inés, que se había mantenido atenta al debate, le tocó las costillas a Gustavo y avanzó hacia las mesas de trabajo tratando de refutarlo.

-Aquí hay mucha confusión y demasiadas paradojas: en determinado sentido, se ha embarrado la cancha. Los planteos de Gustavo acerca de la perniciosa influencia de ciertos conductores radiales y televisivos sobre el público oyente no se vinculan a la pasión por una camiseta, cuyos límites trascienden la imbecilidad de un relator o comentarista particular. Querer averiguar un resultado conlleva un antojo idéntico a la obsesión por los pronósticos meteorológicos, o a la devoción por marcar un orden histórico respecto de cualquier estadística; todas ellas, completamente inútiles para revelar los grandes enigmas universales.

Los jóvenes, por más que meditaban con las manos sosteniéndoles sus barbillas, no comprendían la polémica establecida. Sus instrumentos de trabajo suspendidos en el aire reflejaban dicha situación. Valdemar era el único que conservaba un semblante rígido, pleno de convicciones, alerta a agregar más dinamita a las palabras de Inés.

-Se trata de materias que nadie puede resolver, y es debido resignarse a su perpetuo secreto. Es un asunto de corte amoroso, irreflexivo y animal. Y nosotros, igual que las bestias más abominables de la tierra, nos regodeamos con el néctar de nuestros vicios. Y respecto al fútbol, vibramos con goles inolvidables, superamos cualquier malhumor con tal de ver derrotado al equipo que aborrecemos. Y no nos hartamos. Somos sanguinarios, queremos triunfar y ver pisoteado al enemigo, humillado, caído en desgracias cada vez peores, para poder envejecer contentos; y alcanzar la anhelada felicidad. Todas las disciplinas humanas funcionan con el mismo sistema, que ninguna religión, ni siquiera las más benignas, han logrado abortar.

Este discurso fue suficiente para que a los paralíticos se les esclareciera un tanto el panorama. Sus rostros abandonaron la duda y adquirieron rasgos satisfechos, seguros, creyentes en su trabajo, en dejar fluir sus pensamientos sin preocuparse por el destino, ni por la solidez de los mismos; sólo gratas y calmantes sucesiones de imágenes podían registrar ahora sus mentes. Entonces se esmeraban y producían los mejores estantes, piezas de ajedrez refinadas y delicadas mesitas de luz. Valdemar se sumó a las tareas con gran ahínco e inquebrantable voluntad. Hasta los que se habían mostrado ociosos y patanes delineaban graciosos percheros y soberbias cajitas de música. Gustavo se dirigió a la puerta y allí esperó a que Inés concluyera su recorrida por la carpintería. La periodista le dio un beso a Martín y les compró a los cuadripléjicos sus encendedores de fabricación casera.

-Me han sorprendido más que las chicas -le dijo Inés a Gustavo, al encontrarlo apoyado en la baranda de la escalera exterior.

-Es lógico. Sos una mujer -dijo él.

Se alejaron de los ruidos metálicos y eléctricos. A veinte pasos ya podían distinguir el piar de los jilgueros y algunos cacareos de las gallinas de los vecinos, unos artesanos sobrevivientes de todas las crisis económicas, bastante más debido a su acostumbramiento a la mugre y al ascetismo, a que les alcanzaba con sus meditaciones budistas y sus menesterosos regímenes vegetarianos para sentirse plenamente satisfechos (otrosí, indiferentes a la decadencia de su comercio, mantenido en pie gracias a la constancia y al afecto de unas viejas clientas leales) que a su capacidad ahorrativa. Eran inocentemente humildes, y les asqueaba degollar a los pobres animales. Siguieron avanzando hacia las oficinas administrativas del instituto, oliendo el sabroso aroma del pasto recién regado. Inés caminaba mordisqueando la tapa de su birome y Gustavo haciendo saltar sus estimuladores.

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