Los Deformes – Capítulo 35

 Dos meses más tarde, un domingo temprano, en las fotos de la nota de La Nación los discapacitados tenían sombríos semblantes, comparados a los que mostraban mientras se divertían observándose y criticando sus propios defectos.

-Mirá qué inocentes e indefensos parecíamos la semana anterior a nuestro bautismo de fuego -dijo Cairolo.

-Y sí. Los parapléjicos se han curado, y pensá que recién don Alberto los estuvo aterrorizando, y a ellos les encanta escucharlo. Lo disfrutan más que los ataques a los dueños de laboratorios que estamos realizando -dijo Gustavo.

-Me han impresionado. Continúan con la misma obra ejemplar y heroica. Y están aún más comprometidos que antes con sus arriesgados proyectos -dijo la señorita Inés.

La periodista fue el primer ser normal y externo que se adhirió a la revuelta de los deformes. A las nueve de la mañana arribó al instituto, trayendo facturas que compartió con los doctores. Asimismo trajo diez revistas bajo el brazo sobre las que se lanzaron los mancos. Ella sólo logró rescatar una para enseñársela a Gustavo.

-Me gusta el título: «Enfermos Corajudos», y las letras más pequeñas y sombreadas: «Una institución sin parangón». Es excelente la nota -dijo Cairolo.

-Y a mí el epígrafe de la foto más borrosa en la que estamos en la escalerilla del taller, posando en una situación caótica: «El doctor Villamayor entrena a sus pacientes con métodos originales y hace un seguimiento exhaustivo de sus evoluciones -dijo Gustavo ufano, afanado y afamado.

-No te olvides que esta publicidad puede tornarse contraproducente. Después de las rodillas que les vendimos a los yanquis, apenas colocamos en el mercado unas pastillas competidoras del Viagra para mujeres, cuya fórmula hurté de la clínica del doctor Favaloro. Una vez que dejamos de acudir a sus congresos y reuniones (y el último fue para la época de esta nota, en el Sheraton), los comerciantes de la salud locales nos catalogaron como principiantes torpes y resignados a usufructuar la caridad de algún extranjero desprevenido. Sabotearon todas las prótesis que diseñamos y no recomendaron el libre consumo de mis drogas. Y esta cándida presencia nuestra en un periódico de gran prestigio podría suscitarles bronca y repulsión. Monopolizarían más productos y servicios hasta ocuparse de todos nuestros potenciales clientes. El empeño que utilizamos en lograr la desaparición de cada vestigio de nuestros crímenes se estropeará si la envidia, seguramente resultante de esta señera alabanza a nuestro Centro, se descarrila hacia parámetros y terrenos no contemplados en nuestros archivos y estatutos -le bajó los aires Cairolo.

-¿A qué se refiere, doctor? -le preguntó Inés.

-A que nos acometan por el frente menos previsible, que no es actualmente el económico. Usted habrá adivinado que estamos disimulando con extrema cautela las riquezas que nos tributan nuestras víctimas, acumulándolas en el búnker. No pretendemos que los investigadores a cargo de descubrir cómo han muerto tantos empresarios desconfíen de nosotros en cuanto nos permitamos algún lujo. Ya nos atiborraron de preguntas las última vez que fuimos al Tigre. Pero más al caso, creo que muchos doctores, competidores nuestros, son malvados y están dispuestos a ordenar barbaridades para perjudicarnos. Así como abusan de sus posiciones en el escalonamiento social de nuestra particular ciudad, eligiendo tácticas de opresión a las castas más desfavorecidas y abatidas (obligándolos a comprar géneros de linajes dudosos que están fabricados para romperse al primer uso que se hace del objeto), sus poderes pueden excederse hasta contratar mercenarios que persiguen a cualquier sujeto, individual o corporativo como el nuestro, que osa alzarse contra sus políticas. No se si estoy brindándote explicaciones aceptables. Sus soldados son muy cortos de razonamiento, actúan impulsados por elementales y perniciosas ganas de auto-conservación, y no vacilarían en incendiarnos el instituto si alguien llega a desenmascararnos.

-Los monopolizadores no me amedrentan. Los conozco, muchos fueron jefes míos y tuve un novio con esas deplorables características. Los otros, como integrante del comando de Martín, ¡cuánto menos me inquietarán! ¡Renuncié a mi trabajo para abrazar su adoctrinamiento, doctor! -le dijo la periodista.

Gustavo, más extrañado que complacido con la novedad que había despachado la autora de la nota que estaba leyendo, oyó una advertencia de su amante celadora.

-Acá no nos sobran colchones. Y no podemos internar a jóvenes salutíferas. Lo veo como un noúmeno: podés ayudarnos, pero como embajadora en el territorio exterior al Centro. Cuando ampliemos nuestras instalaciones o fundemos una sede en los campos que pensamos adquirir en Neuquén, podrás convivir con los internos, aunque como amiga no te lo recomendaría….

-¿Y podría participar en algún atentado? -le preguntó Inés. -Quisiera acudir a sus entrenamientos diurnos. No me especializo en las artes diplomáticas -agregó, rogando con sus finas cejas alzadas.

-Por supuesto, ya te consideramos una deforme de corazón -dijo Cecilia ofreciéndole un caramelo.

Florencia, encinta y malcarada, con una nueva piel facial que le implantó Gustavo, apareció con una escoba y barrió las migas que habían esparcido durante el suculento desayuno. Rafael se había sacrificado para acceder al amor de la secretaria de Gustavo. No sólo dejó su puesto en el supermercado (al que consideraron innecesario atracar) sino que se extirpó un riñón para padecer una insuficiencia que justificara su pertenencia al ejército de los tullidos. En aquel presente, lideraba un escuadrón propio de profanadores de tesoros, haciéndole frente tanto a los particulares como a los estatales (apelando en este caso a sus conocimientos sobre evasión de impuestos, nueva materia que era dictada por él en un curso otoñal para los internos interesados).

Los domingos corrían raudos, y los soldados aburridos habían decidido duplicar los ataques en tales días de reposo, por más que las víctimas, luego de una estupenda jornada de divertimentos, se hallasen serenas para enfrentar a la muerte. El tiempo estaba nublado, bastante seco y con escasas posibilidades de lluvia. Los internos habían concluido su picado matutino. Desde que sus rehabilitaciones se concretaron, los partidos habían adquirido una dinámica y buen juego especial. Los sueños de José, su rodilla aceitada y con mayor flexibilidad que la del resto de los jugadores, devinieron en goles y gambetas inolvidables. Todos corrían con más soltura y velocidad, y con acrobáticos movimientos esquivaban rivales, elaborando jugadas admirables. Don Alberto relataba los enfrentamientos con el megáfono, arengando a las hinchadas femeninas, empleando las palabras redundantes y afectadas que abundan en la jerga futbolística (el viejo la dominaba con solvencia). Martín estaba curando a los lesionados en el jardín. El sí tenía eficientes habilidades como representante: había fomentado excelentes relaciones entre Maximiliano y el cajero, al punto de que el pelado desertó de su comando para sumarse al del futuro padre, algo dolido su único riñón tras la pitada final del traumatólogo, quien lo masajeaba con unas bolas de madera labradas en la carpintería. Con una toalla le palpaba el órgano urinario añorando el suave vientre de la enana, su perfume y su vello incitante. La profesora de dibujo superó la depresión que le causó el rechazo del departamento de Arte de La Nación emigrando a un balneario bonaerense donde pudo dedicarse a la pintura sin estorbos ni preocupaciones. Su ausente belleza sumía a Martín en un esplín profundo, y sus manos empezaron a dañar a Rafael, que se las quitó de encima con exasperación. Ella enviaba epístolas semanales que morigeraban su nostálgica debilidad, pero él la necesitaba cerca, a la distancia del muslo de Laurita que ahora estaba acariciando, calentándolo para que no se acalambrase en la pileta. La renegada ya no requería sillas con ruedas y lentamente claudicaba su postura pacifista.

-Andrés y yo pretendemos más excitaciones. Estamos aletargados, como diría Valdemar. Y estamos repensando si continuaremos absteniéndonos de cooperar en las operaciones militares -le chirlaba con frecuencia.

Nora estaba en la droguería entretejiendo con su muñón un receptáculo para las pastillas de Cairolo. Aficionada a encerrarse a oscuras, empuñaba agujas un rato y luego experimentaba combinaciones de materiales explosivos, procurando el hallazgo de un moderno gas letal que mereciera felicitaciones del psiquiatra. Precisaba un ámbito lóbrego, una falta de lucidez fundamental para concentrarse en sus delicadas faenas. Además, allí reorganizaba las proficuas cuentas de Gustavo. Una semana después de la nota en La Nación, llegaron a las oficinas del instituto varias donaciones de entidades benéficas. Las finanzas del Centro se acrecentaban entonces con aportes provenientes de contrapuestos frentes: el delictivo y el humanitario. La alquimia de esas dos posturas morales le proveía un gran bienestar económico y espiritual a los nuevos internos, quienes recobraban su salud con inusitada rapidez.

Roxana, al término de un proceso de conversión fugaz y sin etapas intermedias, fue nombrada reina de los mancos. Era la más prudente e ingeniosa gobernanta que podían pretender. Revocó muchas reglas protocolares falsas e inútiles que usaban sus súbditos. Ya con la capacidad de discernimiento y la claridad mental de un prototipo humano normal, los incentivaba a recordar el antiguo estado del instituto, celebrando concursos de «pensamientos turbios» e «ideas disparatadas», y todos competían por complacer en la mayor medida posible a la autoridad regia. Designó a Nicolás ministro de Cultura para que oyera los reclamos artísticos de los internos

-Tenemos que sacarle provecho a las historias de terror de don Alberto. ¿Por qué no editamos un libro con sus mejores cuentos? -le sugirió Cecilia al joven funcionario.

-Vos ya grabaste un disco con tu grupo de jazz, tocás el piano cuatro horas por día y parrandeás por los bares de Retiro con Pimienta. Podrías brindarle más dedicación a los mandatos de Roxana y ocuparte de nuestros momentos ociosos inventando eventos espectaculares que nos distraigan -le recriminaba José.

-Desearíamos premiar a los mejores actores de las escenas violentas que producimos, realizar viajes relampagueantes al taller pictórico de Mariana y organizar recitales. Contamos con bandas que pueden acompañar a tu trío en instituciones semejantes a la nuestra -consideraba Silvia, reciente vencedora en un concurso de fotografía organizado por el museo de Bellas Artes.

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