Los Deformes – Capítulo 34

Laurita estaba completando una penosa recuperación. Sus ejercicios de marcha ya no le costaban resuellos agonizantes o caídas abruptas por su cadera atrofiada. La reconstrucción de sus huesos era fantástica. Había estado jugando con su admirador, la enana, el bolsista y los hijos de los vecinos a las escondidas, al truco y al baile de las sillas sin dar un sólo tropezón en el lapso que les demandó a sus amigos deshacerse del armenio. La enana ya había tomado un narcótico para destrabar sus nervios. Roxana, no teniendo a un manco sobre quien descargar su ira, se había trasladado a la cabina de don Alberto a escuchar sus horrendos cuentos. Pimienta, feliz, anticipaba con una botella que le había entregado doña Juana (controlando que su marido estuviera regando sus parras, tarea que le exigía una exagerada media hora) su compromiso con doña Perla. Los seguidores de Laurita no se atrevían a brindar con él. Ataviados en sus pijamas veraniegos, habíanse dormido con las narraciones de Andrés. La única oyente era ‘la renegada’, que estaba encantada con el suave carácter del esclerótico. Ya iban avanzando sus caricias hacia fogosidades desenfrenadas, pero inesperadamente se controlaron con el bullicioso arribo de sus compañeros. Encabezados por los mancos, irrumpieron los guerreros en la sala de entretenimientos dando saltos y comentando los pormenores de la paliza a los travestidos.

-¡Ey! Míren a la renegada. Parece que no reniega del amor de aquel miedoso -les advirtió Maximiliano. -Pueden consagrarse a cultivar su romance con sosiego y generosos augurios. Aplastamos a Gostanián y desfalcamos sus tesoros. Obtuvimos un paño que bastará para proveerles un ajuar propio de familias aristocráticas. ¡Albricias! -les dijo, agachándose para besar a Laurita en su mejilla inclinada y estirarle la oreja a Andrés con sorna y vehemencia. -¿Dónde está la bruja? -preguntó el pelado, largando colorado el oído del especialista en la Conquista de América, que se defendió pellizcándole los testículos al centrodelantero mientras le respondía:

-Está en la covacha de don Alberto. Ahí preparan juntos sus embrujamientos. Por suerte se proponen impedir que Cairolo encuentre algún medio para curarlos. Como toda tu necia compañía de palurdos, continuarás siendo un enfermo. No podrás contrarrestar sus fórmulas mágicas.

Laurita le imploró a su nuevo novio que detuviese la compresión del aparato reproductor de Maximiliano, y a este, que no dejara caer su motosierra sobre el cuello de su amado, pero el que más batalló por la paz entre los dos internos fue Pimienta, que abandonó sus pasos deambulatorios para golpear con la rodilla el brazo de Andrés y morder la mano de Maximiliano para que se le escapar su herramienta mortífera.

-¿Pero qué significa esto? ¿Están todos locos, o se han contagiado de las malditas costumbres del hombre que han matado? ¡Beban conmigo y olviden este lío, esta rencilla estúpida! -exclamó el borracho. -¡Vamos, dénse las manos!

El vacío posterior a la concreción de la hazaña hubiese sido abismal si no hubiesen circulado cuatro botellas de borgoña que don Julián había obsequiado para celebrar la muerte del armenio. Los tullidos fueron en orden a bañarse bajo la supervisión de las celadoras. También revisar los regalos que habían escogido en el departamento del occiso como ofrendas de admiración a la interna hechicera resultaba una actividad que disimulaba la vacuidad de sus proyectos; exceptuando su afán reivindicatorio de sus características deformes. Martín y sus colaboradores acomodaron unos almohadones y los pacientes que ingresaban al búnker primero y mal secados, se fueron sentando en los más mullidos. A los quedos como Hugo les quedaron los duros o ajados y desinflados. Habían programado una reunión a la medianoche y faltaban veinte minutos. Los internos empezaron a entonarse ansiosos por conocer el próximo golpe que anunciarían sus líderes. Gustavo, interrumpiendo un relato siniestro del portero, recogió a Roxana y la llevó a la sala. Las leyendas de don Alberto, los monstruos devoradores de niñas licenciosas y criticonas, las trepanaciones del psiquiatra que infectaban sus neuronas sumiéndola en pesadillas ininterrumpidas, las frenéticas toses que le provocaba el polvillo y la mugre del habitáculo insano en donde moraba el portero, su olor a ajo podrido y gato rancio, y un cúmulo de complicaciones aledañas a esos hechos y preocupaciones que se alternaban en su mente, habían contribuido a moldear su temperamento al punto de convertirla en una dócil y complaciente princesa, un tanto sorda a los reclamos de los gallardos pretendientes que depositaban presentes a sus pies. Con preciosos gestos, ciertamente desdeñosos algunos, reverentes otros pocos e indiferentes el resto, que completaban una abultada mayoría, recibió las loas de los mancos, y sólo cautivaron a su principesca atención los sandwiches de milanesa que Maximiliano capturó en la heladera de Gostanián, un diamante que se le cayó a Martín y la indumentaria ensangrentada de los travestidos (se destaca que no diferían demasiado entre sí los dones de sus cortejantes). Dentro de un alboroto peculiar, tan intenso como en el que estaba inmersa (las palabras cruzadas y desorientadas de varios héroes medievales delirantes, el revoleo de máuseres y prótesis, los consejos que le daba Gustavo: «sonreí, sonreí» -le decía), ella actuaba como la persona más recatada del búnker. Sí, ya eran recuerdos lejanos sus ganas de molestar a Nicolás, sus anhelos de desilusionar a todos los parapléjicos que desearan ingresar al Centro, las estudiadas discordias que promovía entre los sordos y los ciegos. Más gozaba del crocante pan y la sabrosa carne, del vaso de vino y las ocurrencias de Pimienta. El contento generalizado de los pacientes la colmaba de satisfacción. La pequeña otrora hecha de hiel se arrojó sobre el coro de niñas y las abrazó a todas, les repartió los regalos de los mancos y, como una ménade, ayudó a Pimienta en la distribución de la bebida. Don Alberto escuchó el despertador que marcaba las doce. El estaba convocado a la reunión y no quería retrasarse. Cuando se arrimó al sótano las celadoras acallaban los chillidos y las canciones de los tullidos. Cairolo tomó un megáfono.

-Eso es. Me gusta cómo crece el silencio. Nos permite percibir los impulsos de liberación en el interior de nuestros cuerpos. Aparte de los gases y eructos normales, ¿no pueden constatar ustedes un dulce ensoberbecimiento? ¿No les vibran sus intestinos, o no laten sus corazones con una armónica y perfecta intensidad? No consideren a los grillos, aunque sus constantes silbidos sean una bella expresión de la naturaleza; al mantenernos callados, toda la hazaña puede recrearse si usamos la memoria, e imagino que nadie encontrará otro defecto que no sea la insignificante demora de sesenta segundos durante la razonable matanza. La presencia imprevisible de los travestis fue un ingrediente que aportó diversión a la aventura. El armenio ya no podrá asustarnos y sus herederos no se atreverán a investigar cómo ha desaparecido el líder de su empresa familiar. Se resignarán a vender su negocio y lamentarán más la violación de la caja fuerte que la extinción del ortopedista explotador e inescrupuloso.

El discurso del psiquiatra había generado un persistente y reprobatorio murmullo. Los internos tapaban su degenerada declamación con confesiones de muy diferente clase, afines a la libre y desproporcionada ingestión de alcohol que había propiciado quien ellos consideraban un nuevo y querendón enfermo.

-…Pero es fatigoso justificar nuestros derechos cuando debemos dedicarnos a apreciar el deleite que aún invade nuestras almas tras la primera victoria de nuestro ejército. Se que son escasos los que todavía pretenden entender el estado de ánimo que les he pintado. El silencio ha decrecido y el barullo de sus alegres exclamaciones encubre cualquier análisis psicológico. Me rindo, pásenme un vaso a mí también -dijo Cairolo, soltando el megáfono en las manos de Hugo.

-Queremos un plan. Que nos muestren el desarrollo de una estrategia y los alcances de nuestra iniciativa revolucionaria. Dénnos las pruebas de que nuestro golpe ha sido coherente con los fundamentos filantrópicos del Instituto. Si los profesionales que nos cuidan no lo hacen, tomaremos nuestras propias decisiones. Asesinamos a Gostanián; buena falta le hacía a la humanidad comprender que necesitábamos recursos para subsistir en las reglas capitalistas imperantes, pero de aquí a un futuro cercano, debemos respetar los principios de nuestra institución, que apuntan al bienestar de los discapacitados, y verse mezclado en sucias e intrépidas operaciones subversivas no se compadece con los eminentes objetivos que nos propusimos alcanzar.

-De todos modos -le respondió Gustavo, -es evidente que nuestros enemigos pueden apelar a coerciones más temibles que una vulgar asfixia financiera. Mientras nuestra causa no multiplique sus adeptos, cuantos más seres análogos al armenio liquidemos, mejor podremos convencer a la población de nuestros justicieros propósitos. Las chusmas que determinan el progreso o involución moral de los países, las que marcan los destinos de los pueblos, no van a tener con quien consultar si nuestras ideas son apropiadas para el venturoso desarrollo de la especie humana (eliminando previamente a los devenidos gurúes que les recomendarían perseguirnos hasta exterminarnos como si fuéramos poco menos que ratas). Así que, hermanos de desdichas fuimos, y ahora estamos unidos en la cumbre que traerá un nuevo tiempo para los deformes del mundo. Tenemos una larga lista de atentados a ejecutar. Con el doctor Cairolo y Martín la hemos confeccionado seleccionando pertinentemente los blancos, los presupuestos y los comandos que participarían en cada uno -discurrió el escritor, cediéndole una hoja de las próximas víctimas a Valdemar.

-Vale. La tendremos en cuenta. No quiero parecer un defensor de la democracia chocarrera y achatada pero en nombre de mi batallón quisiera manifestar que la intervención de los soldados rasos, la turba instintiva y real de internos anónimos que motivó nuestro éxito actual y sostendrá nuestra posición cuando nos declaren la guerra, siempre resultó esencial en cada debate crucial que organizamos. Y en este momento, obligados a resolver una cuestión independiente de apreciaciones sobre querellas y egoísmos personales, como la elección de un camino pacífico y calmo o una vía violenta y expresiva (en tal encrucijada nos vemos envueltos y atenazados), para el derrotero que le imprimirmemos a nuestras únicas, portentosas e insuficientes vidas; ahora, digo, podríamos atender a sus deseos y ver con qué simple y flemática disposición nos los transmiten.

-¡Andá, pastor de cafetucho, uruguayo bribón! Ya te dijimos que no tenemos representantes -le dijo José, miembro de su comando, en representación de los suyos.

Valdemar cogió un martillo del suelo gris y cenizoso y enfrentó al soldado carente de rodilla.

-Estas pendencias, y otras paralelas, demuestran quue el combate es la salida elegida para desbaratar las dudas que nos alteran el ánimo -le dijo el psiquiatra a Gustavo y las celadoras.

La culminación del estado alpha de los pacientes apareció con diversos síntomas. Los electrodos se escurrían por sus venas, cruzaban tejidos nerviosos y recalaban en pantanos de sangre, coágulos y trombosis. La euforia de la trifulca con los travestidos se había dispersado luego de los evangélicos preceptos de Hugo, y un temple más acorde a los serenos senderos que atraviesa la mente en el estado beta estaba surgiendo, casi palpable en la expeditiva y sorprendente anulación de las disputas, en la cesación de las arrancaduras de pelo y los pellizcos alevosos. El almacenamiento de las granadas y el resto del material bélico fue la labor que debieron realizar en tal instante, obedeciendo las instrucciones del carpintero. Las celadoras y Florencia fueron a prepararles las camas. El vino les había repuesto la energía perdida en el golpe, pero el inevitable curso de la electroterapia, el acceso al estado gamma, con sus consecuentes bostezos y entrecerrar de ojos, no tardaría en manifestarse cerca de los veinte minutos del día. Entonces, cuando rayaran la línea divisoria del sueño, Gustavo había decidio decirles:

-Siempre podemos mejorar. Tenemos un paño interesante y armas sofisticadas. Nuestra organización es tan minuciosa que estamos capacitados para hacer un atraco por día. Así que duerman en paz, momentos tan gloriosos y placenteros como este se repetirán a diario.

Los internos se besaron, se lavaron los dientes e ingresaron en el estado delta, levemente inquietos por el rutinario panorama de bienestar que les aguardaría si las palabras de Gustavo se cristalizaban en sus porvenires.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *