Los Deformes – Capítulo 24

La interpretación de Pimienta fue breve y terminó con dos notas monótonas aunque encantadoras. Sus nuevos amigos festejaron con aclamaciones improvisadas. Por supuesto, los mancos fueron los más fervientes solicitantes de un bis. El profesor se opuso y le indicó los errores técnicos que cometía al prender el contrabajo. Luego lo felicitó a pesar de sus vicios y le auguró un fructífero destino musical. También lo invitó a integrarse al trío de jazz que formaban los sordos, cuyo pianista estelar le empezaba a resultar familiar. Nicolás se sentó en el piano, hundido en el silente cosmos que se había procurado, y aguardá a que Pimienta, con su nuevo vaso y su botella recuperada, imitara los mohínes de Valdemar para anunciar su tocata.

-Un prodigioso descendiente de Orfeo, un dotado por la mágica decisión de Dios; de un lirismo sublime, con piezas superiores a las registradas en las cortes europeas del pasado siglo romántico, proyectado a las nuevas eras de discos compactados y digitados…

-Bueno, Pimienta, siéntese y déjenos disfrutarlo -le dijo el profesor.

Sus dedos corrieron ágilmente, extrayéndole brutales ritmos a la madera sobre los que se basaban sus deliciosos fraseos, propios de un alma aventajada en sufrimientos. Su concierto sedó a los mancos, les removió las mentes a un estado Alpha; a algunos llegó a infundirles una urgente sensación de arrepentimiento, e incontenibles deseos de implorarle perdón a Roxana. Ni siquiera batieron palmas cuando concluyó; así de maravillados estaban. En cuanto al resto de los internos, apenas Hugo y Andrés, que debatían sobre los inciertos conocimientos de Pancho Donelo y los verdaderos propósitos de Colón, fueron los únicos oyentes desatentos (además del propio autor, que por costumbre y naturalidad rehusaba oír sus obras, prefiriendo mantenerlas en su imaginación); los demás respondieron a su arte con contagiosa alharaca, y arremangándose con excitadas voces de gozo, se lanzaron a atrapar precipitadamente distintos elementos de percusión para acompañar al sordo genial. Negro convocó a la celadora de turno a que lo socorriese e impusiera cierto orden básico para coordinar los tintineos de los triángulos, las sacudidas de las maracas y los choques de los toc-toques. Así podría dejarlos a la deriva con sus instintos órficos y programar en su equipo de disc-jockey, junto a los interesados en las modernas tecnologías (los parapléjicos y los escleróticos), nuevos trucos sonoros. Los novatos respetaron los lugares de los artistas genuinos. Nora los obligó a confeccionar una lista de temas futboleros y bailanteros a cantar, y hasta que no realizaran versiones impactantes no les permitía rozar las guitarras y la batería. En los quince minutos finales de la clase los sordos deslumbraron a los tullidos con blueses bellísimos. Antes de que se retiraran a la carpintería, Negro los despidió con música disco y llamó a cada interno para darles particulares nociones de solfeo. Para la venidera semana les prometió un libre acceso de cinco minutos a los instrumentos más preciados. Pimienta y Nicolás consolidaron su lazo afectivo con una riña juguetona en la cual el niño le exprimía la nariz al borracho y este le tironeaba sus duras orejas de plástico. Nora los apartó cuando percibió que la saña del sordo aumentaba y el sofocón del bolsista excedía barreras normales, como la del color de su rostro, que habíase tornado a un violeta achicharrado (por no controlarle las pulsaciones que habían disminuido de modo catastrófico). ¿Pero cómo el nuevo interno se quejaría o demostraría su dolor cuando estaba transcurriendo en el Instituto un día dichoso y excepcional? ¿Acaso no eran más terribles las torturas a las que lo sometían los sargentos de la cuarenta y seis? Le arrojó una suave cachetada traicionera a su contrincante y recogió su botella. Nicolás respondió con un puntapié a su culo mal lavado y regresó al vestuario a colocarse su traje enterizo. El borracho trastabillaba cada dos pasos, de repente se bajó los pantalones amagando orinar sobre el hueco del contrabajo. Negro lo sacó del aula con dos empellones, dejándolo tumbado en el umbral.

-Venga conmigo, yo lo guiaré al taller -le dijo Nora a Pimienta, a fin de evitar una violenta emboscada de don Julián y el profesor de música en el trayecto.

    A diferencia de su último despertar, las predicciones oníricas de Gustavo no fueron contariadas por los signos vitales de la mujer que le rascaba la cabeza. Reconoció sus pezones, las pecas de su nariz delicadamente pareja, sus labios lubricados con esencia de propóleo, su propia imagen duplicada en sus vidrios cubiertos de pelusa y las hojas amarillas de su versión de la «Utopía» de Moro.

-Me escapé de la clase de cocina. Las chicas no demorarán mucho en venir -le dijo ella, mientras le daba besos a sus ojos visionarios.

El esquivó su cabeza para desperezarse como un pavo real.

-En diez minutos estará pronto el almuerzo.

-¿Qué? -preguntó él.

-Al fin pudiste dormir bien. Te hacía falta -contestó ella, tapándole con una mano su bostezo. -Florencia tenía estos mensajes en su escritorio -agregó, alcanzándole un pedazo de papel arrancado de la agenda laboral de su secretaria.

Gustavo fue a mojarse la cara al baño antes de mirarlos.

-¡Son más de las doce! -exclamó desde allí, asombrado, dejando que se enfriara el agua de la canilla.

Se enjuagó la boca y después encendió su computadora.

-¿Querés que los lea? -inquirió ella.

Se vistió rápido, escuchándola.

-Uno: Llamaron de La Nación para entrevistar a Mariana. Tiene que llevar una carpeta de dibujos impresionantes, preparar una reseña de sus exposiciones y ponerse los zapatos ortopédicos más elegantes. La atenderá la señora Guadalupe Mitre de Zuberbühler.

Dos: Era alguien que hablaba en inglés. Le grité a Cecilia que acudiera a atenderlo pero la muy maldita no osó abandonar sus lecturas emperradas. A todo le dije okey, como vos me enseñaste. Era una voz masculina que igualmente insistió con su idioma en un tono poco cortés. Tuve que cortarle. Intuyo que está relacionado con los vendedores de prótesis de Estados Unidos.

Tres: De la DGI, reclamando viejas deudas. Dijeron que vendrán unos inspectores que querrán desalojarnos. Yo defendí al instituto; dije que vos no te dejarías extorsionar fácilmente por unos chupópteros, y entonces mi interlocutor me pidió un porcentaje de nuestras ganancias a cambio de su silencio. Cuando lo estaba mandando a cagar, la comunicación se ligó con las líneas de la Municipalidad, y una vieja empezó a decirme que los líderes del vecindario han presentado diversas denuncias sobre nuestras actividades: que carecemos de las habilitaciones correspondientes del Ministerio apropiado para educar a los discapacitados, se quejan de explosiones molestas y sospechan que sacrificamos animales inocentes. Luego se refirió a la crianza de salvajes insectos que hieren el ambiente ecológico del barrio y comentó que el garage de don Julián es un criadero de ratas. Si supiera que el hombre sólo cultiva parras para producir vinos efervescentes… No importa. Me la quise sacar de encima arguyendo que eran todas patrañas y se encolerizó, acusándome de insolente, agregando que este era un refugio de malhechores estúpidos, como los que aparecen en los libros de don Pancho. Ahí me cansé y le escupí por los agujeritos del parlante. Le insinué que era un títere de funcionarios corruptos, dispuesta a sobarles el ombligo para conservar su mezquino empleo. Le rogué que se jubilase y colgué el tubo.

Cuatro: Rafael, que fundamentalmente llamó para confesarme su infinito amor. Quiere hablar contigo acerca de un factible atraco al supermercado. Hoy vendrá a las diecinueve horas y cincuenta y dos minutos. Creo que te interesará charlar con él.

Y cinco: Nuñez, el abogado, dijo que se complicará el flujo de dinero. El reverendo Moon ya le confesó que nos retaceará su apoyo. El pretende convertirnos en ovejas satelitales, y que vos vayas a sus haciendas privadas para imbuirte de sus ideas sanas y santas. Dos meses intensos de estudio y meditación junto a sus monjes eunucos, informática aplicada a los lavajes de mentes latinoamericanas, con módulos divididos en países; cursos sobre drogas, incluidos los métodos de curación, distribución local y explotación internacional. Pintado de tal manera, el bimestre promete ser entretenido. Como hablaba con tanto descuido, me costaba un tremendo esfuerzo anotar sus frases. Tuvo que repertímerlas más despacio. Ah, el mensaje ya concluyó.

Gustavo se había sentado a darles los últimos retoques a sus informes. Escaneó unas fotografías de uno de sus gigantescos álbumes de medicina y las mandó a imprimir.

-Es atrayente -dijo, su mano aferrada al mouse.

-¿Vas a decirme que irías? -le preguntó ella.

-¿Por qué no?

-Pensálo vos. No quiero aconsejarte.

-La peor alternativa es recibir un aprendizaje valiosísimo para mis proyectos farmacéuticos y literarios.

-No te fijás el costo, te dejás llevar de las narices por un conocimiento superfluo. Si vas con esa crédula disposición, tu mente será una de las transformadas.

El se levantó y le envió una mirada seria y concentrada.

-Es bastante improbable que vaya. Nosotros nos abasteceremos sin la intervención de potentados mafiosos. Además, te pediría que me acompañaras, y así verías por tí misma los mitos de Moon. Se que la antropología no te resulta indiferente.

-¡Uh, qué romántico! -dijo ella, recibiendo un abrazo de él.

Entonces ingresó Florencia con las pruebas de impresión. Ya andaba sin muletas y su cuerpo redondeado y sensual ganaba protagonismo (su cara seguía fea como siempre). No alcanzó a apreciar los arrumacos que se estaban tendiendo. Su pómulo izquierdo, la única zona cutánea inmune de su faz bajo la cual unos tímidos pigmentos estaban bombeando sangre activamente, se ruborizó al percibir que la preceptora intelectual sostenía su agenda en la mano.

-Veo que ya te enteraste de todo. ¿Respondo alguno? ¿Actúe bien? -le preguntó Florencia a Gustavo.

-Sí, hacé los manejos necesarios para aplacar a los agentes gubernamentales. Llorá y demostrá dolor. Tal vez Cecilia te escriba un discurso.

-¿Estás loco? -preguntó la aludida.

-No, y de alguna forma tienen que servirte tus libros. Sos ingeniosa y bastarán pocas palabras para hacerlos retroceder. Son gente muy asustadiza. Vos reclamaste que deseabas expandir tus responsabilidades. Aquí tenés una nueva: mantener a raya a nuestros recaudadores con versos clásicos. Será un grandioso desafío para vos.

Florencia celebró la ocurrencia de Gustavo y le sacó el papel a Cecilia.

-Ya lo sabés. Tu primera producción debe estar lista a la noche -le dijo a la preceptora.

-Excelente. Ya estaba cansada de que me asignaran el cuidado de los enfermos menos graves, los saludables recompuestos: Valdemar, Andrés, Roxana y todos los que se desenvuelven sin necesidades ni apremios. Vos también, Florencia. Mirate, ya estás libre. Tu agilidad se acrecentará y podrás viajar a Europa con Rafael de luna de miel. Es absurdo consolar a personas bondadosas e íntegras, como proteger a alguien que nos supera en vigor e inteligencia. Me ocuparé de espantar a las hordas de cretinos que vendrán a hostigarnos. ¡Cómo no!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *