Exceso de tequila – Capítulo 28

Los mexicas eran indiferentes a la religiosidad de los teúles. Pasaron varias jornadas sin novedades. El ambiente calmo se desvaneció al descubrir Alonso Yáñes una extravagante puerta encalada en un aposento de Coadlabaca. Sin avisarle a sus dueños, los españoles la abrieron para toparse con un tesoro suculento en chalchiuis y planchas de oro. Cortés mandó encalarla nuevamente y distribuyó entre sus capitanes tejuelos y chucherías. Algunos tenochcas se animaban a azuzar los caballos de la Empresa, otros merodeaban su campamento murmurando desafiantes. Estas bravatas enconaban especialmente a Alvarado, Diego de Ordaz y Gonzalo de Sandoval, quienes salían de madrugada a dispararles.

-Es sólo para asustarlos -se justificaban luego ante el capitán.

Este trío, harto de la situación expuesta de la Armada, pergeñó un plan que fueron a exponerle a Cortés.

-Estos indios son los más mudables que encontramos. Nos regalan muchas cosas pero luego vienen a fastidiarnos. Acuérdate de todas las advertencias de Xicotenga. Si deciden guerrearnos no podríamos escapar. Si quitan los puentes, ¿cómo acudirán nuestros aliados a ayudarnos? -arrancó Ordaz.

-La mitad de nuestros batallones ha enfermado con la comida que nos sirven, deliran y se creen devorados por el Dios de la Guerra espantoso de Moctezuma. Yo mismo he tenido pesadillas que prefiero no recordar -intervino Sandoval.

-Pues bien, ha llegado el momento de darles a conocer nuestro poderío. Secuestremos al blandengue de Mocte. Capturémoslo a toda costa, y así aseguraremos nuestras vidas. No se atreverán a asaltarnos mientras lo tengamos en nuestra mazmorra.

Cortés se echó de espaldas, como sorprendido.

-Pero Pedro, ¿de qué manera o arte lo haremos si siempre está rodeado de guardas musculosos y fieros? Nos combatirían ipso factum a muerte, y nos quintuplican en número -calculó el Jefe-Barbudo.

-Doña Marina lo tiene hechizado. Gárgaras de gozo burbujearon en su tequila cuando ella lo besó por primera vez. Cuentan sus custodios que en sus piletas afrodisíacas él le ladró como un perro feliz. Ella lo entrampará con facilidad. Le dirá con tiento que desea conferenciar con él por un asunto de gravedad impostergable. En el trayecto apareceré con mi batallón y listo. Lo hurtaremos a la vigilancia de sus pajes.

Cortés miro dubitativo a Alvarado. Después sus órbitas oculares apuntaron a su querida lengua. Al sólo verla, sus dudas se esfumaban. Ella ladeó su cabeza como una auténtica señorona española:

-Ya estamos jugados: la guerra comenzará sí o sí, ¿qué otro remedio nos queda? -dijo Malintzin, refocilada en su asiento y contemplando el firmamento.

Dos estrellas se movieron atraídas entre sí. Se cruzaron y transparentaron como un haz de líquidos galácticos de Huitzi. Así los Dioses la impulsaban a actuar.

-¡Oh, mi capitán amado! Ya no temo exagerar nuestro amor ante tus soldados. No oculto los pechos inflados y sus pezones pendientes de tu tacto. Será una pavada para mí. Mañana mismo tenemos que hacerlo. Mira, soy una pobre embarazada pero resisto cualquier crueldad. Los desvergonzados mexicas no traen nuestra comida y lo soportamos, aunque este otro hijito necesita mi panza llena, y como dice el esposo que me inventaste ‘es hora de darle su merecido al pretencioso de Mocte’. Lo avizoré en mi último retiro. Corren vientos adversos a nuestra Empresa y no puedes quedarte de brazos cruzados.

Los autores del plan juramentaron entonces proceder al día siguiente. De madrugada, Olid arribó con dos tlascaltecas que portaban una carta de la Villa Rica. Estaba firmada por un párroco apellidado Nuñez, y su tenor era lóbrego:

    «Estimado capitán Cortés:

                    Unos soldados mexicas nos atacaron y aporrearon al alguacil mayor que dejaste aquí, don Juan de Escalante, hasta mandarlo a otro mundo (tan desfigurado quedó su cráneo que luego les sirvió para realizar cuatro partidos de pelota con aquel balón humano e improvisado). Las calaveras de otros seis soldados ultimados las guisaron en homenaje a Tezcatlipoca. Mataron también a todos los caballos de nuestra compañía, sólo dejaron cinco yeguas vivas que domaron enseguida. Los totonaques que nos protegían se borraron cuando nos sorprendieron los tenochcas. Los sobrevivientes ejecutamos a unos cuantos pero se nos terminó la pólvora. Debimos dispersarnos para que no nos masacraran. Huímos cuatro frailes a la sierra de Cempoal pero nos rechazaron como si fuéramos leprosos. Tu amigo, el Gordo Cuautebana, se negó a cobijarnos. Estamos inmersos en tal desbarate que, a cuenta de las fieras amenazas que se ciernen sobre nosotros, no creo que al leer tú estas líneas, estemos estos servidores de Su Majestad aún con vida. Tuyo, fray Nuñez.

Su nombre borroneado por sangre húmeda testificaba la veracidad de sus dichos. Cortés la había leído en voz alta ante los presentes, y el pesar invadió la sala contagiándoles sus almas; todas habían sido germinadas por un profundo sentimiento vengativo. La pena por las muertes narradas apenas les rozó el corazón durante la micromillonésima parte de un segundo.

Más tarde, Cortés abandonó el pubis de Malintzin para decir:

-Lo agarramos hoy mismo o morimos en el intento.

Y se durmió.

En el palacio de Mocte los capitanes tenochcas que despacharon a Escalante le enseñaban la cabeza decapitada de Argüello al Emperador. Su robustez y grandor, la barba crespa y amarillenta, y sus ojos como cuencas de cristal paralizaron al Brujo-Principal.

-¡Que no la ofrezcan a ningún ídolo mexica! ¡Repartan sus cabezas a caníbales de otros pueblos! Nuestros guerreros no son buenos matadores. ¡He visto cabezas de teúles que superan a este monstruo en hermosura! -ordenó a su grupo-comando de Choques Ultrarreligiosos.

Moctezuma vio un telegrama definitivo que le envió la trujamana telepáticamente.

«Conviene rendición a fin de evitar millones de muertes» -lo captó desde las ondas electro-magnéticas del aire.

En el baño curativo, mientras le masajeaba las tetas, el líder mexica se las mordió.

-¡Ay, me haces daño! -gimió ella.

-Y tú, díme, ¿a quién debo rendirme? ¿A tu culo o a los teúles salvajes que te domesticaron?

-¡Ah, te llegó mi aviso! Pues bien, ahora atiende a este hechizo de «la gran tequecihuata de Castilla (la divina virgen María)». ¡¡¡Caballeros de Santiago, ahoooora!!!

Entraron Cortés y los conspiradores. La perorata de doña Marina fue larga. Le reprochó a Mocte cada una de sus malas jugadas hechas contra los españoles (los sacrificios de Escalante, Argüello y otros teúles, pillajes en los pueblos pacificados de Tabasco y Tlascala, etc.). Al escuchar la entonada y maléfica plática de los Jefes-Barbudos, el Emperador mexica casi se desmaya. Peñate lo resucitó con una sustancia nanacastosa.

-Juro que yo sólo mandé a mis ejércitos que no se envolvieran en disputas con vosotros, ni en las provincias que crees haber salvado del poder terrible de Huitzilopochtli.

Al declamar, las venas de Mocte se hinchaban mucho, su rostro vibraba de pasión. Compenetrado, se sacó de su muñeca izquierda un sello estampado con la imagen de Huitzi.

-¡Esto certifica que no estoy mintiendo! -continuó.

-No me importan sus trucos esotéricos -se adelantó Cortés empuñando su espada. -Ya díle que se pare, que se cubra sus desnudeces y larguémonos de aquí -habló, enarbolando el filo ante la nariz de Moctezuma.

-No comprendo lo que ven mis ojos -repuso rígido el Emperador. -Algo deberé decirles a mis papas cuando me vean salir preso de tus Amos, ¿qué me sugieres, tabasquina traidora? -le inquirió a la lengua.

Aguilar se interpuso y contestó antes que ella:

-Será fácil, Tenépal, convencer al Brujo-Principal, es muy crédulo y ha sido engañado mil veces por las farsantes historias del padre Olmedo. Díle que les diga a sus hechiceros que Huitzi le mandó irse con nosotros para su propio bien y mejoría de salud físico-mental -propuso el traductor.

-Sólo permíteme salir en mis ricas andas -rogó Mocte a la trujamana.

Orteguilla, en el vestuario de las «aguas termales» del Emperador, percibió que la visita de los teúles estaba asumiendo características preocupantes. Además, los extranjeros vociferaban cual demoníacos seres, y él conocía el significado de sus gritos: la antesala de asquerosas matanzas. Alvarado, si no lo contienen Velázquez y Ordaz, lo hubiese agujereado por el ombligo. El paje se encogió y meóse encima. Otro indio que debió resucitar el médico de la Empresa.

En el alojamiento de Coadlabaca, Moctezuma eligió el mejor aposento, alumbrado por teas y velas tenochcas. A Cortés le pidió un favor especial:

-Que no dejen ingresar a mis gallardas esposas. Sólo quiero esclavas, y si existen mujeres en el reino de tu Señor, me encantaría probar alguna.

La sugerencia de don Gerónimo fue propagada en toda la ciudad. Caciques y deudos de Moctezuma acudían al Real a aportar sus tributos y tratar asuntos de gran relevancia. Para su comodidad, se instaló una alberca cercada en el lago de Tezcoco. Veinte Señores, Papas y Consejeros, estaban al servicio del prisionero durante todo el día.

Las sanguinarias ambiciones de Alvarado no se frenaron con la figura atrapada.

-Hay que escarmentar a los mexicas. Los nombres de los adalides, doña Marina, queremos que los cante, ya tenemos preparadas las horcas -le dijo don Pedro a su fingida mujer.

Sin dilapidar más razones, Cortés sentenció a los capitanes en cuestión (los que jugaron al fútbol con la bocha de Escalante) y se ejecutaron con toda tramontana. Entretanto, para evitar probables disturbios de las huestes mexicas, colocó grillos al cogote de Moctezuma. Así se tornaba lastimoso el cautiverio del Emperador, tanto que lloraba varias horas por día. Después de quemados los cuerpos de sus respetados capitanes (Quetzapopoca, Coate y Coatepopoca), se reanudó el trato cordial con el Emperador. Orteguilla lo estaba castellanizando a pasos agigantados. Para sosegarlo, Cortés ordenó a sus capitanes que se quitaran sus cascos y sus espadas ante el taotlani (lo apreciaba como un lobo estima una porción de carne humana).

-Si no os los quitáis, le sobrevienen síncopes y Peñate no cuenta con más raciones de nanacastes -les dijo.

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