Cita a ciegas en La Habana

El es un hombre extranjero, serio, que calza anteojos y usa ropa sencilla. Domina correctamente el español y trabaja en la industria agroquímica. Ella es una mulata clara, bastante más joven que él, estudiante de historia y abierta a las posibilidades que le brinda su ciudad de conocer gente de otros países, con experiencias diferentes, capaces de contarle con sinceridad lo que sucede afuera de Cuba. Un apuesto joven cubano, amigo de ambos, concertó el encuentro, anheloso de que fructificara en algo grande, desde un fugaz enamoramiento a la formación de una familia. En cuanto a su carácter, ambos comparten rasgos comunes: son tímidos, reservados, francos y serenos. En sus respectivos géneros, puede decirse que tienen una belleza simple y natural, estando bien dotados y distribuidos sus kilos.

Conciente de sus dificultades para movilizarse en una ciudad extraña, él acudió temprano al lugar de la cita, la monumental escalinata de la Universidad de La Habana, a dos cuadras de Copelia y el Hotel Habana Libre. Faltaban quince minutos para la hora acordada, por lo que decidió sentarse en la plazuela de enfrente para avizorar el panorama y distinguir la llegada de ella. Aliusca –tal era su nombre-, durante su clase de Historia Antigua entresoñó con una conversación interesante, una velada agradable en alguna confitería elegante, gestos caballerosos y tiernos, un acento idiomático cautivante y dulces besos y caricias, acabando con un largo viaje en avión. David, su amigo del vecindario, le había comentado que el muchacho –ya maduro- provenía de la Argentina. Antes de salir a la calle fue hasta el baño para retocarse el rostro y lucir más sensual.

-¿Y cómo lo reconoceré? –le había preguntado a David.

-Usa espejuelos, es medio gordito, con cara de bonachón.

-¡Ay!, ¿tú crees que saldrá bien el asunto?

-Vamos, mujer, anímate, que es de buena cepa, te lo aseguro.

Mariano se cubría los ojos del sol, divisando el grupo de guardias de la Universidad que recibía una arenga de su jefe. Ya habían pasado dos minutos de la hora estipulada y la escalinata se presentaba bastante desierta. La arenga a los guardias estaba en su punto cúlmine:

-«Aquí los compañeros y compadres no se pueden faltar el respeto. Y al que se corrompa o desobedezca le llegará su castigo.»

Los guardias permanecían firmes, prestando o aparentando suma atención a su superior. Mariano ascendió unos diez escalones y se sentó a esperar. Las únicas personas que merodeaban el lugar eran turistas vivaces y algunos estudiantes desperdigados. Pocos automóviles –la mayoría desvencijados- circulaban por las calles aledañas. El sol jugaba a las escondidas entre los escasos edificios altos de la ciudad. Algunos niños uniformados –salidos de sus escuelas- correteaban contentos, ululando animada y rápidamente. Transcurrieron diez minutos sin alteraciones en el escenario. La urbanidad habanera, pintoresca y pertinaz, se desenvolvía entre jineteras y borrachos, buscavidas y revolucionarios. De pronto, una mulata preciosa apareció en la calle y se acercó a Mariano, quien la miró entusiasmado.

-Discúlpeme, ¿usted sabe dónde es la cátedra de alemán? –le preguntó con una sonrisa dulce y voz cariñosa.

El, con un dejo de frustración, le replicó:

-La verdad es que no tengo la menor idea, no soy de aquí, ¿sabes?

Ella le sonrió y cortesmente dijo:

-Discúlpeme, muchas gracias –dirigiéndose ya hacia una pareja que estaba unos escalones más arriba.

Luego de eso, ya ninguna chica que pudiera ser Aliusca se le acercó. Al final, antes de levantarse para emprender una triste retirada observó que una morocha en minifalda se aproximaba a la escalinata engullendo un perro caliente. A pesar de su débil visión le pareció muy bonita. La joven se detuvo unos segundos a mirarlo pero bruscamente emprendió camino hacia la avenida 23. Estaba todo perdido, el mundo se movía una vez más bajo sus pies. La soledad y la desazón le invadieron la garganta. Mariano comenzó a andar detrás de la morocha comilona. Ella giró varias veces la cabeza para mirarlo. Caminaron dos cuadras de esta manera, ella adelante y él un par de metros detrás, con el llanto contenido en los ojos. Cuando dobló por la 23, ella, mostrándose dubitativa, cruzó la calle y Mariano ingresó en un bar a ahogar la bronca en una fuerte cerveza cubana. Al día siguiente, conversando con David, el amigo común que había concebido el encuentro, cayó en la cuenta de que la divina Aliusca era la chica del perro caliente. Y no se había atrevido a tirarle ni una frase circunstancial… A esta altura de su vida el dolor que le ocasionaban este tipo de hechos era más agudo. Continuaba siendo una absoluta nulidad para el trato con las mujeres. Ni siquiera las diosas negras que le sonreían y lo «relojeaban» con ganas lograban estimularlo.

A la noche Mariano invitó a cenar a un «internacionalista», ex combatiente de Angola, con el que se puso a hablar en la calle. En medio de una plática típica entre un cubano y un extranjero, se les acercó Roberto, de oficio mensajero del Estado, quien se plegó a sus planes. Se contaron muchas cosas –intimidades raras, costumbres de aquí y de allá, miserias propias y ajenas, modos de vivir y sobrevivir-. Eran los cubanos más pobres con los que entabló una relación, a la vez los más sinceros y pedigüeños. Tenían muchos resquemores y pruritos, fruto de años de padecer persecuciones o maltrato de los esbirros del glorioso Estado cubano, en el marco de una realidad paradójica y contradictoria. Le cantaron el estribillo de una canción famosa: «no me regales más nada, si luego me lo vas a cobrar a patadas«.

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