Caín, el que mató a Abel, en la Argentina

La camioneta había sido estacionada con destreza por Egidio enfrente del pool Caín, que anunciaba buena música y campeonatos de pool en la avenida Rivadavia al 14.700. Manuel invitaba a todos sus conocidos a jugar allí, y le gustaba apostar. De hecho, en la planta alta del local funcionaba un casino trucho. Ya el nombre del bar carecía de sutileza: desde el arranque se sabe que cuando uno entra allí estará más cerca del infierno que del paraíso, en términos dantescos. Fue denunciado por ruidos molestos, desmanes en la vía pública y últimamente la violación a la Ley de nocturnidad, que pone límites horarios a los boliches y centros de diversión nocturna.

El boliche estaba bastante concurrido, y en aquel momento en la zona de la entrada se estaba realizando un “karaoke party”. A partir de las doce de la noche comenzaba un campeonato de Bola 8, en el cual Manuel quería inscribirse pero carecía de fondos para ello. Paralelamente, en la pista de baile se iba a celebrar un show de strippers que se paseaban en poses sensuales alrededor de todo el boliche (incluidas las mesas de pool, adonde se trepaban para practicar sus movimientos pélvicos entre un partido y otro, a partir de las semifinales).

Como eximio jugador de pool, Manuel había llevado su propio taco, que era una preciosura, hecho artesanalmente con madera noble, constando de dos partes desmontables, una en forma de flecha, escondiendo una daga en su interior, y la otra, cubierta con un capuchón que protegía la punta de cuero violeta. El taco lo trasladaba en una funda lujosa que parecía esconder un saxo. Cuando lo extrajo los paraguayos quedaron anonadados con su belleza. En verdad era una estrategia que Silva utilizaba para amedrentar a sus eventuales rivales. Alcides titubeó un poco antes de seleccionar un taco que hizo rodar sobre el paño verde para corroborar que no tuviera torceduras. Le puso tiza al taco y esperó a que Manuel acomodara las bolas en el triángulo para el arranque. Los paraguayos se acomodaron en una mesa cercana y pidieron de beber fernet y cerveza. La música del karaoke era espantosa, y se mezclaba con la cumbia de la pista de baile y el rock clásico que sonaba sin cesar en la vitrola contigua a las mesas de pool. Manuel estaba en su salsa, en su rostro se había dibujado una sonrisa sutil y sus ojos brillaban como los de un profeta bienaventurado.

-Va por cien pesos la partida –anunció, buscando la anuencia de su contrincante.

Alcides era esmirriado y un poco cojo, como obrero rudo tenías fuertes manos y brazos sobresalientes. Su visión era óptima y apuntó al centro de la primera bola. Antes de golpear la blanca ensayó dos veces el tiro manejando su taco con cierta elegancia. Su apertura rompió violentamente el triángulo y las dos bolas ubicadas en los vértices salieron disparadas hacia sus respectivas troneras. Al haber ingresado primero una lisa Manuel exclamó:

-Soy rayadas, te voy a dar un baile, papi.

Los paraguayos festejaban las canchereadas y bravuconadas del viejo chileno. A la vez, en sus siguientes tiros Alcides embocó cuatro bolas consecutivas, y comenzó a danzar burlonamente, sin proferir palabras ni responder a las provocaciones de Manuel. Lo cierto es que le quedaban dos bolas y no tenía muchos lanzamientos disponibles, pues las bolas rayadas se habían distribuido obturando el paso de la blanca, y las direcciones de las seis troneras. Intentó una carambola casi imposible que no le salió, e incluso acercó la negra peligrosamente a un rincón donde había muchas bolas de su rival.

-Dejate de joder Manuel, no hablés tanto que después te pueden caer pesadas tus palabras –le dijo Alcides dirigiéndose a la mesa para tomar un trago, satisfecho con su juego.

Silva estudió el paño, recorrió la mesa por sus cuatro lados atisbando el tiro más conveniente. Tenía un par de opciones de fácil realización y a los paraguayos los fastidió su tardanza en la decisión. Para tornar más engorrosa la espera recogía tiza con su taco en forma parsimoniosa, evaluando que la punta estuviera bien redondeada (en verdad levemente esférica) para que el lanzamiento fuera perfecto. Pasaron diez minutos hasta que se agachó, hizo un puentecito con su mano izquierda y con la derecha golpeó la bola blanca logrando embocar dos bolas rayadas tras varios rebotes en las bandas, siendo el suyo un tiro de mediana velocidad. Manuel miró a su auditorio aguardando un aplauso pero uno de los paraguayos exclamó:

-Qué culo que tenés Manuel, nunca vi tanto tarro junto.

-Más vale que el próximo tiro lo hagás rápido porque si no me voy a la disco a buscar una hembra –le advirtió Alcides.

Manuel asintió con la cabeza y mientras preparaba su próxima ejecución –porque para él el taco era un instrumento, aún más, era una mujer delicada a punto de hacer el amor- les dio tiempo a sus amigos para que avistasen los cuerpos de las mozas ligeras de ropa que atendían a los jugadores de pool, ya fueran o no profesionales. El único que vio el maravilloso tiro fue Alcides, que se agarró la cabeza con ambas manos, con los ojos clavados en las troneras por donde habían caído dos rayadas, rozando luego la blanca sutilmente a la bola ocho para acercarla a otra rayada, lo que le facilitaría el remate del juego.

-¡Qué bárbaro! La verdad que sos un maestro, ¿por qué no te dedicás a esto? –preguntó el paraguayo alzado.

Silva encendió un cigarrillo negro y fue corriendo a la mesa a atender un llamado de su celular.

-¡Un momento! –solicitó.

Tras revisar la pantalla durante dos minutos intentó llamar a su novia infructuosamente. Los paraguayos se dispersaron por los distintos niveles de Caín: dos visitaron el casino, otros dos participaron del karaoke y un tercer par fue a la pista de baile, a la conquista de unas jóvenes que estaban perreando desatadas. Alcides lo aguantó impaciente, todavía guardaba la esperanza de que los dos tiros magistrales que había realizado Manuel eran obra de la casualidad. Manuel tomó su vaso de cerveza, apagó el cigarrillo y retornó a la mesa.

-Disculpame, creí que era una de mis chichis pero era una falsa alarma. ¿Y tus compañeros?

-Están recorriendo el boliche, es la primera vez que venimos. Quieren conocer, ¿vos viste las mujeres que hay aquí? Y hay un par que son jugadores viejos, esos se fueron al casino. Los otros andan por ahí relojeando el ambiente. De hecho, Carlos Alberto se está parlando una moza.

Manuel miró alrededor pero fuera de la mesa todo estaba bastante oscuro y la música a un volumen sensacional. Igual advirtió que el habla de Alcides se había aporteñado. Le daba mucha bronca que los paraguayos se fueran y desatendieran el juego, aún reconociendo que parte de la responsabilidad era suya por haber corrido atender a esa mujer que lo estaba manejando como a un monigote. Su exhibición de jugador dotado y avezado no los había asombrado lo suficiente. Y recién iba por su tercer tiro. Cosideró la situación, levantó la cabeza y se dirigió a Alcides:

-Ahora esperemos a que vuelvan, tomemos tranquilos la cerveza.

El paraguayo se resistió pero se puso en el lugar de Manuel y le dio lástima. El viejo se merecía un reconocimiento. Era un hombre bueno y de fierro, siempre atento a la vida y necesidades de sus compañeros, desinteresado como pocos.

-Bueno, esperame que los voy a buscar.

Manuel encendió otro cigarrillo y se sentó solo. Tomó su celular e intentó llamar de nuevo a la chichi y fracasó otra vez en su intento. Tenía poca plata en el bolsillo pero el partido de pool estaba ganado, ya tenía pensado los tiros de la victoria. Llamó a la moza y le pidió un sandwich de milanesa completo. Al hacerle el pedido le dijo varios piropos románticos que divirtieron a la joven, ya que tenían una ternura particular. No eran las típicas guaranguadas de los viejos verdes que solían acosarla. Tampoco le miraba el culo y las tetas de manera perversa. La facha de hombre curtido contribuía al encanto de Manuel ante los ojos de la moza. Además, ella había visto la segunda jugada y su pericia la había cautivado. Así que respondió con una amplia sonrisa:

-Enseguida te lo traigo, ¿lo querés con mayonesa?

-Sí, preparámelo como a vos te guste.

-Sí, cariño, ¿algo más?

-Por ahora eso, hermosa.

Transcurrieron quince minutos hasta que Alcides logró reunir a la banda. Los muchachos del casino habían tenido tiempo de jugar una bola a chance y ganaron cien pesos cada uno, los del karaoke habían cantado una canción a dúo de Rodrigo y los de la pista de baile no habían conquistado aún a ninguna “perra”. Al aproximarse a la mesa, ninguno hizo un comentario sobre la suspensión de la partida. Se acomodaron en las mismas sillas de antes y atisbaron el paño para estudiar la situación. Manuel se aprestó a lanzar, cerró su ojo izquierdo y su taco pegó suavemente a la bola blanca, logrando una comba y un efecto cuyo resultado fue un tercer doblete, con lo cual las últimas dos bolas rayadas fueron a descansar a las entrañas de la mesa. Los paraguayos se percataron de que no era el azar ni un evento fortuito: el viejo chileno era un auténtico maestro del pool. Enseguida, Silva remató el partido embocando la bola negra por el agujero que se había tragado la última rayada, en un tiro que presentaba bastante facilidad. Alcides le dio la mano y los cien pesos, y los paraguayos se comportaron respetuosamente, felicitándolo a Manuel y azuzándolo para que se inscribiera en el campeonato.

-¿Ninguno quiere jugar conmigo, para practicar? –inquirió el veterano.

Sus amigos respondieron con silencio. Alcides intentó justificarlos:

-Con lo que vimos ya es suficiente. Estos ni conocen las reglas.

En ese instante Manuel vio que se acercaba la moza con su sandwich. Se había cambiado la remera por otra más ajustada, se había mojado el pelo y pintado los labios, lo que entusiasmó sobradamente al ganador de la partida, que se desplazó ágilmente a su mesa. Cuando ella apoyó el plato contemplándolo con una amplia sonrisa y un rastro de lujuria en sus ojos, él le preguntó:

-¿Viste cómo lo rematé?

-¡Ay! Me lo perdí, papi, pero seguro vas a seguir jugando –dijo, guiñándole un ojo y rozándole delicadamente el hombro con sus finos dedos.

Luego depositó el plato con el sandwhic en la mesa y añadió.

-Lo que sí, amorcito, te voy a pedir que me lo pagues ahora. Vos viste lo que es el movimiento aquí.

De inmediato Manuel le dio los cien pesos. Ella se puso la mano en los bolsillos del pantalón, como si estuviese buscando el vuelto. También hurgó dentro de su corpiño, tonteando en forma evidente. Estos gestos enardecieron a Manuel, que embistió como un preso condenado al onanismo.

-No te preocupes, con que después aceptes bailar conmigo e ir a tomar unos tragos a casa, allá la podemos pasar muy bien los dos solitos… -le susurró en un tono dulzón.

-Cómo no, mi amor, pero vas a tener que esperar hasta las seis de la mañana, que es la hora en que termina mi turno.

-Yo te espero hasta las puertas del cielo, y te las abro aunque estén cerradas con candado.

-¡Aay! –suspiró la moza.

¿Cómo te llamás? –arremetió Silva.

-Pamela.

-Me gusta, es un nombre musical.

A la moza nunca le habían dicho cosas parecidas. Manuel era un poeta en carne y hueso, el primero que conocía en su vida. Y además eximio jugador de pool. Esperó a que probara la milanesa. El hincó fuerte el pan, la victoria sobre Alcides y el flirteo con Pamela le abrieron un apetito infernal.

-¿Está rico? La hice con una carne y un aceite especial, extra virgen.

-Está espectacular, mi amor, si preparás milanesas así ya te estoy pidiendo casamiento –contestó Manuel antes de comerse el sandwich de milanesa en menos de dos minutos, a grandes bocados, dudando de la virginidad de la moza.

De pronto, la música se detuvo y el anunciador de Caín avisó que faltaban dos minutos para que se cerrara la inscripción al torneo de Bola 8. Alcides y sus amigos se pararon y se acercaron a la mesa donde Manuel acababa su milanesa ante la mirada maternal de Pamela. Eran conscientes de que estaban estorbando el levante de Silva pero la moza compartía su inquietud. Fue ella quien volvió a acariciar a Manuel y le dijo:

-¿Y, no te vas a inscribir?

Silva la observó asombrado, sin saber cómo expresar su regocijo. Pero cayó en la cuenta de que le faltaba el dinero. Entonces los paraguayos que habían triunfado en la ruleta le ofrecieron financiarlo. Carlos Alberto le entregó el dinero y le dijo:

-Ya sabés, si ganás nos das la mitad del premio.

Manuel titubeó por unos segundos. Recordó que Pamela no le había dado el vuelto de la milanesa. Si le pedía el dinero quedaba como un ratón, como un egoísta incapaz de compartir sus éxitos. Las cosas se estaba desarrollando muy favorablemente hasta el momento. Caín le estaba regalando una oportunidad para levantar cabeza. Qué importaban unos pesos más o menos, cuando estaba rodeado de amigos, una mina espectacular y pronto a competir en su juego preferido. Tras razonar de esa manera aceptó el dinero y fue corriendo hasta la cabina, llegando en el último minuto para inscribirse, cerrando Manuel la lista de 32 participantes, a eliminación simple.

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