La muerte de un veterano marine (I)

La última vez que vi a Slater, sabía que algo andaba mal. Yo comí mi cena. El bebió la suya. Era la noche del Día de Acción de Gracias, y él había atravesado un infierno. Una pierna rota. Una nariz quebrada. Dolores de espalda constantes. Arrestado por policías de SWAT luego de disparar una escopeta en su casa, creyendo que lo iban a robar. Rehabilitación. Prisión. Desalojo.

A pesar de todo esto, Slater parecía calmo. Demasiado calmo. Y comencé a preocuparme. Luego de nuestra cena a fines de 2019, Slater me pidió que acudiera a su próxima audiencia ante la corte. Le prometí que lo haría. Y luego él hizo algo inesperado: me abrazó. Al principio, lo tomé como un gesto de amistad. Más tarde, me dicuenta de que significaba mucho más.

La primera vez que lo vi a Slater fue cuando estaba haciendo un guión y necesitaba lograr un diálogo que sonara auténtico de alguien que ha estado en combate. Slater parecía ideal, pero luego de dos giras en Irak con los marineas, tenía una historia personal tan atrapante para contar que puse a un lado mi guión e hice un perfil de su figura.

En este primer encuentro, el me metió un miedo infernal, con su porte gigantesco y ostentosos tatuajes. Portador de brazos del tamaño de Popeye y un corte de pelo al ras, poseía un natural estrabismo feroz. El apodo de Slater, puesto por su aspecto intimidante, era “Oso”. Pero las apariencias eran engañosas. Era elocuente, de voz suave y autocrítico. Dentro de su casa me introdujo a sus dos bulldogs franceses, Beaux y Daisy, que me ahogaron con besos sordos, húmedos. Un frasco de cogollos de marihuana y una pipa industrial se sentaban en su mesa de café con tope de vidrio.

“Es la única cosa que me mantiene calmo” dijo él.

A los 18 se alistó en los marines porque era el más rudo de todos los servicios. Dado que su nombre completo era Christian Slater, igual al del actor, su nombre de llamado en el campo era “Hollywood”. Por otro lado, todos lo llamaban Slater.

En su primer viaje a Irak, Slater estuvo en la unidad NBC, buscando armas nucleares, biológicas y químicas. En su segundo viaje, estuvo en Asuntos mortuorios. El nombre era un eufemismo. Ese era el detalle de que recogía los cuerpos –y las partes de cuerpos-. Aún cuando los restos de alguno fueran invisibles, los marines se juramentaron devolver cada pedazo de él a su familia, conservándolos con el lema “Ningún marine será abandonado”, que ellos invocaron con bolsas de arena encima de su bunker en la base aérea deAl-Taqqadam en el centro del país.

Slater y otros 20 marines se habían preparado para su misión observando videos de bombardeos suicidas y choques de aviones. Ellos recogieron pelotas de ping-ong coloridas y  trozos de carne cruda, ambos para simular partes del cuerpo, y metódicamente las esparcían alrededor de los terrenos, luego los inventariaban en diagramas de cuerpos humanos.

Una veterana suboficial les dijo que su misión en Irak sería la más honorable que un marine podía realizar.. Pero ella fue cauta “nada de lo que te digamos en clase te preparará para lo que será la disputa en el terreno. Absolutamente nada”. Sus palabras probaron ser proféticas. Antes en Irak, mientras Slater apuntalaba a un estadounidense asesinado para que otros pudieran tomarle huellas digitales y revisar heridas de salida, el cerebro del hombre se desbandó de su cráneo. La mayoría de los otros marines se lanzaron afuera del bunker para vomitar, pero Slater sostuvo su posición.

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