Y entonces hoy

Y entonces hoy lo dejan afuera, el muchacho cuyo nombre nadie sabe, el macho privado, el soldado desconocido, la bola de masa hervida que cavó debajo y murió cuando le dijeron, ese es él.

Los conductores van hoy por la avenida Pennsylvania, hombres y muchachos cabalgando caballos, rosas en sus dientes, tallos de rosas, hojas oscuras de rosa, la línea del verde termina en el destello de una rosa roja.

Esqueletos de hombres y muchachos cabalgando esqueletos de caballos, los huesos de la costilla brillan, los huesos de la costilla se curvan, un hueso de la mandíbula corre con una larga y blanca inclinación, una cúpula de cráneo corre con un largo arco blanco, triángulos de hueso chasquean y traquetean, codos, tobillos, inclinaciones de línea blanca, brillando al sol, pasada la Casa Blanca, pasado el Edificio del Tesoro, Edificios de la Armada y Ejército, y hacia la mística cúpula blanca del Capitolio, así van ellos hoy por la avenida Pennsylvania, esqueletos de hombres y muchachos cabalgando esqueletos de caballos, tallos de rosas en sus dientes, hojas oscuras de rosa ante sus blancas mandíbulas inclinadas, y una risa de caballo pregunta a relinchos y relinchos, gime con un silbido de dientes de cabeza de caballo: ¿Por qué?, ¿quién?, ¿dónde?
(‘El gran pez come el pez pequeño, el pez pequeño come camarones y los camarones comen barro’ dijo un hombre cadavérico, con un paraguas negro, manchado con puntos de polka blanca, con un oído perdido, con pies y brazos perdidos, con una vaina faltante de músculos cantando a las fajas plateadas del sol.)
Y entonces hoy, ellos lo dejaron afuera, el muchacho cuyo nombre nadie sabe, el macho privado, el soldado desconocido, la bola de masa hervida que cavó debajo y murió cuando le dijeron que lo hiciera, ese es él.
Si él se escoge a sí mismo y dijera ‘estoy preparado para morir’, si él diera su nombre y dijera ‘mi país, llévame’, entonces las canastas de rosas hoy son para el Muchacho, las flores, las canciones, los silbidos de barco, las proclamaciones de los honorables oradores, son todas para el muchacho, ese es él.
Si el gobierno de la República lo recogiera diciendo ‘Eres querido, tu país te toma’, si la República pusiera un estetoscopio en su corazón y mirara a sus dientes y probara sus ojos y dijera ‘Eres un ciudadano de la República y un sonido animal en todas partes y funciones, la República te toma’, entonces hoy las canastas de flores son todas para la República, las rosas, las canciones, los silbatos del barco, las proclamaciones de los honorables oradores, todos son para la República.

Y entonces hoy, ellos lo dejaron afuera, y una comprensión anda, su largo sueño debería ser bajo brazos y arcos cerca de la cúpula del Capitolio, hay una autorización, debería tener compañeros de tumba, los presidentes mártires de la República, el macho privado, el soldado desconocido, ese es él. El hombre que fue comandante de guerra de los ejércitos de la República conduce por la avenida Pennsylvania, el hombre que es comandante de paz de los ejércitos de la República conduce por la avenida Pennsylvania, por el bien del Muchacho, por el bien de la República.

(Y las pezuñas de los esqueletos de caballos, tamborilean todas suave en el asfalto, tan suave es el tamborileo, tan suave el rodar y llamar de los sargentos sonrientes llamando para marchar, tan suave es todo, un hombre de cámara murmura ‘Brillo de luna’).
Miren, quién saluda al ataúd, deja una corona de recuerdo en la caja donde un macho privado duerme un sueño seco, limpio al final, miren, es el general de más elevado rango de los oficiales de los ejércitos de la República.

(Entre rincones de palomas de la Librería del Congreso, ellos archivan documentos calladamente, casualmente, todo en un trabajo de un día, este documento humano, el macho privado cuyo nombre nadie conoce, ellos lo archivan afuera en granito y acero, con música y rosas, saludos, proclamaciones de los honorables oradores.)
A través del país, entre dos orillas de océano, donde las ciudades se aferran a vías férreas y rutas de agua, allí gente y caballos en las pistas de rueda, los rostros en cruces de calles brillan con un silencio de huevos dejados en una fila sobre un estante de la despensa, entre las vías y caminos del flujo de rostros de la República viene a una detención, el conteo de sesenta tics de reloj, en el nombre del Muchacho, en el nombre de la República.
(Un millón de rostros a miles de millas desde la avenida Pennsylvania permanecen congelados con una mirada, un tic de reloj, un momento, esqueletos de jinetes sobre esqueletos de caballos, el caballo alto que relincha se ríe, el relincho y el aullido suben por la avenida Pennsylvania: ¿Quién?, ¿por qué?, ¿dónde?)
(Entonces la gente lejos del asfalto para trotar por la avenida pensilvania mira, se asombra, murmura, los fantasmas de mandíbula blanca cabalgando, cabalgan hi-eeee, hi-eeee, hi-yi, hi-yi, hi-eeee-, las proclamaciones de los honorables oradores se mezclan con los sargentos principales silbando el pase de lista.)
Si cuando los tics de reloj contaron sesenta, cuando los latidos del corazón de la República vinieron a detenerse por un minuto, si el Muchacho se hubiese sentado, si ocurrió que se sentara como Lázaro se sentó, en la historia, entonces el primer lenguaje estremecido que cayó de su boca debió haber venido como ‘Gracias, Dios’ o ‘¿Estoy soñando?’ o ‘¿Qué mierda’ o ‘¿cuándo comemos?’ o ‘Mátenlos, mátenlos, a los…’ o ¿Eso fue… una rata… corriendo sobre mi cara?’ o ‘Por el amor de Cristo, dénme agua, dénme agua’, o ‘Blub blub, bloo bloo….’  o cualesquiera burbujas de golpe de concha farfullado desde los tajos de la Tierra de Ningún Hombre.
Quizás algún compañero sepa, alguna hermana, madre, novia, quizá alguna muchacha que se sentó con él una vez cuando una luna plateada de dos cuernos se deslizó sobre el borde del techo de una casa, y prometió vivir en el aire de la noche, cuando el aire estuvo lleno de promesas, cuando cualquier pequeño deslizamiento de zapato amoroso podría recoger una promesa en el aire.

‘Aliméntenlos a ellos, ellos lo lamen, toro… toro… toro’, dijo un cámara de noticias, dijo un corresponsal del diario de Washington, dijo un manipulador de equipaje cortando un tronco, dijo un malabarista de vodevil de dos días, dijo un pañuelo vendiendo chaquetas.
‘Tontería, ellos lo lamen’ dijo la tribu. Y un jugador de pelota alto con una cicatriz en la jeta, jugó como un jugador de pelota, hizo un discurso propio para el muchacho héroe, envió un oído absoluto de los suyos al macho privado muerto: ‘Está todo seguro ahora, compañero, seguro cuando dices sí, seguro por el sí, hombres’.

El era un alto batallador con cicatriz en la cara, con su rostro en un periódico leyendo avisos de empleo, leyendo bromas, leyendo amor, crimen, política, saltando de bromas de regreso a los avisos de empleo, leyendo primero estos avisos y último también, las letras de la palabra ‘empleo’, e-m-p-l-e-o, ardía como un trago de licor de contrabando en los huesos de su cabeza, en el deseo de sus ojos de cara marcada.

Los honorables oradores, siempre los honorables oradores, abotonando sus botones en sus  trajes, pronunciando las sílabas ‘sa-cri-fi-cio’, haciendo malabares con aquellas amargas sílabas empapadas de sal, ¿alguna vez se ahogaron con cenizas calientes en sus bocas? ¿sus lenguas siempre se marchitan con un dolor de fuego a través de aquellas simples sílabas ‘sa-cri-fi-cio’?
(Había un orador que la gente vio de lejos. El tenía una camisa de yute sobre sus huesos, y él levantó una cuenca del codo sobre su cabeza, y él levanto la señal de un dedo delgado. Y él no tenía nada para decir, nada fácil, mencionó a diez millones de hombres, los mencionó como si se hubiesen ido al oeste, los mencionó como empujando las margaritas, podríamos escribirlo todo sobre un sello postal, lo que él dijo. Lo dijo y abandonó y se desvaenció, una camisa de yute sobre sus huesos.)
Estrellas del cielo nocturno, ¿han visto desvanecerse a aquel fantasma, han visto a aquellos jinetes fantasma, esqueletos de jinetes sobre esqueletos de caballos, tallos de rosas en sus dientes, hojas de rosa roja en las inclinaciones de sus mandíbulas blancas, sonriendo a lo largo de la avenida Pennsylvania, los sargentos principales llamando a los pases de lista, ¿sus caballos relincharon a un caballo que ríe? ¿los fantasmas de los batallones huesudos se movieron afuera y adentro del Mississippi, el Missouri, el río Rojo, y abajo en el Rio Grande, y en el Yazoo, sobre el Chattahoochee y arriba el Rappahannock? ¿los han visto, estrellas del cielo nocturno?
Y entonces hoy, lo dejaron afuera, al muchacho cuyo nombre nadie conoce, lo dejaron afuera en granito y acero, con música y rosas, bajo una bandera, bajo un cielo de promesas.

 

Carl Sandburg, traducido por HM

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