Noticias catastróficas se celebran en Wall Street

El imperio o el mainstream dicen: “No miren para arriba”, cómicamente, desnudando la porquería y la vorágine de cochinadas y obscenidades perpetradas por una casta de plutócratas y sus empresas gigantes de la alimentación y la tecnología, difundiendo el espectáculo ante la morbosa complacencia de las vastas audiencias televisivas, podridas de la pandemia y anhelantes de mirar para adelante. El problema es que conforman masas inmovilazadas que no van a jaquear a los gobernantes, sino que están concentrados en recibir daños mínimos, sentirse a salvo de la delincuencia y aprovechar las dádivas o prebendas que puedan ofrecer autoridades estatales de todos los niveles.

De otro modo no se explica que los accionistas estén eufóricos, y que los bonistas continúen exprimiendo deudas tan ilícitas como infames. “Pagar hay que pagar” es el lema de los timberos, las reglas de su juego predilecto, estafador y usurario. Esta peste apenas se les pega, firman contratos para contagiarse, vacunarse y sentirse en la onda de omicron o delta, o deltacron. Los laboratorios apuestan ahora a pastillas más efectivas que el viagra. El coronavirus va a ser una cuestión de debiluchos, y el mundo reconocerá el carácter visionario de Bolsonaro y su “es una gripezinha”.

Los paraísos fiscales continúan funcionando a todo motor, acaparando más ganancias para los ricos, asegurando más hambre y devastación para los pobres. Las criptomonedas se usan, tragan y minan como ilusiones de plata. El oro sigue siendo la recomendación de los entendidos en metales. Ahora hay algunos que tienen depósitos de tierras raras o que se ganan la vida traficando microbios. Todo lo permite “el libre comercio” y el “culto al dinero”, todo por un estándar de vida lleno de agua y energía eléctrica a disposición, trucos químicos para evanescerse a la hora de sondear el alma propia.

Sombras de guerra interna con el episodio del asalto al Congreso, menos aclarado que chanchullo macrista,  la inepcia y gerontocracia de Biden le despeja el camino a los stakeholders, a la vasta porción de clases mierdas que aspiran a ganar su primer millón. Hasta el capitalismo chino no aprendió la lección de Evergrande, y persiste obcecado en su carrera de compra de deudas, empresas y territorios, haciendo de China un ejemplo de capitalismo sensato, peligrosísimo para los obreros de todo rubro y especie.

Los aspectos prolijos del sistema acaban asqueando. ¿Qué es eso de las guerras en Africa y Medio Oriente?, ¿a qué se debe el bloqueo económico a Cuba?, ¿cómo se puede concebir que perduren semejantes atrocidades?, ¿por qué se imponen el mal y la estupidez en todos lados?, ¿con qué probidad moral Estados Unidos pretende encarcelar a Julian Assange? Ello sí se dan el lujo de sancionar económicamente a quienes se les antoja, por amagar siquiera cierta simpatía por Putin o Erdogan.

En este contexto, el líder norcoreano es la esperanza de Maldita Realidad. Ya no le ponemos expectativas a Lula: del progresismo latinoamericano quedó una cuarta transformación más trunca que presidente ecuatoriano baldado. De esa mescolanza chavista no se logró retener ni el estado de Barinas. Maduro se puso duro y quiere restaurar su país cuando ya está más desprestigiado que Saddam Hussein. Todos los campos y asuntos publicitarios –con sus medios de comunicación incluidos- están en poder del aparato de propaganda estadounidense, que logra fácilmente vencer en cuantiosas batallas ideológicas.

El escenario espantoso no nos arredra. Los misiles hipersónicos de Kim-Jong-Un, quien ya cuenta con el primer desertor coreano del sur al norte, pueden ser la sorpresa de un 2022 que, de concretarse sus amenazas, traerá una cuota de reparación a un planeta tan agredido y contaminado por la tóxica cultura yanqui.

 

por Alvaro Correa

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