Sí, los muertos nos hablan

Sí, los muertos nos hablan. Este pueblo pertenece a los muertos, a los muertos y al desierto.
En el revés de las abrazaderas de una puerta a prueba de fuego ellos guardan los papeles de los muertos en una casa aquí, y cuando caen dos hombres vivientes, cuando uno dice que los muertos dijeron un Sí, y el otro dice que los muertos dijeron un No, entonces van luego juntos a esta casa. Ellos sueltan las abrazaderas y tiran de los pestillos y prueban sus llaves y maldicen a las cerraduras y los números de combinación. Porque los dientes de las ratas están trancados y las lenguas de las polillas están prohibidas y el sol y el aire del viento no es deseado. Ello abren una caja donde una hoja de papel se estremece, tiembla en un rincón polvoriento con las secas gotas de tinta de los muertos, los nombres firmados. Aquí la tinta testifica, aquí encontramos el “así dicen”, aquí aprendemos el diseño, ahora sabemos a dónde pertenecen las granjas y ciudades. Hombres blancos muertos y hombres rojos muertos se probaron mutuamente con disparos y cuchillos: retorcieron mutuamente sus cuellos: la tierra fue suya si la tomaron y la conservaron.
¿Cómo están las cabezas donde se filtra la lluvia, los nudillos lavados por la lluvia en tierra y gumbo?
Donde las hojas de papel se estremecen, atrás de los pestillos y picaportes, atrás de las abrazaderas a prueba de fuego, ellos leen lo que los dedos garabatearon, a quién pertenece la tierra ahora –aquí está provisto, aquí está estipulado-, la tierra y todos sus accesorios aquí y todos los depósitos de petróleo y oro, y carbón y plata, y todos los bolsillos y todos los filones y repositorios de grava y diamantes, estiércol y permanganeso, y todos los tréboles y abejorros, todas las hierbas azules, pequeños hierbajos, raíces del césped, brotes de agua corriente o ríos o lagos o altos árboles esparciéndose o arbustos de avellano o zumaque, o ramas de manzano espinoso, o elevado en el aire el nido del pájaro con huevos manchados de azul sacudidos en el viento rugiente de la cima de los árboles, así está garabateado aquí “Yo dirijo y concibo así y entonces, y tal cosa y tal otra”, y ésta es la última palabra. No hay nada más para eso.

En una chabola en el desierto, se sientan fantasmas del mañana, esperando para ir y venir, para hacer su trabajo. Ellos entrarán a la casa de los muertos y tomarán las hojas de papel temblorosas y harán una fogata y bailarán una danza del hombre muerto sobre el crujiente silbido. En una jerga que poseen los bailarines del desierto escribirán un ensayo para que los vivientes lean y firmen: los muertos necesitan paz, los muertos necesitan sueño, dejen que los muertos tengan paz y sueño, dejen que los papeles de los muertos, que arreglan las vidas de los vivientes, dejen que sean un silbido crujiente y cenizas, dejen que los hombres jóvenes y las jóvenes mujeres entiendan por siempre que estamos de paso y ya no tomaremos el “dicen eso” de los muertos, dejen que los muertos tengan honor de nosotros con nuestros pensamientos sobre ellos y nuestros pensamientos de la tierra y todos sus accesorios aquí y todos los depósitos de petróleo y oro, y carbón y plata, y todos los filones y repositorios de grava y diamantes, estiércol y permanganeso, y todos los tréboles y abejorros, todas las hierbas azules, los hierbajos y raíces de césped, brotes de agua corriente o ríos o lagos o altos árboles esparciéndose, o zumaque o ramas de manzano espinoso, o elevado en el aire el nido del pájaro con huevos manchados de azul en el viento rugiente de la cima de los árboles.

Y así, es una cabaña de fantasmas, una inclinada que ellos tienen en el desierto, y ellos están esperando y han aprendido extrañas canciones sobre cuán fácil es esperar y cómo nada viene a aquellos que esperan lo suficiente, y cómo más que todo, es fácil esperar la muerte, y esperando, sueñan con nuevas ciudades.

traducción: Hugo Müller

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