Pradera

Yo nací en la pradera y en la leche de su trigo, el rojo de su trébol, los ojos de sus mujeres, me dieron una canción y un slogan.

Aquí el agua corre río abajo, los icebergs se deslizan con grava, las brechas y los valles silbaron y vino la marga negra, y la marga arenosa amarilla. Aquí, entre los cobertizos de las Montañas Rocosas y los Apalaches, aquí ahora una estrella matutina fija una señal de fuego sobre las exposiciones de madera y pasturas de vaca, el cinturón de maíz, el cinturón de algodón, los ranchos de ganado. Aquí los gansos grises van a quinientas millas y vuelven con un viento bajo sus alas graznando el grito por un nuevo hogar. Aquí sé que anhelaré luego tan poco como una sonrisa más o un cielo de luna de fuego doblado a una luna de río de agua. La pradera me canta en la mañana y sé que en la noche descanso cómodo en los brazos de la pradera, en el corazón de la pradera…

Luego del ardiente sol del día, manejando una horca en un pajar, luego de los huevos y la galleta y café, las pilas de heno gris perlado en el crepúsculo son frescas oraciones para las manos de cosecha.

En la ciudad entre los muros el tren de pasajeros sobre tierra está sofocado y los pistones silban y las ruedas maldicen. En la pradera la tierra revolotea sobre ruedas fantasma y el cielo y el suelo entre ellos amortiguan los pistones y animan a las ruedas…

Yo estoy aquí cuando las ciudades se han ido. Yo estoy aquí antes de que las ciudades vengan. Yo nutrí hombres solitarios sobre caballos. Yo mantendré a los hombres riendo que cabalgan hierro. Yo soy polvo de hombres. El agua corriente balbuceó al ciervo, la cola de algodón, la ardilla. Ustedes vinieron en vagones, haciendo calles y escuelas, parientes del hacha y rifle, parientes del arado y caballo, cantando Yankee Doodle, Old Dan Tucker, Turkey in the Straw, ustedes en gorro de piel de mapache en la puerta de una casa de troncos escuchando aullar a un lobo solitario, ustedes en la puerta de una casa de césped leyendo las ventiscas y chinooks sueltos desde Medicine Hat, yo soy polvo de su polvo, como soy hermano y madre a los rostros de cobre, el trabajador en pedernal y arcilla, las mujeres cantantes y sus hijos hace mil años marchando en una sola fila la madera y el llano.
Yo sostengo el polvo de aquellas estrellas cambiantes del medio. Yo demoro mientras viejas guerras son peleadas, mientras la paz cría como madre, mientras emergen nuevas guerras y frescas matanzas de hombres jóvenes. Yo alimenté a los muchachos que fueron a Francia en grandiosos días oscuros.
Appomattox es una bella palabra para mí e igual es Valley Forge y el Marne y Verdún, yo que he visto los nacimientos rojos y las muertes rojas de hijos e hijas, tomo la paz o la guerra, no digo nada y espero.
¿Han visto un goteo de rojo atardecer sobre uno de mis campos de maíz, la orilla de estrellas nocturnas, las líneas onduladas de amanecer encima de un valle de trigo? ¿Han escuchado a mis cuadrillas de trilla gritando en el bagazo de una pila de heno y el trigo correr del trigo de los vagones, mis descascaradoras, mis manos de cosecha acarreando cultivos, cantando sueños de mujeres, mundos, horizontes?….

Ríos cortan un camino sobre tierras planas. Las montañas se levantan. Los océanos de sal presionan y empujan sobre las líneas de costa. El sol, el viento, traen lluvia, y yo sé lo que el arcoiris escribe a través del este u oeste en un semicírculo: una promesa de carta de amor que vendrá nuevamente… Pueblos en el Soo Line, pueblos en el Big Muddy, se ríen el uno del otro por cachorros y molestan como niños.

Omaha y Kansas City, Minneapolis y St. Paul, hermanas en una casa juntas, lanzando jerga, creciendo. Pueblos en los Ozarks, pueblos de trigo de Dakota, Wichita, Peoria, Buffalo, hermanas lanzando jerga, creciendo…

De la hierba marrón de la pradera cruzada con una serpentina de humo de cabaña –de una columna de humo, una promesa azul, de los patos salvajes tejidos en verdes y púrpuras-, aquí vi una ciudad levantarse y decir a las gentes alrededor del mundo: Escuchen, soy fuerte, sé lo que quiero.
De las casas y tocones de troncos, canoas despojadas desde los costados de los árboles –botes llanos mimados con un hacha de las exposiciones de madera, en los años cuando los hombres rojos y blancos se encontraron, se levantaron casas y calles.
Mil hombres rojos lloraron y se fueron a nuevos lugares por maíz y mujeres: un millón de hombres blancos vinieron y pusieron rascacielos, lanzaron rieles y cables, antenas al mar salado: ahora las chimeneas muerden la línea del cielo con dientes cortos.

En un año temprano el llamado de un pato salvaje tejido en verdes y púrpuras: ahora la charla del remachador, la patrulla de policía,  el silbato-canción del buque.
A un hombre a través de miles de años ofrezco un sacudón de manos. Yo le digo: Hermano, haz breve la historia, porque la estirada de mil años es breve…

¿Qué hermanos, aquellos en la oscuridad? ¿Qué aleros de rascacielos contra una luna de humo? Aquellas chimeneas temblando en las chozas de madera cuando los botes de carbón aran sobre el río, los encorvados hombros de los elevadores de grano, las ruedas dentadas de las fábricas de láminas de acero y los hombres en los molinillos rodando con sus camisas afuera, jugando sus brazos de carne contra las torcidas muñecas de acero: ¿Qué hermanos esos en la oscuridad de mil años?… Una luz delantera busca una tormenta de nieve. Un embudo de luz blanca dispara desde encima del piloto de Pioneer Limited cruzando Wisconsin. En las horas matinales, en el amanecer, el sol saca las estrellas del cielo y la luz delantera del tren Limited.
El bombero saluda con su mano a una maestra rural sobre un trineo. Un muchacho, cabello amarillo, bufanda y mitones rojos, en el trineo, en su paquete de almuerzo un sandwich de chuleta de cerdo y un pastel de grosella.
Los caballos penetran una nieve en sus rodillas. Hay sombreros de nieve sobre las colinas rodantes de la pradera. Los acantilados del Mississippi usan sombreros de nieve… Mantén a tus chanchos sobre el maíz cambiante y purés de grano, oh granjero. Abarrota sus entrañas hasta que anden en patas cortas bajo los tambores de vientres, jamones de grasa. Mata tus cerdos con una hendidura de cuchillo bajo sus orejas. Córtalos con cuchillas. Cuélgalos con ganchos en las piernas traseras… Una carga de vagón de rábanos en una mañana de verano. Espolvorea rocío sobre las bolas púrpura-carmesí. El granjero en el asiento balancea las riendas en las nalgas de caballos gris moteado. La hija del granjero con una canasta de huevos sueña con usar un sombrero nuevo en la feria del condado… A mano izquierda y mano derecha del camino, maíz marchando, ví su rodilla alta hace semanas, ahora su cabeza está en alto, borlas de seda roja se arrastran en los bordes de sus orejas… Yo soy la pradera, madre de hombres, esperando. Ellos son míos, las cuadrillas de trilla comiendo bife, los zagales conduciendo novillos a los corrales del ferrocarril. Ellos son míos, las multitudes de gente en un picnic de canasta de 4 de julio, escuchando a un abogado leer la Declaración de Independencia, observando los molinillos y velas romanas a la noche, los hombres jóvenes y mujeres, de dos en dos cazando los caminos secundarios y besando puentes. Ellos son míos, los caballos mirando sobre una valla en la escarcha de fines de octubre diciendo buen día a los caballos acarreando vagones de colinabo al mercado. Ellos son míos, las viejas cercas en zigzag del ferrocarril, el nuevo alambrado de púas… Las descascaradoras usan cuero en sus manos. No hay levantada al viento. Bandanas azules son anudadas a sus rubicundas barbillas.
Manzanas de tiempo de otoño e invierno toman el ardor del atardecer de las cinco de noviembre: tiempo de otoño, hojas, fogatas, rastrojo, las viejas cosas van, y la tierra está canosa. La tierra y la gente mantienen recuerdos, aún entre los hormigueros y los gusanos angulares, entre los sapos y cucarachas de madera, entre los escritos en lápidas borrados por la lluvia, conservan viejas cosas que nunca se pondrán viejas.

La escarcha suelta hojas de maíz. El sol, la lluvia, el viento sueltan hojas de maíz. Los hombres y mujeres son ayudantes. Ellos son todos descascaradores juntos. Los veo tarde en la tarde occidental en un polvo de humo rojo… El fantasma de un gallo amarillo alardeando un peine escarlata, encima de una pila de estiércol llorando aleluya a las rayas de luz del día, el fantasma de un viejo perro cazador husmeando en la maleza por ratas almizcleras, ladrando a un mapache arriba de un árbol a medianoche, masticando un hueso, cazando su cola alrededor de un pesebre de maíz, el fantasma de un viejo caballo de tiro tomando el punto de acero de un arado a través de un campo de cuarenta acres en primavera, enganchado a una grada en verano, enganchado a un vagón entre choques de maíz en otoño, aquellos fantasmas vienen a la charla y se preguntan por la gente al frente del porche de una granja en las noches del verano tardío. “Las figuras que se han ido están aquí” dijo un viejo con una pipa de mazorca en sus dientes una noche en Kansas con un viento caliente sobre la alfalfa… Miro a seis huevos en un nido de un sinsonte. Escucho a seis sinsontes lanzando locuras de Oh, sé alegre, sobre las marismas y tierras altas.
Miro a canciones ocultas en huevos… Cuando el sol de la mañana está sobre las flores de la viña trompeta, canto en las sartenes de la cocina: grito sobre el Paraíso de Dios. Cuando la lluvia se inclina sobre las colinas de patatas y el sol juega una flecha de plata en la última ducha, canto al arbusto en el cerco del patio: Poderoso como una Rosa. Cuando el aguanieve helada golpea en las ventanas de tormenta y la casa se eleva a un gran aliento, canto por las colinas exteriores: la vieja oveja conoce el camino, los jóvenes corderos deben encontrar el camino… La primaversa se desliza de nuevo con un rostro de muchacha llamando siempre: “¿Ninguna canción nueva para mí, no hay canciones nuevas?”
Oh, muchacha de la pradera, sé solitaria, cantando, soñando, esperando –tu amante viene-, tu niño viene, los años se arrastran con las puntas de los pies de lluvia de abril sobre un suelo recién girado. Oh, muchacha de la pradera, quien sea que te ha dejado sólo amapolas carmesí para conversar, quien sea que puso un beso de adiós en tus labios y jamás regresa, hay una profunda canción como halcones rojos en tiempo de otoño, larga como la capa de marga negra hacia donde vamos, el brillo de una estrella matinal sobre el cinturón de maíz, la línea ondulada del amanecer sobre un valle de trigo… Oh madre pradera, soy uno de tus muchachos. He amado la pradera como un hombre con un disparo de corazón lleno de dolor sobre amor. Aquí sé que no anhelaré tanto como una sonrisa más o una luna de fuego del cielo doblada a una luna de río de agua…
Hablo de nuevas ciudades y nueva gente. Te digo que el pasado es un cubo de cenizas. Te digo que ayer es un viento que se viene abajo, un sol caído en el oeste. Te digo que no hay nada en el mundo, sólo un océano de mañanas, un cielo de mañanas.
Soy un hermano de los descascaradores que dicen al bajar el sol: Mañana es un día.

 

traducción: Hugo Müller

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