Abandono de Facebook

Luego de un año de experimentar con la red social conducida por Zuckerberg, hemos decidido abandonarla. La transformación en metaverso nos pareció una auténtica mierda. Pero ese no es el único motivo. Hay miles para no caer en las presas de sus publicistas y analistas de marketing político. Ya con usar Whasapp estamos condenados al infierno. El ya sabe todo de mí y puede hacerme diez mil agujeros legales y depositarme en una sucia cárcel de la semicolonia donde vivimos. ¿Quién no cometió a esta altura un montón de deslices en Internet? La vida virtual ha llevado a la alienación completa en esta época de desesperanza y egoísmo extremo en que se encuentra la humanidad, buscando una salida a la pandemia que aún no se avizora.

No nos agradan las políticas de censura ni los criterios de publicación de la app estadounidense. Después de todo es una puta y bastarda app que no tiene matices humanos. Una fría cibernética representando una realidad de fantochada. Hoy la sociedad está mucho más tiktokera, o en su defecto instagramera, y el metaverso no es un campo fértil en Argentina, cuyo Estado suele ser cooptado por incapaces crónicos. De ahí que no hay leyes ni observatorios, ni ombudsman que protejan los derechos constitucionales de la ciudadanía. Toda la normativa está armada, y “lobbeada” (hecha un lobby infecto) para velar los intereses de estas corporaciones que lideran y rigen los acontecimientos globales, estableciendo agendas hasta en Myanmar, y aún en los países sensatos que las han prohibido. Para los despistados, nos referimos además a Google, Amazon, Apple y Twitter, a lo convencional que pone a Elegante al frente del algoritmo para hacerle propaganda a Mercado Libre.

Las promesas de amistades o amores traicioneros quedaron enchastrados por la sed de sexo fácil. El vericueto de transacciones y estafas es un nudo de conflictos que se resuelven con dinero espurio. Las únicas causas que apoyan las redes y medios del establishment salen de la ONU o del onegeísmo oligarca y falsamente filántropo. Lo que ha pasado con la distribución de vacunas contra el Covid es tan asqueroso que espantaría al marciano más insensible. Ni sentido común ni solidaridad: lo que ha prevalecido es el ombliguismo enfermo, sobre todo en las mentes de los CEOs de las grandes transnacionales.

No nos preocupa el cambio climático si Facebook o Greenpeace se ponen al frente de esta lucha estúpida. El hombre arruinó el planeta, la biodiversidad, y el proceso es irreversible aunque se acabe con los combustibles fósiles. El petróleo y el gas lo necesitan para alimentar una industria turística desquiciada y grasosa, que escucha a Shakira o a Nicky Nicole. Ricky Martin parece retirado pero es amigo de Residente ahora y se reúnen como millonarios gusanos en Miami para hacer algún disco. YouTube no se salva de nuestra limpieza de disco. Es una porqueria que te pide ser premium todo el tiempo. No está echa para oídos impacientes y expectantes. Nos abruma de felicidad el silencio que sobreviene cuando se elimina del Escritorio de la computadora. Ahora podemos oír los sonidos de fondo de un barrio aburrido.

Nunca nos gustaron las miradas de Facebook sobre la geopolítica internacional, jamás simpatizamos con las campañas en beneficio de las enfermedades raras ni el feminismo rampante que atosiga a nuestra beata cordura. ¿Qué se han creído los impostores del “american way of life”? Allí hay que seguir programando balaceras en escuelas primarias y secundarias, no sea que se cambie la segunda enmienda en alguna borrachera de los jueces supremos. Y el doctor Fauci, epidemiólogo tan vivaz como lúgubre cuyo laboratorio debe tener página en Metaverso, mastica su bronca porque Estados Unidos sigue al frente del ranking de muertos, habiendo acortado la distancia el energúmeno de Bolsonaro, con sus políticas devastadoras, aniquiladoras de cultura indígena y de pobres vía exterminio.

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