Momo

Momo es el nombre que los hombres dan a tu rostro, el alarde de su tono, como el largo y bajo silbido de un barco a vapor, encontrando un camino en medio de la niebla sobre una orilla, donde rocas grises dejan que el agua salada se pulverice en espuma contra horizontes púrpuras, silenciosos.

Sí, Momo, hombres lanzaron tu rostro en bronce para que contemplara hacia abajo en gárgola sobre una calle arremolinada de gente. Fueron artistas los que hicieron esto, formaron tu triste boca, te dieron una alta frente sesgada con calma, amplia sabiduría, todos tus labios a las esquinas y tus mejillas a los huesos superiores, lanzados una y otra vez con una sonrisa que por siempre desea y desea, púrpura, silencioso, huyó de todas las cosas de hierro de la vida, se evadió como un bandido perseguido, se fue en sueños, por Dios.

Me pregunto, Momo, si las sombras de los muertos se sientan en algún lugar y miran con risa profunda a los hombres que ejecutan en terrible seriedad las viejas, conocidas, solemnes repeticiones de la historia.
Un zumbido monótono, suave como la risa del mar flota desde tu benevolencia de bronce, tú me diste el alivio humano de un pico de montaña, púrpura, silencioso; espaldas de granito levantándose sobre las curvas de la tierra, descuidado testigo ocular de la prole de mareas de hombres y mujeres pululando siempre en una corriente de millones al polvo del trabajo, la sal de lágrimas y gotas de sangre de guerra inalterable.

traducción: Hugo Müller

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