Manitoba Childe Roland

Anoche un viento de enero estaba rasgando las tejas sobre nuestra casa y slbando una canción de lobo bajo los aleros. Me senté en una mecedora de cuero y leí el poema de Browning a una niña de seis años, Childe Roland fue a la oscura torre. Y sus ojos tenían la niebla de colinas de otoño y era hermoso para ella y ella no podía comprender. Un hombre está cruzando una gran pradera, dice el poema, y nada sucede, y él continúa y continúa, y es todo solitario y vacío y nadie en casa. Y él continúa adelante, y nada sucede, y llega a un esqueleto de caballo, huesos secos de un caballo muerto, y sabes más que siempre que todo es solitario y vacío, y nadie en casa. Y el hombre levanta un cuerno a sus labios y sopla, fija un cuello orgulloso y la frente al cielo vacío y la tierra vacía, y sopla una última nota maravillosa. Y mientras la memoria automática de desplazamiento del hombre taconea sus resultados de cualquier manera, e inevitable como el toque ligero de una trampa de ratón o la trayectoria de un proyectil de 42 centímetros, y relampagueo a la forma de un hombre en sus caderas en corrientes de nieve de Manitoba y Minnesota, en el derby de las carreras de trineo desde Winnipeg a Minneapolis. El fue derrotado en la carrera el primer día saliendo de Winnipeg, el perro de vanguardia fue comido por cuatro compañeros, y el hombre siguió adelante, corriendo mientras los otros corredores cabalgaban, corriendo mientras los otros corredores dormían, perdido veinticuatro horas en una tormenta de nieve, cuatro horas, repitiendo un círculo de viaje hora tras hora, luchando con los perros que cavaban pozos en la nieve y gemían por sueño, empujando, corriendo y caminando quinientas millas hacia el final de la carrera, casi un ganador, una garra congelada, los pies ampollados y mordidos por la escarcha.

Y yo sé por qué mil hombres jóvenes del Noroeste lo encontraron en las millas finales y gritaron salud, yo sé por qué los jueces de la carrera lo llamaron un vencedor y le dieron un premio especial aún cuando él es un perdedor. Sé que él guardó bajo su camisa y en torno a su sordo corazón en medio de las tormentas de nieve de quinientas millas un último grito de maravilla del niño Roland, y yo le conté a la niña de seis años sobre ello.

Y mientras el viento de enero estaba rasgando las tejas y silbando una canción de lobo bajo los aleros, sus ojos tenían la niebla de las colinas de otoño y era hermoso para ella y ella no podía comprender.

 

traducción: Hugo Müller

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