Es hora de terminar la guerra contra las drogas

Cuando conocí a Andy por primera vez, tuve la sensación que había nacido extraído de la ladera de una montaña: un hombre grande con una cálida sonrisa que, mientras hablábamos, se estaba inyectando heroína de grado médico cerca de uno de sus tobillos. Como jefe de policía, ésta fue una de las presentaciones más infrecuentes con un miembro de la comunidad.

Andy debió percibir mi confusión ante su aparente salud y estatura física para una persona asistida por el programa de heorína de Middlesbrough, el primero en su tipo en el Reino Unido. “La heroína no te pone flaco. Sólo es que la heroína va primero y última y nunca dejas plata para la comida. Por eso los adictos son delgados” explicó.

Si la “guerra contra las drogas”, declarada hace 50 años, tiene un frente de combate establecido, es el pueblo de Middlesbrough. Las últimas estadísticas de 2020 muestran que 123 personas murieron en Teesside por por asuntos relacionados con drogas, la cifra más alta de la historia y una de las más elevadas del país. En toda Inglaterra y Gales, se produjeron más de 4.500 decesos relacionados con drogas en el último año.

La mayoría de estas muertes eran enteramente previsibles. En 21 años de servicio policial lentamente, quizás demasiado, he llegado a la conclusión que encuadrar esa crisis como un problema de justicia criminal no sólo es simplemente inútil sino que es contraproducente. La epidemia nacional de drogas es una crisis de salud pública.

Dicho esto, si el problema tiene que ser clasificado, quizá lo mejor es caracterizarlo como político. Debe reconocerse cuán duro es para los partidos del mainstream iniciar una conversación sobre reformas a las políticas de drogas cuando los votos se han ganado proponiendo la “mano dura” y/o la “tolerancia cero”. Concuerdo con el sentimiento, pero hay diferentes modos de lograrlo. Hay varios políticos que abogan por una reforma, tanto laboristas como conservadores, pero el lobby que favorece el lavado de dinero y la economía en negro de los narcos es fuerte y tiende a perpetuar la política de “guerra” que sólo genera más muertes y confusión.

En mi tiempo como jefe de policía de Cleveland, hemos aumentado las requisas y razzias policiales y la cantidad de drogas ilícitas capturadas, estoy orgulloso de eso. Las detenciones, cuando son inesperadas, ayudan a proteger a los más vulnerables. Del mismo modo, cerrar las granjas de cannabis puede funcionar: no sólo se trata de incautar drogas y encarcelar a las bandas que las trafican, sino también queremos proteger a las personas que llegan como esclavos al país para operar plantaciones de cannabis.

De cualquier modo, trabajar solo como una agencia aislada tiene escaso impacto en el problema. La producción de heroína en Afganistán, la de cocaína en Sudamérica, han aumentado, la actividad y la violencia del crimen organizado está en sus máximos históricos, y las muertes siguen acumulándose (mucho más que con el Covid-19).

Si vamos a ser serios en superar esta crisis, se requiere un cambio fundamental. Una revista de drogas independiente propuso crear una unidad de drogas interdepartamental, y reinvertir en los servicios de tratamiento a adicciones que fueron cortados durante estos años de “austeridad”. Esto es crucial para reducir las muertes.

Muchos hemos permitido de que el mensaje de que las drogas son malas (que claramente lo son) se confunda con que los adictos son malos sólo por usarlas. Hay que ser claros: algunos de los actos más odiosos y malignos que atestigüé como policía fueron perpetrados por drogadictos, pero ésta no es una verdad universal. Muchos, como Andy en Middlesbrough, hicieron malas elecciones en sus vidas, pero ayudando a gente como él nos ayudamos nosotros.

Apoyado por un equipo terapéutico, Andy está ahora bastante bien, con el enfoque de “administración segura y saludable de heroína” que pergeñó el doctor Danny Ahmed. Ahmed explica que a los pacientes se les suministra diamorfina, la misma droga que reciben las embarazadas durante los partos para manejar el dolor. Mientras observo cómo preparan la jeringa de Andy (a él no le permiten presenciar el momento), le pregunto a le enfermera qué me pasaría si me tomo la diamorfina. Tan alta es la dosis, que dijo que probablemente me mataría.

Andy conversa alegremente mientras se prepara para autoadaministrarse la diamorfina. No cae en estupor sobre un sucio colchón como se retrata en las películas de Hollywood, ni pierde la conciencia. En todo momento está lúcido y conversador. Andy y sus compañeros del programa hacen esto dos veces al día: un compromiso fenomenal para gent habituada a vidas caóticas.

Andy me invita a que me quede a tomar una taza de té. Habla sobre una crianza difícil en uno de los pueblos más pobres de Inglaterra pero sabe que no todos los que tuvieron un comienzo difícil en la vida terminan abusando de la heroína. El ruinoso camino a la adicción se inició como un medio para “ajustarse” y llenar un vacío en su vida.

El programa lo ha ayudado a estabilizarse, está reconstruyendo sus relaciones con familiares, y puede mirar con confianza el futuro: “Entiendo que tienes un trabajo que hacer” sugiere casi penosamente, antes de desprenderse de la frase, con la futilidad del trabajo de policía estampándose ante el demasiado evidente abuso de drogas.

El programa de asistencia a heorinómanos ofrece esperanza, si se implementara a escala nacional la demanda de heroína se cortaría. Cuando el estado ofrece una alternativa significativa a las drogas de la calle que deben ser compradas a organizaciones criminales, la demanda decrece. Lo que resta por ver es cómo el crimen organizado se adaptará a una abrupta caída en sus ganancias.

Middlesbrough, una ciudad tildada de “problemática”, con gente “problemática”, podría representar el comienzo del fin de la “guerra contra las drogas”, que ya se ha llevado demasiadas vidas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *