El hijo rojo

Amo sus rostros que vi en los varios años en que bebí su leche y llené mi boca con su conversación de hogar, dormí en su casa y fui uno de ustedes. Pero un fuego arde en mi corazón. Bajo las costillas donde los pulsos retumban y revolotean, entre los huesos del cráneo está el empuje, el misterioso e infinito comando, diciendo: “Los abandonaré, a ustedes por las pequeñas colinas y todos los años iguales, ustedes con sus pacientes vacas y viejas casas protegidas de la lluvia, me estoy yendo afuera y jamás regresaré con ustedes, peñascos y lugares rudos y elevados me llaman, grandes lugares para la muerte donde los hombres van con las manos vacías y pasan sobre ellos sonriendo a la deriva de la estrella en el borde del horizonte. Mi último susurro será solitario, desconocido, iré a la ciudad y lucharé contra ella, y hacerlo me dará contraseñas de suerte y amor, mujeres por las que vale la pena morir, y dinero. Iré donde ustedes no sabrán ni yo, ni ningún hombre o mujer. Sólo sé que voy a tormentas aferrándome contra cosas húmedas y desnudas”. No hay pena en ello ni culpa. Ninguno de nosotros está equivocado. Después de todo es sólo esto: ustedes por las pequeñas colinas y yo me iré.

traducción: Hugo Müller

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