Tercerización de la guerra en Mozambique

Una combi se arrastra en Ntele. Se baja gente y comienza a descargar apurada sus pertenencias envueltas en sacos raídos. Una mujer, alta y elegante, vestida en la tradicional tela capulana, sostiene firmemente las manos de sus hijos al costado de la transitada carretera. Fatima Buanauasse tiene 27 años, dejó Mocímboa da Praia cuando llegaron los insurgentes. Ella nos cuenta: “Cuando ellos vinieron, mi madre dijo ‘Hijos míos, vámonos. No podemos esperar hasta que lleguen, es peligroso. Perderemos a nuestros niños’.”

Tres de sus primos han sido asesinados y cuatro sobrinos fueron capturados. Su hija de 10 años, Sharifa, ha desaparecido. “No sé dónde está. Ella vivía con su padre cuando comenzó el ataque… Siempre estoy preocupada, y a veces lloro. No tengo certeza de nada. Y cada día me preocupo”.

Buanauasse casi no tiene esperanza. “Amaba a mi hija” dice, añorando un pasado bucólico. Luego del ataque, ella huyó con sus otros hijos hacia Tanzania, donde vivieron un tiempo en un campamento, justo en la frontera. “Fui a Tanzania porque no tenía otra opción. Me escapé de la guerra. Sufrimos porque no podíamos caminar libremente. Permanecimos en un campamento vallado”.

El gobierno tanzano, una vez reconocido como el más acogedor para los refugiados regionales, ha estado devolviendo a buscadores de asilo a Mozambique, en una aparente violación de acuerdos internacionales. El ACNUR estima que más de 10.000 mozambiqueños han cruzado la frontera en sólo los dos últimos meses, Fatima y sus hijos entre ellos.

“Viajamos con el gobierno tanzano en un tanque militar. Nos encontraron en las casas” dice Buanauasse, que fue dejada en Negomano, un pueblo fronterizo, donde tomó un bus a Montepuez, al sudoeste de Cabo Delgado.

Vendedores de pinchos y brochetas de pollo, huevos fritos y fruta entre los buses estacionados. A cada hora, buses sobrecargados y pickups empujan el alambrado y descargan docenas de viajeros polvorientos. Muchos pasaron sus largos viajes petrificados, agarrados al techo o a los oxidados bordes de los vehículos. Los conductores cantan los nombres de sus destinos: “Mueda, Mueda, Mueda … Macomia, Macomia” y atraen pasajeros a bordo, extrayéndoles el importe que puedan.

Se escuchan quejas de que los conductores de buses están sacando provecho, tomando ventaja de la desesperación de la gente, pero los conductores dicen que ellos toman sólo lo que la gente puede afrontar y que permiten más pasajeros que lo legalmente establecido. Quiasse, un conductor cuyo sobrenombre preservamos por cuestiones de seguridad, dice: “A veces los ayudamos como seres humanos, como pares. No pueden pagar el precio del pasaje. Algunos duermen en la estación. Y nuestro gobierno no los ayuda como desplazados. Sólo los observan”. Quiasse dice que la policía extrae coimas de los conductores para que anden con los vehículos sobrecargados. A veces, agrega, toman dinero de los desplazados que viajan al sur.

El gobierno mozambiqueño ha sido lento para responder a la crisis. Luego de meses de negarlo, contrató a mercenarios rusos y sudafricanos para ofrecer seguridad. Sin embargo, varias organizaciones de derechos humanos denunciaron a estas fuerzas, y a la policía local, de cometer abusos de todo tipo contra civiles y víctimas de los insurgentes. Desde violaciones a ejecuciones y torturas, las fuerzas de seguridad mozambiqueña muestran un modus operandi bestial y criminal.

Y el conflicto tiene relevancia global. Está relacionado con ISIS y los talibanes, y ha comenzado a expandirse a los países vecinos, que están alarmados por una conjugación de pandemias, fanatismos religiosos y hambrunas pavorosas. El arribo de fuerzas extranjeras marca una nueva fase, pero para la gente desplazada como Fatima, reconstruir su vida le costará un Perú.

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