El despilfarro espacial de los billonarios es un cruel metaverso

Miren a todos nuestros billonarios tech intentando dejar el mundo para evadir su responsabilidad sobre su malévola influencia en su degradación actual. Cualquier cosa para evitar ser confrontados a los trabajadores que explotan o a las víctimas de enfrentamientos religiosos y étnicos facilitados por sus plataformas. Jeff Bezos y Richard Branson ya se han lanzado al espacio, Elon Musk está excavando la tierra y ahora Mark Zuckerberg se está retirando en un virtual “metaverso”.

Seguramente se preguntarán qué es un metaverso. Bueno, a fines del año pasado una analista de datos con pasado en Facebook, Sophie Zhang, acusó a la compañía de tener conocimiento –y fallar en prevenirlos-, de intentos de jefes de estado y otros actores políticos en Honduras, India, Azerbaijan y varios países más, de manipular y engañar a sus poblaciones, llevando a una inestabilidad política, ataques a activistas y muertes evitables. En lugar de denunciar inmediatamente estos hechos, Zuckerberg decidió remodelar su plataforma –actualmente lavada de tiranos, teorías conspiranoicas e imágenes de una adorable sobrina que uno nunca vio porque su madre lee algunas cosas en Facebook que la hacen creer que el Covid es una farsa, y que la gente vacunada está cargando un chip en el brazo –en una idea extraída de una vieja novela de ciencia ficción.

La palabra metaverso fue acuñada en la novela de Neal Stephenson Snow Crash, que ha sido muy influyente en los círculos de Silicon Valley a pesar de satirizar ideas que ahora son tomadas literalmente y con gran entusiasmo por nuestros visionarios (multimillonarios) “tech”. El libro imagina un espacio que mezcla lo real y lo proyectado, el mundo físico aumentado por construcciones y sensaciones virtuales, y un ambiente mejorado y realzado por los poderes imaginativos de gente que trabaja en sus compañías. Zuckerberg lo describe como “una Internet corporizada”, un espacio físico al cual uno accede a través de costosa tecnología como gafas de realidad virtual, donde uno puede comprar cosas que pueden existir o no realmente, jugar juegos, y hablar a representaciones virtuales de gente real, aunque probablemente con un montón de bots[1] también. Si no han visto Preparado jugador 1, imaginen un enorme juego perpetuo de Simulación combinado con Pokemon Go, un mundo invisible de interacción y compromiso que circunda al internauta, pero que no se puede ver ni participar si se carece de la tecnología apropiada.

No es sólo Facebook, por supuesto. Apple, Google y otras compañías están invirtiendo grandes recursos en tecnologías de realidad aumentada y virtual necesarias para el metaverso, a pesar de que nunca ha funcionado realmente y que excluye y expulsa del sistema a un montón de gente. Y por supuesto a pesar del hecho de que toda la idea –de vivir en un espacio libre de consecuencias en la propia imaginación, separado física y psíquicamente del resto de los ciudadanos para pavonearse con avatares y fantasmas –es filosófica y psicológicamente objetable.

Esta puede ser una meta predecible para una industria que decidió que sus trabajadores eran demasiado costosos para que tomen el transporte público real a su trabajo y crearon buses para que los lleven directo de sus domicilios al trabajo. Una industria que se ha quejado viciosamente de los problemas reales del mundo real en el que existe, como la población sin techo de San Francisco, y a la vez se esfuerzan por evadir impuestos que ayudarían a crear hogares y servicios sociales necesarios para cuidar a los más desfavorecidos. Por supuesto su solución a un mundo decepcionante no es meterse en el lío para intentar crear estabilidad y seguridad para todos, sino evitar, evadir, ocultar, reemplazar, escapar.

Así como a estos autoproclamados genios les gusta imaginar que están inventando algo enteramente nuevo, hay un histórico precedente. Los gobernantes enloquecidos por el poder, una vez que encuentran los límites a su capacidad para reescribir la realidad a su gusto, suelen construir simulacros mejor adecuados a sus delicadas sensibilidades. Hubo un Rey Ludwig, el loco de Bavaria, que transformó su castillo en una tierra de fantasía –de ópera- con zonas acuosas, a pesar de las fugas, pantanos e inundaciones que sus sirvientes e invitados debían sortear. O la falsa villa de paseo de María Antonieta, donde ella recreó vida rural. En lugar del cólera y cosechas fracasadas había prendas de campaña y corderitos retozando. O nuestro ex presidente Trump, recortando fotos del día que asumió para llenar los gruesos huecos en las multitudes. ¿Qué tipo de mundo creará  Zuckerberg? Uno sin audiencias en el Congreso, puede imaginarse. Uno lavado en la sangre de birmanos asesinados, se supone.

Hay, por supuesto, un brillo utópico hacia el metaverso. La idea de trascender las limitaciones físicas para comprometerse con nuevas ideas y poblaciones e intercambiar información y recursos es sorprendente. Estas fueron, sin embargo, las mismas fantasías que han hecho lo que son hoy las redes sociales. ¡Iban a expandir la democracia y la libertad! En cambio, han estado acaparando riqueza mientras han reventado a los gremios, sembraron caos mediante la diseminación de teorías conspirativas, y han ofrecido el ambiente perfecto para acosar, molestar y atormentar a los ya vulnerables.

Así como hay razonables respuestas a los planes de Elon Musk de colonizar Marte, la respuesta razonable al plan de metaverso facilitado por Facebook debería ser: ¿no deberíamos arreglar este mundo, antes de prepararnos para crear –y luego probablemente destruir- a otros? Pero limpiar los chanchullos de los billonarios será nuestro trabajo –el trabajo de aquellos que apenas pueden afrontar un alquiler real, mucho menos una propiedad virtual-. Como siempre.

[1] Pequeños robots cibernéticos online.

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