Se avecinan Juegos Olímpicos de la desgracia

Cuando los Juegos Olímpicos de Tokio se pospusieron por un año, la presunción general en los corredores del Comité Olímpico Internacional era que eventualmente se llevarían adelante cuando el mundo no estuviera más bajo las garras de una pandemia. El Covid iba a ser contenido. Las vacunaciones serían completas. Si no completamente libre del flagelo viral, al menos se tendría un firme manejo de la situación. Los juegos marcarían una celebración de la especie: la primera francachela global de la era post-pandemia.

A menos de una semana de la ceremonia de apertura, ahora parece mucho más claro que nunca que el optimismo del Comité, que originalmente parecía fuera de lugar, ha quedado ridículamente fuera de la marca. Con 11.000 atletas y otras siete u ocho veces ese número de entrenadores, personal de apoyo y trabajadores de prensa convergiendo en Japón, es cada vez más obvio que organizar este evento, potencial super-propagador, es una espantosa idea. Aún antes de que se haya encendido la llama, se dispare un arma de largada o se presenten las medallas, ya se ha registrado el primer test de Covid-19 positivo en un visitante extranjero de la villa olímpica.

El pueblo de Japón no quiere estos Juegos. Están aterrados de los horrores que los Juegos pueden traer a su país. Y aún están siendo forzados a albergarlos en contra de su voluntad por un Comité cuyos líderes han sido contratados desde mucho antes que se reportara el virus en Wuhan, el último día de 2019. Las consencuencias de romper este contrato serían financieramente catastróficas, de modo que los Juegos se realizarán con otros costos humanos potencialmente devastadores, que ningún precio monetario puede alcanzar.

En mayo, expertos médicos anunciaron que la tasa de infección diaria en Tokio debería estar por debajo de 100 para hacer los Juegos de un modo seguro. El último jueves, se reportaron más de 1.300 casos, la mayor cifra desde enero. Entre los positivos, había un atleta no identificado, cinco empleados del Comité y ocho miembros de un equipo brasileño de apoyo. Confrontado a estas estadísticas, el presidente del Comité, Thomas Bach, reclamó engreído “el riesgo para otros residentes de la villa y para los japoneses es cero”.

Con el horizonte de un millón de visitantes, muchos de los cuales no han recibido inoculación contra el virus, convergiendo en Japón de todo el mundo, la confianza de Bach parece desatinada y basada en nada más científico que un ala y una oración olímpica. En los zapatos de un director de escuela secundaria, no es difícil imaginarlo insistiendo en el día del deporte a pesar de la presencia de adolescentes tiradores vagando por el campus.

Casi un tercio de la población de Japón, de 126,3 millones de habitantes es mayor de 65 años, y no todos se han vacunado contra el virus. Apenas el 20% de la población se ha dado dos dosis.

De acuerdo a medios extranjeros, la lentitud de la vacunación en Japón se debe a un estricto marco regulatorio para aprobar las vacunas, demoras en su importación y la falta de personal médico calificado para administrarlas en un país donde sólo los doctores y enfermeros pueden aplicar inyecciones.

¿El resultado? Vastas porciones de la población japonesa permanece sin vacunar, muchos de los cuales se verán atareados con proveer hospitalidad al diluvio de delegaciones extranjeras que necesitarán ser alimentadas, bañadas y conducidas en las próximas semanas.

Aún aquellos que han sido vacunados se han de exponer al riesgo –desde la noche de la victoria de Italia en la final de la Eurocopa 2020, cuatro amigos ingleses testearon positivo de Covid-19, y sólo uno se había dado ambas dosis. Si bien no es una garantía que el futbol fuese un factor en su contagio, uno vio el partido en Wembley y los otros tres lo vieron en un pub lleno de energúmenos bebiendo cerveza frenéticamente.

Con Tokio en estado de emergencia y la prohibición de que tanto extranjeros como locales asistan a casi todos los eventos, estadios atestados y abrevaderos llenos de gente no van a ser la imagen en estos Juegos, que se harán exclusivamente para beneficio de sus organizadores, la economía japonesa, los atletas participantes y una audiencia de TV que no parece particularmente entusiasmada para ver entregas de medallas con el escalofriante sonido de ninguna mano aplaudiendo. Una pena para los pensamientos de los saltadores en largo, garrochistas y en alto, en el hábito de solicitar aplausos rítmicos antes de ejecutar saltos particularmente importantes.

“Para que sean comprendidos por nuestra gente, y para que los Juegos de Tokio sean exitosos, es absolutamente necesario que todos los participantes adopten acciones y medidas apropiadas contra la pandemia” dijo el primer ministro nipón, Yoshihide Suga, durante un encuentro con Bach la semana pasada.

Premiados con los Juegos Asiáticos de 2013, en una muestra de confianza por su recuperación luego del triple desastre de 2011 –terremoto, tsunami y explosión de central nuclear de Fukushima- Tokio debe esperar que la iluminación ceremonial de la llama olímpica, el próximo viernes, no sólo queme el papel de contacto para más tragedia y devastación.

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