Christian Boltanski: el horroroso genio de un instalacionista

El gran artista conceptual francés, que murió a los 76 años, era la conciencia del arte contemporáneo. Sus monumentos a atrocidades eran enormes y multidimensionales, nos despertaron al sufrimiento de los otros.

Boltanski llamó mi atención en 1995, mientras estaba viendo un noticiero en Estados Unidos. Entre los crímenes y la violencia estaba la historia de un artista colocando miles de elementos de propiedad perdida en pantalla en la estación Grand Central de New York. Eran novedades porque era extraño, el uso de cosas cotidianas, sin modificar, era aún inusual en el arte entonces, por no mencionar la real escala de la instalación en semejante lugar público.

Pero más allá de la sensación, era desgarrador. ¿En medio de qué crisis privada alguien dejó atrás su escudo de fútbol, su biblia? Y eso no era todo. Aquellas posesiones de gente desconocida, aquella enorme cantidad de reliquias expuestas para su inspección en una estación de tren ocupada, recordaba la ropa y zapatos de los millones asesinados en el Holcausto.

Botanski tenía la inquietante habilidad de hacer ver el genocidio nazi en contextos aparentemente inocentes o no relacionadas. Su instalación de 1990, “La reserva de los suizos muertos”, propiedad del Tate, reúne fotos elegidas al azar de obituarios en un diario suizo, todo explotado y exhibido con una lámpara desnuda brillando enfrente de cada imagen como una vela. No hay razones para ver a estos rostros como más trágicos que otros, y los suizos fueron neutrales en la segunda guerra mundial, pero las repetidas filas de rostros sugieren millones de muertos. No nos podemos quejar entonces, parece sugerir Boltanski.

El artista nació en Paris semanas antes de que fuera liberada de la ocupación alemana en 1944. Su padre era un judío migrante de Ucrania que se pasó un año y medio ocultándose bajo un piso para evitar ser capturado y transportado a los campos de exterminio. La imagen de alguien teniendo que ocultarse y encerrarse, espacio polvoriento con ratas como compañía acecha el arte de Boltanski, con su iluminación baja, ropas abandonadas, mader, cajas y humedad general.

Hoy, con el arte público dominado por estatuas figurativas y los argumentos que despiertan, el gran momento de ruptura de Boltanski parece que fue hace siglos. Fue alrededor de los ’90, cuando el arte de vanguardia ofreció titulares. Si bien Boltanski comenzó como escultor, más tarde su voz se destacó como instalacionista.

Fue parte de todo un carácter de introspección oscura en espacioes públicos, mejor corporizado en Gran Bretaña por el Hogar, obra maestra de Rachel Whiteread de 1993, que preserva elinterior de una casa común de Londres como un molde gris.

Boltanski no podía dejar ir el siglo XX cuando giraba del presente al pasado. Su instalación “Los habitantes del Hltel de Saint Aignan en 1939”, en el patio de lo que ahora es el Museo de Arte e Historia del Judaísmo en Paris, consiste en posters de letras negras con nombres de artesanos judíos que trabajaron en este edificio del barrio Marais al inicio de la guerra. El no da detalles de lo que le sucedió a cada individuo, pero los posters parecen avisos fúnebres.

¿Seguro éste es el tipo de público de arte que necesitamos ahora? En tanto Bretaña arguye sobre el legado de esclavitud, el arte de la memoria de Boltanski ofrece un modelo para monumentos más sensibles y punzantes a los crímenes históricos. La persecusión en masa demanda arte como este –arte que trabaje metafóricamente-. Las estatuas de individuos no pueden evocar adecuadamente la pérdida anónima e industrializada que infligen los crímenes contra la humanidad. El arte tiene que ser un fantasma en la máquina de la banalidad massmediática para volver a despertar tales realidades, cogiendo nuestros corazones con ropas, nombres y rostros de extraños. El fallecimiento de Boltanski es un problemático recordatorio de cuán lejos ha caído el arte público desde que se transformó en un fútbol de redes sociales.

Boltanski halló casi un modo de historia bonita para sacudirnos de nuestro olvido.  Esto lo hizo una de las grandes conciencias del arte contemporáneo. A primera vista, sus instalaciones pueden parecer casi encantadoras, acogedoras, amables, con sus viejas fotografías y colecciones nostálgicas. Pero aún golpean en el estómago con los horrores que se rehúsan a pasar. Boltanski claramente no pudo quitarse de encima lo que le ocurrió a la generación de su padre. Su arte tampoco le permitirá al mundo olvidarlo.

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