Una señal eléctrica oscurece

Polonia, Francia, Judea corrieron en sus venas, cantando a Paris por pan, cantando a Gotham en una efervescencia al descorche de una botella.

“No vendrás a tocar conmigo” cantó ella… y “no puedo lograr que mis ojos se comporten”. “Revuelto”, “La esposa de papá” y “Sígueme” eran juegos.

¿Ella lavó sus pies en una tina de leche? ¿era una hebra de perlas que se escapó de su baúl? Preguntaron los periódicos. Cigarrillos, tulipanes, pasos de caballos tomaron su nombre.

Veinte años… treinta… cuarenta… Cuarenta y cinco y los doctores no sondearon nada, los doctores batallan, los doctores usan tubos plateados alimentando 24 cuartos de sangre en sus venas, los respetos a una luchadora de premio, una taxista. Y una pequeña boca lamenta: Es fácil morir cuando están muriendo muertes tan grandes en Francia.
Una voz, una figura, se fue.
Un bulto de bebé desde Varsovia… piernas, torso, cabeza… en la cama de un hotel en el Savoy.
Los cincelados blancos de carne que se lanzaban en saltos mortales, a horcajadas, por casas llenas: un recuerdo, una escena y las luces de pie apagadas, una señal eléctrica en la oscuridad de Broadway.
Ella pertenecía a alguien, nadie. Ningún hombre se apropió de ella, ni diez ni mil. Ella perteneció a varios cientos de hombres, amantes del cincelado blanco de brazos y espaldas, el marfil de una risa, las campanas de canción.
Guardafrenos de ferrocarril tomando trenes a través de las praderas de Nebraska, leñadores paseando por pinos y alerces del Noroeste, rancheros en el medio oeste, alcaldes de ciudades del sur dicen a sus compañeros y esposas ahora: vi en los diarios que Anna Held ha muerto.

 

traducción: Hugo Müller

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