Hermano de alma

Ganar un gran premio puede ser agridulce para un escritor: ahora la mayoría de la gente que leyó sus libro tendrá muy altas expectativas, de hecho, más elevadas que las de los jurados que otorgaron el premio. Y en el momento en que la segunda novela de David Diop Hermano del alma ganó el prestigioso premio International Booker, ya había obtenido premios en Francia, Italia, Suiza, Países Bajos y Estados Unidos. ¿Puede ser que éste sea el mejor libro jamás escrito?

De hecho, es posible sentirse sobrecogido primero por la novela de Diop. Comienza de una manera enérgica aunque repetitiva, martillando una y otra vez los mismos puntos en la narrativa de Alfa Ndiaye, un soldado senegalés en la primera guerra mundial. El tiene, “verdad de Dios”, una historia de horror para compartir. Envuelve la escalada de violencia –lo han tomado para cortar las manos de tropas alemanas muertas (“mis compañeros de trinchera comienzan a temerme luego de la cuarta mano”)- y su descenso a la locura. “El loco no teme a nada. Los otros… juegan a estar locos”. Pronto, se cree dëmm, un “devorador de almas”, y es rechazado por su propia tropa.

La locura es encendida o acelerada porque Ndiaye debe observar a su compañero de la infancia, Mademba Diop, “mi más que hermano”, morir junto a él, destripado, y rogándole para que lo mate. El se rehúsa, luego lo consuma con culpa, así como se sintió culpable por ayudar a Diop a prepararse para la lucha que iba a comenzar.

Con toda la repetición de los mismos puntos y las mismas palabras, el lector comienza a sentirse bastante conmocionado, pero justo cuando está pensando “vamos con eso”, lo hace. En la segunda mitad de su delgado libro, vemos de dónde vino Ndiaye y dónde lo conduce su “locura”, y descubrimos que habla un poco de francés, de modo que su narrativa es necesariamente restrictiva y repetitiva. La contundencia no es sólo una representación de su mente sino un sustituto para la sutileza que lo evade.

Cuando Ndiaye es removido de su obligación al frente de batalla y llevado al hospital (acompañado, por suspuesto, de las manos alemanas cercenadas), la narrativa comienza a romperse aún más. Revela su mente corrupta en su propia fisicalidad, “verdad de Dios, sé que soy apuesto” y malinterpreta la atención de su enfermera: “No necesito hablar francés para entender el lenguaje de los ojos de la señorita Francesa”. Esto sólo puede conducir a una trágica dirección. Cuando la verdadera identidad de Ndiaye comienza a quebrarse y patinar, la brillantez de la fatuidad de David Diop se torna clara y el lector debe reconsiderar la historia tanto hacia atrás como hacia adelante. Por ello ha alcanzado tantos premios de los jurados: recompensa la relectura, que reubica los violentos capítulos de apertura bajo una nueva luz aún más oscura. Si la medida del éxito de un libro es ser bastante distinto de cualquier otro, entonces Hermano del alma merece las coronas y trompetas después de todo.

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