Detalles de matanza bolsonarista en favela Jacarezinho

Conmovido, descalzo y con una herida de bala abierta en uno de sus pies, el joven se tambalea en la puerta de Flávia Luciana a las 8am del último jueves mientras el horror de “la guerra contra el narcotráfico” alcanza nuevas profundidades.

“¡Ayúdame, por el amor de Dios, ayúdame!” lo recuerda a él implorando mientras buscaba refugio adentro.

Sería uno de sus últimos actos. Media hora después, testigos dijeron que un grupo de élite policia apareció a la salida de San Manuel, un estrecho callejón en el corazón de Jacarezinho, una de las favelas más grandes de la ciudad.

Con sus rifles en alto, avanzaron dos pisos por escalera hasta la puerta de Luciana. Rifles raised, they advanced up two flights of stairs to Luciana’s door. Tras irrumpir en la vivienda, persiguiendo al herido –y aparentemente desarmado- hasta la habitación rosa de su hija de nueve años, donde una leyenda dice, encima de su cama: “Aquí duerme una princesa”.

El padre de la niña, André Franklin, recuerda haber escuchado dos disparos, cuando él y su pequeña hija petrificada huyeron hacia un callejón que pronto sería esparcido con cuerpos acribillados y lavado con sangre. “Seis murieron en esta calle: uno aquí y cinco en lo del vecino” dijo Flávia Luciana, vendedora ambulante de panchos y hamburguesas, de 43 años.

Otros 21 jóvenes y un oficial de policía, André Frias, también murieron cuando las fuerzas de seguridad invadieron la favela en su raid más mortal de la historia, en una ciudad violenta como pocas.

“No vinieron a arrestar a nadie. Simplemente vinieron a matar” dijo Norma Bastos, una predicadora mientras deambulaba por los serpenteantes callejones hasta pasar las casas salpicadas de balas, dando testimonio de la intensidad de la violencia vivida.

Leandro Souza, líder comunitario, dijo que presenció un montón de tiroteos e incursiones policiales durante sus 39 años de vida en Jacarezinho, una vibrante pero menesterosa extensión de casas de ladrillo en el norte de Río. “Pero esto fue una guerra, una guerra total… la vida humana no vale nada aquí. Fue una masacre completa… una caza de brujas… una película de horror que jamás pensé que iba a ver en la vida real” dijo Souza mientras pasmados activistas se reunían en escuela de samba de la favela para contemplar las matanzas.

Las favelas de Río de Janeiro han padecido incontables horrores desde que el conflicto por el control del narcotráfico estalló a mediados de los ’80, y la cocaína y armas de guerra comenzaron a abundar en comunidades como Jacarezinho, una tradicional fortaleza del temido cartel Comando Vermelho. Desde entonces miles de personas –la mayoría jóvenes negros- perdieron sus vidas en despiadadas escaramuzas, alimentadas por la corrupción, entre la policía, narcotraficantes y, cada vez más, bandas paramilitares adeptas al gobierno bolsonarista.

Pero nunca antes se habían perdido tantas vidas en una sola operación, y la carnicería de Jacarezinho –así como las sospechas de que varias víctimas fueron ejecutadas- han impulsado una ola de protestas y una tormenta política sobre la estrategia de “terrorismo de Estado” que tomado Brasil desde que Jair Bolsonaro asumió la presidencia en 2019.

Miles de manifestantes colmaron la calle principal de Jacarezinho el viernes por la noche, demandando justicia y cosechando el desprecio del presidente brasileño y su aliado, el gobernador de ultraderecha Cláudio Castro, en cuya gestión se ha registrado un abrupto aumento de los crímenes policiales en favelas, a pesar de que la corte suprema ordenó detener estas operaciones durante la pandemia de Covid.

“Para mí, este tipo de operación sólo ocurre en territorios de mayorías negras, y puedes hacerle lo que quieras a un cuerpo negro en este país” dijo Joel Luiz Costa, abogado y defensor de derechos humanos que ayudó a organizar la marcha.

Bolsonaro, un promotor de la represión policial que llamó a aplastar a los delincuentes “como cucarachas” felicitó a las fuerzas de seguridad por su raid e incitó una creciente indignación por el derramamiento de sangre. “Tratando a los traficantes que roban, matan y destruyen familias como víctimas, la prensa y la izquierda los equiparan a los ciudadanos comunes, honetos, que respetan las leyes y a sus vecindarios” tuiteó el amante de las armas el domingo, soltando una lágrima tardía por la derrota de su protector Trump.

“Todos delincuentes” dijo el vicepresidente Hamilton Mourão, sin la menor evidencia, acerca de los 27 asesinados por la policía.

Varias de las víctimas, que oscilan entre los 18 y 43 años, pudieron haber estado involucrados en el tráfico de drogas, ahora sus sobrenombres cuelgan pintados sobre banderas de plástico negras que cuelgan en las calles principales de Jacarezinho. “Descansa en paz, familia Jacaré” se lee en un tributo listando más de una docena de nombres de guerra.

Pero otros jamás tuvieron vínculo alguno con drogas. Mientras enterraban a Bruno Brasil el domingo al mediodía, sus parientes insistían en que este hombre de 37 años –trabajador golondrina-, no era parte de ningún cartel y le dispararon en el pecho mientras hacia unas compras matutinas.

“Mi hermano estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado” dijo su hermana, Rafaela Lemos. “El era un trabajador. No estaba envuelto en nada… No puedo permanecer callada y dejar que ensucien su nombre así”.

Isaac Pinheiro de Oliveira, un joven de 22 años también enterrado el domingo, era miembro de una banda y era conocido en la comunidad como “Pé” o “Pie”.

“No te voy a mentir, él estaba metido en el tráfico. Pero no era el tipo de delincuente que anda matando gente” dijo su abuela, Célia Regina Homem de Mello, a cientos de asistentes, mientras la novia embarazada de Oliveira, se dirigía a una pequeña capilla donde su cuerpo yacía en un ataúd abierto cubierto con crisantemos blancos.

La familia de Oliveira reclama que él y un amigo –un traficante llamado Richard Gabriel da Silva Ferreira– fueron ejecutados luego de que la policía los rastreara hasta una casa en una de las principales avenidas de Jacarezinho.

La tía de Oliveira, Tatiane Teixeira, nos mostró un video que él le mandó a las 7am del jueves, en el cual exhibía las heridas de bala que había recibido cuando la policía comenzó su raid en la madrugada. Teixeira dice que su sobrino logró escapar y ocultarse en una vivienda cercana pero fue asesinado con Ferreira cuando intentaban rendirse.

“Fueron ejecutados. Ellos estaban desarmados. Podrían habérselos llevado vivos” –reclamó la tía al cierre del funeral desde una de las entradas valladas de la favela. “Debemos hablar, de otro modo lo mismo sucederá en otras favelas” añadió Teixeira, cuyo hijo también fue asesinado por la policía, hace tres años.

Thaciana Barbosa, una joven amiga que estaba afuera de la casa cuando Oliveira y Ferreira fueron asesinados, expuso: “Ellos entraron, les dijeron a los residentes que se fueran, y los mataron a los dos en el comedor a sangre fría… Yo escuché los disparos, fue horrible”.

Las autoridades rechazaron las acusaciones de matanzas extrajudiciales durante la incursión a Jacarezinho, durante la cual se incautaron más de 20 armas largas y seis sospechosos fueron arrestados. “La única ejecución fue la dun policía de civil, a quien le dispararon en la cabeza luego de que saliera de su vehículo a prueba de balas… Todos los otros murieron en combate, y los que prefirieron rendirse fueron arrestados” dijo el veterano encargado del raid, Rodrigo Oliveira.

Entretanto, cientos de oficiales se reunieron en el funeral del agente anti-narcóticos asesinado el viernes. Allí Allan Turnowski, jefe de policía, alabó la madurez y el profesionalismo de sus agentes al enfrentar a criminales pesadamente armados, quienes dispararon a matar.

Pero mientras emergen más espantosos detalles de los residentes y parientes de Jacarezinho, cada vez hay más llamados a investigar una operación que un periódico brasileño expuso como “la estupidez de la guerra contra las drogas”.

El viernes, la oficina de derechos humanos de la ONU urgió una investigación independiente, imparcial y exhaustiva y el juez de la corte suprema Edson Fachin dijo que había señales de “ejecuciones arbitrarias”.

Costa, el activista, dijo que es imposible saber exactamente qué motivó la balacera, que se cobró más vidas que la famosa masacre de 1993 en la favela vecina, Vigário Geral. Pero como muchos, él sospecha que todo comenzó cuando le dispararon al agente de policía, al comienzo del raid, lo que desató una “operación revancha” en la cual policías enfurecidos entraron a la favela buscando venganza.

Otros se preguntan si el asalto a uno de los bastiones más importantes del Comando Vermelho es parte de los esfuerzos por debilitar a este cartel y ayudar a grupos paramilitares –a menudo compuesto por oficiales y militares exonerados de sus fuerzas- a expandir su presencia en toda la ciudad, de la cual ya controlan la mitad.

La abuela de Oliveira dijo que ella pudo hablar con su nieto horas antes de su muerte, cuando la llamó desde la casa donde se había refugiado.

“No te preocupes, abuela, voy a salir de la banda” recuerda que le insistía su nieto antes de que la policía lo matara como a un perro.

“Soy solo una brasileña más que ha perdido a su nieto de esta manera” se lamentaba De Mello antes de enterrarlo en un cementerio ya desbordado de jóvenes víctimas de la violencia, y ahora también, del coronavirus. “Pudieron haberlo llevado a la cárcel. Brasil necesita un cambio” –agregó antes de despedirse y jurar que no descansará hasta verlo ingresar a Bolsonaro a los abismos más profundos del infierno.

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