Una navidad infeliz

Navidad, tú me dices, vienes sólo una vez por año. Hay un lugar donde nunca viene, y es aquí. Aquí, en estas páginas no brotan buenos deseos, no hay saludos bien gastados tediosamente llamados, porque los saludos de navidad son como potes de mineral: cuanto más vacíos son, más suenan. Aquí ningún acebo arrojará una sombra espinosa, ningún muérdago invade mi soledad, no viene ningún vegetal cargado de baratijas, ninguna botella de vapor con ron de Sheolate.  No hay niños chillones que levantarán sus voces. ¡Hurra por la Navidad sin el ánimo de Navidad!
Sin regalos, por favor, sé demasiado bien lo que Herbert Spencer, si no dijo (no sé si lo hizo) aún pudo haber dicho sobre dar regalos en los días antiguos, cuando el hombre primitivo propiciaba con regalos a los jefes de los que más dudaba, temía y odiaba, o los enternecían en la esperanza de cosechar alguna ruda ventaja de la gratitud del tomador. De aquí deriva el origen del regalo (cuánto de su primer carácter sobrevive, ustedes lo saben tan bien como yo), mis medias atadas, mi bolsillo abotonado, con mi alma adentro. Ahorro mi dinero y ahorro mi orgullo.

¿Cena? Sí, gracias, sólo un cuerpo humano hecho una castaña cocida, y un ponche de lágrimas para darme apetito, y como bebida, una media jarra de sangre, pienso, estará bien; porque aún amo el vino tinto, tinto, coagulando bien, con finas arrugas ondulando la satinada superficie de su corriente. ¡Oh, divina borrachera de reyes, sangre falerniana!
Duse toma las aves ululantes sobre el miembro, ¡el ganado arrodillado y el himno levantándose! ¿Un pagano no tiene derechos a ser observado, su corazón asaltado y su oído bombardeado con sentimientos y sonidos que el buen viejo de Pan, aún en su demonio, hubiese prohibido?
No, amigos, no hay Navidad aquí, porque lo he jurado para mantener mi corazón duro y mis rodillas sin usar. Suficiente han tenido de bromista, jugador, sacerdote: yo como el esqueleto asisto a su festín, para hacer una pausa en la loca juerga con dedo agitado y meneo de calavera. De cualquier modo en que se burlen de mis servicios, desdeñen la filosofía y duden de la razón, me refiero a mantener en estado acostumbrado mi triste juerga y celebrar mi rito anual hasta el quiebre de la condena, ignorar las animosas calidez y floración de la estación y cultivar un oasis de melancolía.

 

traducción: Hugo Müller

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