Pavada de coronavirus en Sudamérica

Y el tiempo pandémico avanza y China se robustece. El segundo año de la pandemia de Covid-19 parece ser mucho más destructivo y desolador que el primero. Si bien hay científicos apurados por pregonar que en Gibraltar, Israel o Reino Unido se encaminan al éxito -con una vacunación que aparentemente dio inmunidad a toda la población-, la realidad cruda y dura indica que el mundo ha empeorado meteóricamente en todos los aspectos posibles de analizar: sanitario, epidemiológico, económico, ético, informático, judicial, político, ambiental, psicológico…

Aún los mencionados países han tenido costos elevados en muertos y comportamientos egoístas. La falta de solidaridad alela mientras los ejércitos de pobres y lúmpenes se multiplican en todos los países de América Latina (y del planeta entero9, con un epicentro brasileño que se asemeja más al infierno que la situación en Haití. En el medio hubo elecciones en Ecuador, Perú y Bolivia, con resultados catastróficos para los progresistas zurdos que se creyeron el cuento de la Patria Grande. En épocas pestíferas el ser humano se convierte en un ser más mezquino y miserable que lo que comúnmente demuestra en una historia que es un encadenamiento de guerras, sometimientos y pruebas de su estupidez imposible de erradicar.

El ánimo de las poblaciones está cada vez más agrietado. Los países modélicos que se lanzaron a vacunar a toda velocidad –Chile y Uruguay- se encuentran con sus sistemas de salud quebrados, desbordados, y con el personal sobreexplotado y maltratado, en picos de contagios arrasadores que estarían demostrando que nadie se va a salvar del ingreso de Covid-19 a su organismo, aún viviendo aislado en una burbuja o en una cámara criogénica como la que tiene Putin en su palacio, según Navalny y sus jefes de la OTAN.

Alberto Fernández se había dado las dos dosis de la vacuna Sputnik y se le detectó “el bicho”, aunque con síntomas leves y con cócteles sanadores al estilo trumpista que aniquilan al corona en menos que canta un gallo ante una gallina tentadora. No es magia: es química, es el enfrentamiento de un microbio con un organismo, de un David contra un Goliat, y pareciera que el David está haciendo mierda a una humanidad que ya era bastante horrible, aún antes de su aparición.

Ahora la oposición en Argentina se ha rebelado porque el presidente ha decretado la suspensión de la presencialidad en las escuelas, dada una escalada aterradora en la cantidad y calidad de los contagios (aumento exponencial, y afectación de franjas etarias juveniles). Como acostumbran, le han pedido a su Corte Suprema adicta que falle a su favor y que avale su tan criminal como infantil rebeldía. ¿Qué presencialidad están defendiendo?, ¿no se merece el coronavirus un mecanismo de autodefensa como el confinamiento extremo en estos momentos otoñales de acelerado avance de la pandemia? La Parca disfrazada  anda golpeando puerta por puerta de los ciudadanos porteños. Colpasados los sistemas privados y públicos de salud, pronto se acumularán los muertos en las banquinas, y si los recolectores de basura hacen paro, que es lo más probable, conociéndolo al audaz y astuto líder sindical Pablo Moyano, se va a pudrir todo en la calle.

Este es el panorama local, y la cosa no mejora en Paraguay, Colombia y Venezuela, para ampliar nuestra visión al continente. Nosotros no creemos en la patria grande pero nos interesa lo que pasa en los países de la región. Más que hermanos, nos sentimos buenos vecinos con quienes cautelosamente deberíamos comenzar a confraternizar, para evitar que los pueblos de cada uno de los países continúen siendo esquilmados y explotados alevosamente, gobernados por psicópatas como Bolsonaro o cipayos del calibre de Duque Márquez. Sólo Maduro y la vacuna Soberana cubana nos dan esperanzas aquí de un mundo post-pandémico mejor.

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