Colofón

A Leila, Ochenta y dos
Lámpara de cariño viviente, doncella milagrosamente masculina, frenesí de tu propio exceso, ruborizándote a través del velo de terciopelo, donde resplandecen las mejillas de olivo, sombra suavizada en nieve, ¡flotan pechos como bacanales bajo la garganta orgullosamente fálica! Ve a mi luz peregrina, y dulce risa y sensata, hasta que el día oscuro expire de mi vida en tu cariño, tú, mi frenesí y mi fuego, ¡lámpara de cariño viviente!
Tú, la regla del tallo que bajo tu abrazo se extiende a las galaxias de Dios, desde el golfo donde finaliza el océano, cueva de dragón, rosa rubí, corazón de infierno, jardín cerrado, a oler el dulce pétalo de jacinto, pezuñas partidas de la alegre gacela, sé mía como yo soy tuyo, mientras las insignias de la vid se entrelazan en el sacrificio del sol, tú el par y yo el impar, ¡siendo y transformándonos en uno en el ábaco de Dios!
Tú, la serpiente sagrada que alza la muerte, una cresta enjoyada a través del encanto de los años, todo mi amor que es mi pérdida. Vida y muerte, dos y uno, amor y odio, luna y sol, luz y oscuridad, jamás se desvían de la norma, advierte el nervio, nombra el nombre, excede el exceso de tu lámpara de cariño, serpiente viviente de amor perezoso, ¡itifálico que se levanta, su paladio encima del encanto de los años!

 

traducción: Hugo Müller

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