Una oferta de casamiento

Una vez me sumergí en el futuro tan lejos como un ojo humano podría ver, y vi, no era Sandow ni John Sullivan, sino ella, la mujer emancipada, que estaba llorando mientras corría aquí y allá por el descubrimiento del hombre expurgado. Pero el sol de la Evolución siempre se levantó y se puso, y aquella más tardía de los mortales no había evolucionado aún. De ahí que las lágrimas le bajaran a cascadas, de ahí que los suspiros desgarraran todas las conexiones tendinosas de su corazón endurecido.

Lloraba la mujer emancipada, mientras se cansaba de su búsqueda: ‘¡Por adelantarme me abandoné distintivamente en la estacada! Buscando todavía un compañero meritorio, desde la tierra de los brutos y dandys, he penetrado precipitadamente en solitudes sin hombres. Ahora, con ningún par de ningún tipo, ¿dónde estoy? Eso es decir, ¿dónde estaré mañana? ¿dónde ejercer mi legítimo poder y la fuerza purificadora de mi mente emancipada? ¿Puede la soledad ser elevada, la vacuidad refinada?

Llamando, llamando desde las sombras en la parte trasera de mi progreso, desde la región no desarrollada en el oscuro dominio de la oportunidad, por mucho tiempo he escuchado al inevoluble suplicando mi retorno para compartir la degradación que es reacio a desaprender. Pero fantaseo que soy detectada, aunque ruego que aquello no sea una tenue reverberación, como un eco en un sombrero. Entonces sostuve mi camino independiente, evolucionando año a año, hasta que soy lo que ahora ustedes contemplan, o contemplarían si estuviesen aquí, una condensada emancipación y un orgullo purificado, ¡una entidad independiente apropiadamente ruidosa! ¿Independiente? Sí, en espíritu, pero (¡oh, triste, triste condición!!) condenada a prematura extinción por privación de pareja, a la extinción o reversión, por el hombre inexpurgado, aún me espera en la parte de atrás si me enfermo del furgón. ¡Oh, el horrible dilema! Estar odiosamente vinculada a una especie no desarrollada, ¡o devenir un tipo extinto!’
Como mujer emancipada gimió su pena al aire, acechando desde la desolación vino un ser extraño y raro, ¡el hombre de Platón!, bípedo, sin plumas de la mandíbula a la grupa, sus dos alas aletas sin plumas, y su cola un muñón desplumado. Primero se rascó y luego cloqueó, como si en términos hospitalarios la invitara a un banquete sobre gusanos imaginarios. Luego se pavoneó delante de ella alzando la cabeza, y en acento de afecto y simpatía dijo: ‘Mi estado es humilde, pero estoy calificado para aproximarme al altar himeneo, vapulear mi corazón y rasgar a cualquier emancipada que camine la tierra, y sus cosas están a tu servicio para lo que sea que valgan. Estoy seguro que congeniará, señora, no merece un ceño fruncido, soy un gallo emancipado, ¡soy un ave expurgada!’
Del futuro y sus maravillas retiré mi mirada, y entonces escribí esta salvaje y lúgubre profecía sobre la gallina que viene.

 

traducción: Hugo Müller

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