Para presidente, Leland Stanford

Mahomet Stanford, con mirada codiciosa, contemplaba sobre una visión extraordinariamente bella: lejos, en el remoto extremo del desierto, una montaña de oro con un maduro brillo levantaba sus altos pináculos hacia el cielo, el trabajo del espejismo para engañar al ojo. El pashá Pixley, a los pies del profeta, lamiéndolos piadosamente, jurándoles dulce, se aventuró, observando la mirada de su señor, a rogarle que ordenara el avance de la montaña. Mahomet Stanford ejecutó su voluntad, mandando: ‘¡En nombre de Alá, ven aquí, montaña!’ La montaña no se aproximó ni una pulgada. Mahomet Stanford, con el rostro inflamado, levantó sus pies y pateó, ¡mala suerte! El pashá Pixley al final del revés. Apaciguado así y sonriendo libre, dijo él: ‘Dado que la montaña no viene a mí, iré a la montaña’. Con infinitos dolores, camellos en caravanas, negros en trenes, guerreros, trabajadores, mujeres y lunáticos, comida y agua y herramientas de minería, él recogió a su alrededor, una formación poderosa, y el viaje comenzó al cierre del día. Ellos viajaron toda la noche, temprano al amanecer varios cansados se habían ido. La mañana irrumpió bonita con un brillo dorado, la montaña, compañeros, ¡no se veía en ninguna parte! Mahomet Stanford golpeó su pecho, el pashá Pixley se dirigió así: ‘Perro de mendacidad, engaño y esclavo, ¡que los imbéciles canten sobre la tumba de tu abuelo!’

 

traducción: Hugo Müller

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