Lucifer de la antorcha

Oh, reverendo Ravlin, una vez con pulmón resonante sacudiste el maldito estandarte de tu lengua, urgiendo a todos los feroces boicoteadores al campo, y juraste que los seguirías antes de rendirte, sí, ¡cuán breve el tiempo, cuán grande el cambio!

Tus perros de la guerra están todos enfermos de sarna, la correa suelta cuelga de las puntas de tus dedos pero el ruidoso ‘caos’ muere sobre tus labios. Ningún espíritu anima tu débil arcilla, deberías rendirte en lugar de incluso escapar. En vano McGlashan trabaja para inspirar tu pálida nariz con su aliento de fuego: la luz de la batalla se ha esfumado de tu rostro, tu conservas la paz, John Chinaman su lugar. Oh Ravlin, ¿qué agua fría, lanzada por quien sobre el rubicundo florecimiento del boicot encendido, ha saciado tu reseca sed de sangre y aliviado el destello y brillo de tu espada lingual? Tu salario, ¡tu salario impago!

En los viejos días, cuando Cristo con azotes condujo de cabeza a los Ravlins desde la nave del templo, cada uno cargando sobre su piel la marca divina, la auténticada señal roja del boicot. Marcados de nacimiento por siempre en dolores sobrevivientes, resplandecientes y punzantes bajo sus camisas, los sucesivos Ravlins han vengado su vergüenza, soplando cada carbón y llama lanzada. Y tú, el último (quizá seas el último!), endosado con aquella hereditaria, vasta y monstruosa rúbrica, prolongarías el feudo, salvo que aquella codicia prohíba el mal. En lucha preferiblemente pasas tus días, pero no peleas un momento más largo de lo que paga. Gritando cuando ya no puedas incitar más a los perros a poner a la tímida oveja a volar para cargar, para tí, las zarzas con su lana, te ríes en concordia con los gansos que congenian, pellizcas de buena voluntad sus colas y los desplumas con un toque que jamás falla.

 

traducción: Hugo Müller

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