Judex Judicatus

Juez Armstrong, cuando los pobres buscaban su ayuda, para ser liberados de los juramentos que habían hecho en apuros, y ociosamente arrepentidos, usted, tan severo como Radamante (Minos también, y Eaco) ¡han dirigido sus feroces frentes abajo y los petrificaron con un ceño moral! Con el rigor del rostro de hierro los ha hecho correr el guante de lo público, a cada huno o vándalo de la prensa pública se le permitió arrojar sus hogares abiertos a la multitud y vociferar sus secretas disputas. Cuando ante tí aparece la riqueza suplicante, ¡bang, vas a las puertas y abres volando tus oídos!  Los ciegos están pintados, las luces disminuyen su ardor, a menos que ojos demasiado curiosos se animen a ver y aprender que el oro no se refina, no endulza una vida de brutalidad y lucha conyugal, que el vicio es vulgar, aunque su dorado brille sobre la curva de una espalda judicial. La velada evidencia susurrada del que se queja, la llana colusión y la indefensión, los exhibidores sellados y la petición secreta, el decreto no registrado y oculto, la firma a medianoche y el tintineo, ¡chink, chink! No, perdón, juez íntegro, sólo pensaba que escuchaba aquel sonido aborrecido de los hombres honestos, sin duda era el rasguño de su pluma.

¡Oh, California! Tierra duradera, donde los jueces adulan sobre la mano dorada, orgullosos de semejante servicio a aquella cosa sinvergüenza, como esclavos que se avergüenzan de rendirse a un rey, jueces, destituidos de juicio y corazón, sólo concientes de la conciencia por el inteligente del culatazo (así la visión interior se agranda), descargados accidentalmente de responsabilidad, invocando aún una canción de seis céntimos del chanchullo escocés de cada palma lujuriosa, los jueces, California, habilidosos para tocar esta música silenciosa, a lo largo de todo el día ejecutan obsequiosos ante los ricos, ¡y todavía cuanto más rasgan más anhelan!

 

traducción: Hugo Müller

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