J.F.B.

Qué bien desplegaba este hombre a nuestra visión las creencias mundanas de la muerte, el cielo y el infierno, este hombre cuyas propias convicciones nadie podría contar, ni aunque el laberinto de su razón diera una pista. El escribió dogmas por el pan diario, pero conocía las bellas filosofías de la duda tan bien que, mientras nosotros escuchábamos sus palabras, caían algunas que eran extrañamente reconfortantes, aunque sinceras. Remarcando cuán sabios crecimos sobre su duda, nosotros dijimos. ‘Si es así, andando a tientas en la noche, él puede proclamar algunos verdaderos caminos de confianza, cuanto más grande nuestro beneficio si él veía en sus pies las autopistas conduciendo a la luz’. Ahora él ve todo. ¡Ah, Cristo, su boca es polvo!

 

traducción: Hugo Müller

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