In Memoriam

Belleza (ellos la llamaron) no era una doncella temerosa de muchas cosas en el mundo. No era una doncella que giraba y huía ante la vista de un ratón, vivo o muerto.

No era una doncella que un hombre pudiera calzar gritando, de cualquier modo abruptamente, ‘¡Bu!’ No era una doncella que corriera y ocultara si su rostro y figura ustedes ociosamente ojearan. No era una doncella que se ruborizara y sacudiera cuando le preguntaban qué parte del ave tomaría. (Yo me ruborizo de confesar que ella prefería, y comúnmente obtenía, lo mejor del ave.) No era una doncella que sonriera tontamente cuando le pedían que cante, si alguna vez lo hacían.

En breve, si debe desplegarse la verdad en pureza, Belleza no era una doncella. Belleza, peluda y fina y gorda, dormilona y con garras, pulcra y todo aquello, ¡era una gata de Angora mimada y consentida!

Yo la amé bien, y estoy orgulloso que a ella no le era bastante indiferente, de hecho, a veces fui demasiado lejos (ustedes saben, mis damas, qué tontos son los hombres), como pensar que ella prefería disculpar la presunción, de que ella aguzara sus pies sobre mis piernas. Quizá no hubiese ido por tanto, ¡pero yo comencé y me estremecí bajo su tacto!

Ah, bueno, aquella vieja historia ahora: los dedos del Tiempo han tocado mi frente, y escucho apenas despuntado el día que Belleza ha pasado lejos de la tierra. ¡Se ha ido!, su canción de muerte (la mató) cantada. ¡Se ha ido!, todas las cuerdas de su violín sin tocar. Se fue a la bendición de un nuevo régimen de pavo ahogado en mares de crema, de ratones rostizados (una raza superior, la ciencia desconocida y la necesidad más grosera de una gata viviente) cocinados por la llama del alma delicada de una dama errante que dio a la pureza todo su cuidado, descuidando la obligación de la oración diaria, crujientes, delicados ratones, recién tocados con especias por el fantasma de una brisa del paraíso, un tipo de ratón muy digerible.

Dejen que los burladores se mofen, yo propongo sostener que Belleza ha trepado la escalera de oro, para comer y comer, por siempre y siempre, sobre una alfombra de terciopelo desde una bandeja dorada. Pero el espíritu humano, éste es mi credo, se pudre en el suelo como una semilla estéril. Este es mi credo, aborrecido por el Hombre, pero aprobado por el Gato desde que comenzó el tiempo. Hasta que la muerte me patee, atronando ‘¡Largo!’ Me aferraré a ello, me aferraré a ello.

 

traducción: Hugo Müller

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