Finis Aeternitatis

Paseando al atardecer en mi tierra natal, con gruesas frutas y flores en cada mano crucé una sombra lanzada a través de mi camino, emergiendo en un desperdicio de roca y arena.

‘Las manzanas se han ido todas de aquí’ dije yo, ‘las rosas perecieron y sus espíritus huyeron. Regresaré’. Una voz gritó: ‘El hombre ha resucitado, ¡quien eternamente estuvo muerto!’

Giré y vi un ángel parado allí, nuevamente descendí desde las alturas del aire. Una compasión de ojos dulces llenaba su rostro, sus manos cargaban una espada desnuda y una trompeta dorada.

‘No, no era la muerte, la sombra que crucé’ dije yo. Su gelidez era sólo un toque de escarcha. Me hizo jadear, pero rapídamente me sobrepuse, con el aliento recuperado que casi había perdido.

¡Era la misma tierra! Montañas recordadas empujan cabezas grises al cielo, y cada ráfaga de arrastre, en valles cenicientos donde mis hijos han madurado, sacudieron el polvo en lechos de río familiares.

Algunas alturas, donde una vez fue mostrada la más joven y orgullosa ciudad, suaves crestas levantadas en la luz acerada y nítida, desoladas urbanizaciones de piedra.

Donde yo adoré ante la tumba de mi padre, dentro de una espantosa penumbra del enorme templo, un chacal se deslizó por la roca desnuda, asustado por un presentimiento de fatalidad.

No había donde encontrar vestigios del hombre, excepto un mausoleo de bronce en un montículo (lo conocí bien) gastado por el artista Tiempo para enfatizar la desolación circundante.

En el mar estancado el sol taciturno, hundido detrás de barras de carmesí, una por una. ‘¡La Eternidad está a mano’ grité fuerte. ‘La eternidad’ dijo el ángel ‘está hecha.

Porque el hombre está hace edades muerto en cada zona, los ángeles están todos muertos salvo yo solo, los demonios también, son al fin lo suficiente fríos, ¡y Dios yace muerto ante el gran trono blanco! Está predestinado que pasee por la orilla, cuando todos se hayan ido (como hizo Gabriel antes, cuando yo había estrangulado al último hombre vivo), y juré que no habría más Eternidad’.

‘Oh, Azrael, oh, príncipe de la muerte, dime por qué he conquistado la tumba’ grité. ‘Qué raro, ¿virtudes conspicuas ganaron esta bendición para mí?’ ‘Has sido revivido’ dijo él ‘para escucharme jurar’.

‘Entonces déjame arrastrarme nuevamente bajo el césped, y golpear tu pomposa tumba de bronce. Si oídos es lo que deseas, los de Charles Crocker allí, entre las orejas más grandes, el culo más grande’.

El golpeó, y cuando sonaron los ecos vacíos desde la puerta brotó una maldita hiena, ¡y huyó! Azrael dijo: ‘Su alma escapó’, y cerró con un disparo el portal de lata.

 

traducción: Hugo Müller

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