El burro polemista del señor Fink

Humildemente anhelaré su permiso para tejer una narrativa de una inusual aventura de una persona conocida como Peters, el señor William Perry Peters, del pueblo de Muscatel, un educador público y orador también. El señor Peters tenía una debilidad que, es doloroso relatarlo, era una fuerte predisposición a los placeres del debate. Dondequiera que se encontrase él propiciaba la disputa, en contienda poligonal nadie era más feliz que él. Sin embargo, era observable que los ejercicios corrieran hacia un monólogo de Peters, aquel joven retórico. Y los rústicos muscatelianos que asistían al show, testificaban su derrumbe mediante involuntario silencio, Peters, completamente desatento a su silencio y su dolor, aún borrando cada vestigio de errónea creencia. Oh, él fue una dolorosa aflicción para todos los herejes tan atrevidos para entretener opiniones que él jamás se cuidó de sostener.

Un día, fue en persecución de un plan pedagógico para la elevación mental del hombre inculto, al despedir a sus alumnos, el señor Peters explicó que la tarde del siguiente viernes (a menos que lloviera) se agendaría el debate escolar, libre para todos aquellos cuyas opiniones deseaban ventilar sobre la cuestión, ‘¿Qué es mejor, como un don servicial, el discurso o la escucha, para levantar de la barbarie a la mente humana?’ Los alumnos les contaron a sus padres, quienes, siempre de frente, se encontraban en el bar para discutir cada tarde, estuviera seco o húmedo, ellos argumentaban y argumentaban y escupían sobre la estufa, y el barman no comprometido con sus diferencias prosperó. Y yo lo establezco como una máxima de un modo desenvuelto: cuanto menos tienes para decir más tendrás que respaldar tu palabra. El interés del público era vívido, pero un Ebenezer Fink del Rancho de Jackrabbit, sólo parecía sentarse y pensar.

En la tarde memorable todos los hombres de Muscatel vinieron a escuchar la lógica y también la elocuencia, todos excepto William Perry Peters, de los que asistieron allí, me temo. Fue para infligir su lista retórica sobre el oído público, y probar (en cualquier lado que tomara) que la escucha no levantaría a la mente humana tan capaz como el otro don mayor. Elegidos los jueces y enrolados los disputantes, él procedió a desplegar –in extenso- la cuestión: ‘… Resuelto, el sentido del oído levanta la mente fuera del alcance de las nieblas del error mejor que la facultad del habla’. El expuso esta simple proposición, palabra por palabra, hasta que la comprendieron mejor aquellos que menos perfectamente habían escuchado. Hasta los jueces comprendieron cuando se aventuró a explicar el impacto de un gargajo amonestando en vano. Comenzando en un período anterior a la mañana de la Creación, el había alcanzado los límites de la tolerancia y Adán aún no había nacido. Cuando bajaron las primeras centurias de tiempo prehistórico él rastreó principios importantes y citó rimas sorprendentes, y Whisky Bill, ¡alma prosaica!, proclamándolo un arrendajo, se había levantado y como un terremoto, se tambaleó hacia afuera, y un tardío gato lamentado, cuando la oportunidad sirviera, estaba preparándose para embarcarse su su parabólica curva, un ruido emergió afuera, la puerta fue abierta con un disparo y el viejo Ebenezer Fink fue escuchado exclamando ‘¡G’lang!’, marchó gravemente directo hacia aquella asamblea sin un pestañeo, un anciano asno, la propiedad era del señor Fink. Sus orejas deprimidas y latiendo al compás de su triste paso; ¡silencio a través de silencio corrió rápido ante aquel majestuoso cuadrúpedo! El se detuvo ante el orador, y en la luz de la lámpara lanzada sobre su cola ellos vieron aquel miembro cargado con una piedra. Entonces habló el viejo Ebenezer: ‘Caballeros, estuve escuchando este debate, sobre si la voz o los oídos son mejores para elevar la mente. Ahora, un conocido pájaro hay aquí que arrojará alguna luz sobre este duro tema: él tiene los dos, soy libre de decirlo, infrecuentemente extremos. El no fue invitado para hablar, pero no rehusará (si el otro conocido caballero espera) exponer sus visiones’. Antes que pudiera prevalecer alegría o enojo sobre la sorpresa, él cortó la cuerda que sostenía la piedra sobre la cola de aquel canario. Liberado de su peso, aquel miembro hizo un gesto de deleite, luego se levantó hasta que su rígida extensión se puso bastante horizontal. Con la cabeza levantada y los oídos equilibrados a lo largo de sus grupas desplegadas, Jack suspiró, rellenó sus pulmones y entonces, para ponerlo suavemente, ¡rebuznó! Rebuznó hasta que las piedras se sacudieron en las colinas circundantes, y mujeres dormidas se levantaron y huyeron, en diversos tipos de volantes. Se dijo que aquella horrible explosión de corneta, para hacer la historia breve, ¡hizo volar a William Perry Peters a través de la ventana, como una hoja!

Así es la historia. Si algo adicional ocurrió no ha sido establecido, aunque, verdaderamente, recuerdo haber escuchado que un caballero llamado Peters, ahora residiendo en Soquel, a una considerable distancia del pueblo de Muscatel, se opone a la educación, y a la retórica también.

 

traducción: Hugo Müller

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