Dos truhanes

Opaco, sombrío y silencioso como un fantasma, el centinela ocupaba su puesto, a todas las agitaciones de la noche, alerta de oído y agudo de visión, algo súbito, una visión o sonido alrededor, por arriba o abajo, él no sabía qué, ni dónde sobrevendría, estremeciendo la soledad durmiente. El soldado gritó: ‘¡Alto! ¿Quién va ahí?’ Vino la respuesta: ‘La muerte en el aire’. ‘Adelante, Muerte, ¡dame la contraseña o pereces si cruzas aquella línea!’ La Muerte pensó que era sabio cambiar su tono, le recordó que habían sido aliados contra los rusos, los franceses, los turcos, en varios malditos trabajos. ‘En breve’ dijo él, ‘en cada clima fuimos soldados, tú y yo, juntos’. El centinela no debía dejarlo pasar. ‘Retrocede’ gruñó, ‘tú, retrocede tu culo cansado y descansa hasta la próxima guerra, no mates por métodos todos horrendos: miasma, hambre, suciedad y vicio, con plagas de langostas, plagas de piojos, comida asquerosa, agua asquerosa y gases nauseabundos, malolientes exhalaciones de pantanos. Si tú empleas tales bajos aliados vulgarizarás este negocio. Renunciando entonces al campo de la fama para revolcarte en un despercidio de vergüenza, prostituiré mi fuerza y acecho sobre el país trabajando, aquellas manos las dedicaré a la labor, ¡no cortaré, por el Cielo, otra garganta!’

 

traducción: Hugo Müller

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