Una visión del clima

Soñé que estaba pobre, enfermo y triste, roto de esperanza y cansado de mi vida, mis aventuras todas descarriadas, nada había obtenido por toda mi labor en el calor y el esfuerzo. Y mi corazón estaba plagado de ciertos pensamientos de una salida no convocada. Mientras yacía considerando mi amargo estado, grité: ‘¡Ay de mí!, que acá alguna vez me perdí. Mejor hubiese sido morir en algún bello país que vivir en esta tierra, donde la fortuna jamás (a menos que ella sea exitoso) premia el esfuerzo’.
Entonces, aún mientras me lamentaba, ¡sí!, ahí venía una tropa de presencias, no sabía de dónde ni qué eran: el pensamiento no puede nombrar adecuadamente lo que se conoce a través de la evidencia espiritual, no reportado por el burdo sentido material. ‘¿Por qué vienen aquí?’ Parecía que yo lloraba (aunque nada pronunció mi lengua durmiente) al primer ‘¿Qué son ustedes?, ¿con qué lamentable mensaje vienen? Ustedes tienen una mirada espantosa, como han explotado algún sepulcro en recuerdo. Extrañas criaturas, estoy seguro de que los conocería si tuvieran algún rasgo’.

Algún sutil órgano advirtió la respuesta (el tono inaudible al oído de carne): ‘Soy el Clima más fino en el mundo, desde Siskiyou a la conocida San Diego, desde la sierra al mar. Me he aproximado a la zona llamada semi-tropical y la coloqué donde hay mayor bien, confío. Sacudo mi recompensa que nunca falla del mismo modo sobre el justo y el injusto’. ‘Eso es bien cierto’ dijo yo ‘pero cuando es sacudida mi parte siempre se la lleva el injusto’.
‘Permítame’ reanudó él, ‘ahora para presentarle a mi hijo mayor, la atmósfera Champagne, y a otros para reprender su descontento, la Calabaza Mamut, Frutilla todo el Año, el lindo Sin Iluminación sólo aquí, el completo Terremoto y el cielo italiano, con su sol insoportable, y último, pero no sin valor, el perro Compos Mentis. Ahora, ingrato, intenta traer un mejor estómago a la fiesta: cuando la naturaleza hace la danza y paga el gaitero, ¡ser infeliz es ser una víbora!’
‘Por qué, entonces’ dije yo, ‘con todas tus finas bendiciones (y el Cielo prohíble que les hable enfermo) aún estoy pobre, y enfermo y triste. Tú brillas con más esplendor que el del calor: porque quieto, aunque mi voluntad sea cálida, mis huesos están congelados’. ‘Entonces te calentaré con la llamarada del entusiasmo, la fortuna no espera en el trabajo’, ellos gritaron ‘Oh, entonces únete al coro salvaje aclamando nuestra alabanza, ¡lanza arriba tu castor y arroja abajo tu pluma!’ ‘¡Vete!’ grité yo. Ellos se fueron, sonriendo, y yo, despertándome, caí directo a trabajar.

 

traducción: Hugo Müller

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