Una visión de resurrección

Tuve un sueño. La tierra habitable, sus continentes e islas, estaban todos desiertos de ciudades y bosques. Nada permanecía de su viejo aspecto, y yo sólo sabía (como los hombres conocen cosas en sueños, sin saber cómo) que ésta era la tierra y que todos los hombres estaban muertos. A cada lado veía la tierra estéril, aún para el azul distante que encerraba el cielo, con gruesos hoyos todos con tumbas, y todas las tumbas excepto una estaban abiertas, no como si estuvieran recién cavadas, sino como si alguna fuerza interna las hendiera por egresar. Tumbas de piedra estaban divididas y bien abiertas, y en su decadencia de hierro los masivos mausoleos se erigían en mitades. El suelo estaba todo blanco con lino enmohecido. Sepulcros descartados sobre piedras memoriales colgaban sin movimiento en el aire desalmado. Mientras me maravillaba enormemente cómo podía ser esto escuché, o fantaseé que escuché, una voz, baja como la de un ángel, delicadamente fuerte, y dulce como la música.

‘Espíritu’ dijo, ‘¡contempla el lugar de entierro del hombre universal! Rodaron un millón de años desde que aquí sus multitudes en sábanas (salvo algunos cuyas oscuras fechorías requerían una acusación separada e individual), se levantaron al juicio a la convocatoria de la trompeta y pasaron al cielo por su recompensa, dejando atrás aquellas cosas perecederas que aún, preservadas por milagro, resisten hasta que todas se levanten. Entonces ellos y toda la tierra, la montaña de corazón de roca y el mar tormentoso, el río y el páramo y los sitios de muertos, y las desvanecidas capitales de hombres, brotarán en llamas, ¡y nada será para siempre! Cuando todas estén levantadas ocurrirá aquella maravilla. Fue hace diez siglos la última pero una se adelantó, un alma tan negra con pecado, a cuyo nombre se habían cometido tantos crímenes que sólo ahora su juicio está en el final. Pero una permanece’.

Directo, mientras la voz se aquietó ese sólo montículo rodeado se agrietó a lo largo y uno se adelantó en graves atuendos. Por un espacio él se paró y contempló a su alrededor con una sonrisa superior, entonces dejando su mortaja abrió sus dos piernas atenuadas que, como paréntesis, se inclinaban hacia afuera como por el peso de una santidad encima, y así brotó hacia arriba y se perdió a la vista, notando su lápida derribada, leí: ‘Consagrada a la memoria de George K. Fitch, diácono y editor, un hombre sagrado que cayó dormido en Jesús, lleno de años y bienaventuranza. El muerto en Cristo se levantó primero’.

 

traducción: Hugo Müller

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