Una violeta política

Ven Stanford, sentémosnos cómodos y hablemos como lo hacen los viejos amigos. Tú hablas de lo que te plazca, y yo hablaré de tí. Tú recién dijiste, lo he escuchado, que te gustaría ir a servir como senador. ¡Es extraño! ¿Le has dicho a William Stow? Una vez en la Legislatura dijo: ‘Ve, Stanford, ¡y sé grandioso!’, tú levantaste tu cabeza de Júpiter y miraste por siempre al Estado. Como alguien ociosamente despierto, ligeramente refregaste tus ojos y contestaste: ‘Le agradezco, por favor tome nota de mi sorpresa. ¿Pero quiénes son los que se esconden a un lado, como para quedar fuera de alcance, y en sus ropas se esfuerzan por ocultar cada uno tres mil dólares? ¿Ningún miembro de su cuerpo, seguro? No, eso difícilemente sea cierto: todos los estadistas, supongo, son puros. ¡Qué!, ¿hay bribones? ¡Querido mío!’
Tú agregaste, lo recordarás, que aunque estabas sorprendido y apenado, pensaste sobre todo, que irías, y en aquel pensamiento permaneciste. Ahora, ¿qué gran cambio se ha forjado que tan francamente hablas de buscar honores alguna vez no perseguidos, porque ‘despreciabas buscar’? ¿No temes que la tumba vuelva a probar en los buenos ojos de Creed Haymond? ¿No se mantendrá alejado Stephen Gage y pasará a tu lado fríamente? Oh, me temo que no eres el vivo de Vrooman, que se levantará de la tierra y te señalará con dedo desdeñoso que puede faltar, tal vez, una reunión.
Ve, Stanford, donde crecen las violetas, y únete a su modesto tren. Espera el trabajo de  William Stow y sorpréndete de nuevo.

 

traducción: Hugo Müller

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