Una coartada

Un famoso periodista, que por mucho tiempo había contado a la gran multitud descabezada lo que ellos pensaban, de día o noche. Era verdad como la Santa Escritura, y justo, fue atrapado en, bueno, en segundo pensamiento, es suficiente que fue atrapado, y siendo arrojado a la cárcel devino en combustible de una llama pública.

‘Vox populi vox Dei’ dijo el carcelero. Inxling inclinó su cabeza sin comentario: ese buen lema en el tipo de cara arrogante siempre se paraba encima de las columnas donde su pluma había alborotado en alabanza de hombres y todo lo que ellos decían, dado que él estaba seguro que ellos estaban de acuerdo. Entretanto, una aguda y amarga lucha para tomar, o salvar, la vida o la libertad del culpable (lo cual, supongo, era lo mismo para él) se levantó afuera. El diario que su pluma adornó denunció su crimen, pero entonces su editor en secreto intentó que se anule la acusación.  Los diarios de la oposición juraron que su padre fue un bribón antes, y todas las relaciones de su esposa eran cómo él y similares a ella. Ellos rogaron a sus lectores que suscribieran un dólar cada uno para hacer un soborno que cualquier juez sentiría que era lo suficiente grande para probar el cargo más grave a menos que, lo que debería ser, la defensa planteara una evidencia superior. La demora tradicional de la ley fue toda demasiado breve: el día del juicio amaneció rojo y amenazante. El juez se sentó en el estrado y no cedería, y todas las mociones que hizo el consejo no lo pudieron mover, y él se quedó allí. ‘El caso debe proceder ahora’ dijo él, ‘cuando estoy justo en corazón, y cabeza, sucede como, incluso, debería, ambos lados han comprado por iguales sumas mi favor: puedo tratar la causa con imparcialidad’ (Prolongado aplauso).
El prisionero estaba ahora acusado y dijo que estaba muy apenado de ser sospechoso, él, ¡cuya pluma había cargado a tantos otros hombres con crímenes y delitos!

‘Porque’ dijo él, una lágrima en cada ojo, ‘si hombres que viven para gritar “¡detengan al ladrón!” no están exentos de duda de su integridad, ¡dejemos que todos renuncien al vano intento de hacer una reputación! Señor, soy inocente, y me opongo’.
Donde miles de voces gritaban Vox populi él mintió manifiestamente, mientras rugía sonoramente como el toro ensangrentado por picadores, recibiendo la paga en su propia moneda para tomarse unas vacaciones españolas.

El jurado de doce hombres buenos y sinceros entró entonces para examinarlo, y cada uno hizo un solemne juramento de que él, como cualquier criatura no nacida estaba libre de prejuicios, opinión, pensamiento, respetabilidad ni nada en el cerebro que pudiera descalificarlo, y algunos explicaron que eran sordos y mudos. Mejores doce, dijo su Señoría, era raro, excepto entre los muertos. Los testigos fueron llamados y juraron. Las historias que contaron hicieron a los ángeles llorar, y el Buen Libro que besaron se puso rojo con la conciencia de la vergüenza.
Cuando uno de ellos se aproximaba a la verdad, gritaban ambos abogados ‘Aquel testigo no fue entrenado, ¡su Señoría!’. ‘Tache su testimonio’ citó el entendido Juez: ‘Esta Corte niega su oído a historias que sorprenden. Sostengo que los testigos exentos de entrenamiento están todos en desprecio’. Tanto la Acusación como la Defensa aplaudieron el sentido judicial, y todos los espectadores verificaron tal sabiduría que jamás habían escuchado: estaba claro que el prisionero sería declarado culpable en el primer grado. Mientras tanto la mejilla pálida de aquel desgraciado confesaba los terrores sin nombre en su pecho. Se sentía arrepentido también, porque él no era ni la mitad de lo que decían que era. ‘Si hubiese sido tal bribón’ reflexionaba en oportunidades inusuales, ‘fácilmente me hubiese vuelto tan rico como Matusalén’. Compañero, este periodista adornaba la clase media, no la Biblia. Con igual habilidad las peticiones de los abogados atestiguaron sus honorarios divididos. Cada uno le dio al otro la mentira que lo ayudó a enmarcar su rápida respuesta.

¡Buen Señor! Fue una lucha amarga, y duró todo el día y la noche. Cuando alguna vez o con frecuencia el rugido silenciaba el ronquido judicial el hablante sufría por la víctima multando a la Corte por desacato. Las narices de los doce jurados buenos y sinceros no cesaban de cantar a través del juicio, y aún, vox populi, eran gastadas en sonidos a través de una ventosidad nasal. El secretario, el alguacil, los oficiales de justicia y todos oyeron a Morfeo sonar el llamado de trompeta a los brazos –sus brazos-, y todos cayeron en consejo seguro para el Hombre de Pecado. Aquel taumaturgo se paró y balanceó la varita que obedecían sus facultades, aquella varita mágica que, como una llama, saltaba, vacilaba, temblaba y se tornaba en un trabajador maravilloso conocido entre el innoble vulgo como una Lengua.

Qué largo, oh Señor, qué largo corre mi verso para mejor o peor en una medida que me domina, ¡octosilábicamente libre! Un metro que, dicen los poetas, ningún poder de restricción puede permanecer, un metro de boca dura, bien apropiado para quien, no teniendo nada que decir, debe mantener la atención como se sostiene una trucha, soltando con pagos la línea delgada que de otro modo se rompería, como uno debería intentar para tomar el pez. Así, las guías de fonda que no tienen nada para mostrar salvo algún curioso adyacente que por senderos tortuosos sus patrones lo conducen y le hacen pensar que aún está lejos. ¿Dónde estaba yo?
Mientras el abogado hablaba el bribón levantó sus pies y caminó: mientras todos alrededor de él, rugiendo, dormidos, calmosamente se encaminó a la calle. De verdad, el hombre que pensaba que la voz del pueblo había sido atrapada desde el cielo, la inspiración de Dios tomó un cambio de sede, ¡era extraño lo que estaba pasando! Fue directo a su editor y aquella persona ingeniosa envió a un Negro para que se apersone al fugitivo. En adecuado disfraz él tomó su lugar vacante y enterró su rostro en sus brazos. Cuando todo estuvo hecho el abogado se detuvo y el silencio cayó como una bomba lanzada sobre la Corte: el juez, el jurado, todos dentro de aquel venerable salón (excepto el sordo y el mudo, incluso, y uno o dos cuya muerte los había liberado) se despertaron e intentaron mirar siquiera si el sueño era todo lo que no sabían. Y ahora aquel incansable abogado tomó aliento, y luego comenzó de nuevo: ‘Su Señoría, si atiende a lo que he urgido (mi amigo entendido cabeceó a la concurrencia) para apoyar la moción que he hecho, esta sesión debe levantarse pronto. Con su aprobación he mostrado abundante precedente para introducir ahora, aunque tarde, nueva evidencia para exculpar a mi cliente. Entonces, si va a permitirlo, ¡probaré una coartada!’ ‘¿Qué, cómo?’ tartamudeó el juez. ‘Bueno, sí, no puedo negarme a mostrarlo, y garantizo la moción. Comprendo que tomará la prueba’. ‘¡Buena tierra!, aquella cuando el crimen, ¿dice para mostrar que su cliente no estuvo allí?’ ‘Oh, no, no puedo hacer eso: mi coartada es de otro tipo de coartada, la pondré en claro, su Señoría, es que él no está allí’.
La noche aquí levantó su cabeza, la tranquilidad atemorizada huyó, ¡y reinó en cambio la consternación!

 

traducción: Hugo Müller

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