Padre de un poeta

Welcker, me contaron, puede alardear de un gran padre y honrado en el servicio del Estado. Toda su mente emplea la instrucción pública, él guía sus métodos y disfruta su salario. Pedagogo primigenio, imperioso y grande, él agita su férula sobre una tierra estudiosa donde una activa juventud, atenta a la página, sedienta de conocimiento con una noble furia, toma en seco toda la primavera de Piería y pide saciar su fervor en su petaca privada. Arrestado por el terror de su ceño, el gargajo saltador cae prematuramente, la mosca empalada en el alfiler tormentoso, aún en su horrenda mirada su estruendo vertiginoso, bajo aquel severo recuerdo la goma de mascar que se marchitaba y chirriaba entre los dientes es muda, obediente a su voluntad la capa del burro vuela a la percha sobre los semblantes de los ignorantes, el interruptor flexible abandona la madera madre para establecerse donde hará el mayor bien, poderoso aún, como cuando de viejo se esforzaba con Salomón por escupir en el horno, profesor conocedor, variadamente grandioso, guía, guardián, instructor del Estado, rápido para discernir y celoso para corregir las faltas que arruinan el intelecto público, donde desde Sisikiyou el límite norte está eternamente congelada la tierra sin sol, a dónde en el clíma tórrido de San Diego el engrasador moreno se sofoca en su mugre, bajo tu estúpida nariz no puedes verlo, ¿el burro con quien una vez te paseabas de rodillas? Oh, poderoso señor de cien escuelas, deja de enseñar sabiduría, o deja de criar tontos.
traducción: Hugo Müller

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